sábado, 4 de junio de 2005

Extraña especie es el ser humano.

Me puse a pensar en el duelo.
Los elefantes pueden celebrar ritos fúnebres y guardar duelo. Suelen tener un lugar al cual van a morir y donde sus restos son visitados por otros elefantes.
No somos tan diferentes, a excepción de nuestra actitud hacia la muerte.
Puede ser reverencial, burlona, festiva, temerosa, triste… pero nunca sabemos cuál es la máscara adecuada a la hora de llorar por los muertos.
¿Quién no ha ido a un funeral?
En una funeraria hay dos grupos de personas: los que están en la capilla y los de afuera. No son dos grupos permanentes. Son más bien transitorios. Se llega a la capilla, se cumple con la parte reverencial y luego se va con el segundo grupo.
Y ahí, de manera espontánea, surgen todos los recuerdos que se silenciaron después de la muerte o durante la velación de una persona.
De repente, alguien se ríe. Y todos comienzan a hacerlo, paulatinamente.
Sientes que tu cuerpo, tu cabeza, tu alma, todo completito está arrasado por la tristeza, pero te ríes.

Hoy me llegaron a la cabeza un par de recuerdos. Debe ser porque en Arizona están de funeral.
El primero se refiere al baile.
Durante largos años creí, estaba segura, que el baile clásico griego se llamaba “Zorba”. Así gritaba mi tío: “We´re dancing Zorba!” Entre risas y taconeos.
En muchas ocasiones mostré mi erudición ante personas más ignorantes que yo, diciendo que las danzas tradicionales griegas se llamaban Zorba.
Lo bueno es que me di cuenta de la realidad antes de seguirla cagando más.

El segundo recuerdo llegó con una voz en mi cabeza que decía: “América abraza a Rusia” “Dos naciones enemigas se hermanan en un abrazo de fraternidad universal”.
El de las palabras mencionadas, fue mi tío Rafael, viendo una escena que se sucedió en mi casa y que había tomado tintes primero melodramáticos, luego de franca cursilería hasta ser finalmente una ridiculez.

En Hermosillo teníamos una vecina: Ana Gregorievna Kovalenkova. Era una gimnasta olímpica a quien, para resumir, llamábamos “Ana la rusa”. No era de Rusia, sino de uno de los estados que después se independizaron y en este momento no puedo recordar el nombre.
Ella daba cursos de gimnasia, y ahí me mandó en unas vacaciones mi madre para librarse de mí. Yo no quería. Lo juro. Tengo una madre y una hermana mayor. He tenido que realizar sus sueños irrealizables. Por eso usé un vestido de quince años. Y por eso, a mis siete años, me andaba humillando dando saltos y brincos de gacela, junto a niñas femeninas, decentes y con años en la gimnasia olímpica.
Una navidad, mi madre invitó a Ana a cenar a la casa. También estarían ahí mis tíos y mis abuelos.
Mi tío Jesse, militar retirado, cenó en silencio mientras todos los convidados platicaban con la bella e interesante Ana la rusa.
A la hora del abrazo, jeje, mi tío Jesse se negó terminantemente a abrazar a Ana.
Los gringos seguían padeciendo las secuelas psicológicas y mediáticas de la guerra fría y abrazar a Ana era un paso muy difícil para mi tío.
Entonces empezó la parte melodramática en voz de mi madre.
Luego la cursi, en voz de mi tía.
Finalmente la ridícula, en voz de mi tío Rafael que, hundido desde un sillón con un tequila en la mano, narraba los acontecimientos con la gracia de un comentarista deportivo: el abrazo se dio.
Imagino que a partir de ahí fue que mi tío Rafael comenzó a llamar al entonces pequeño Mabeto, “camarada”.
Y a partir de ahí yo comencé a cuestionar gravemente todo lo que veía en televisión.

Tal vez no somos tan extraños los seres humanos.
Pero somos más complejos. Sentimos miedo y es más fácil alejarlo que enfrentarlo.
Y no es necesariamente malo.
Mi cabeza sigue descargando recuerdos y cosas que me hacen sonreír.
El miedo de morir se esfuma un poco cuando pienso que en mi funeral habrá un par de personas que se acordarán de esas nimiedades y ridiculeces, y mientras los de la capilla hablarán de ellos en voz baja acusándolos de irrespetuosos, mi espíritu andará entre los de afuera para reírme un rato de mí.
Si no es entonces, tons cuando.

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