jueves 19 de noviembre de 2009

Un poco de historia

Había una vez una chica (y aquí todos infieren que soy yo, y tienen razón) que con 19 años de edad era un tanto seria y llena de inseguridades (muchas de ellas han conseguido persistir). Por azarosas razones (presión de algunas personas) hizo una pequeña audición para una obra en la que ya participarían sus más queridos amigos. Por razones más azarosas que las anteriores (le cayó bien a la directora o a su hijo) fue aceptada. Entonces, de los 19 a los 21 años de edad esta chica vivió la que sin lugar a dudas fue la más rica, divertida y emocionante etapa de su vida (afrontémoslo, como madre o como pareja o como profesionista no siempre se sincronizan esas tres cualidades).
Fue una etapa preciosa en la que muchos de mis miedos se fueron y muchos afectos se quedaron.
Sé que quien soy o estoy siendo ahora fue resultado no sólo de mis traumas freudianos, sino mayormente de esa etapa, por las cosas en las que empecé a creer, por las cosas que vi y la indignación que encontré en muchas de ellas.
La gente que me rodeó entonces lo hizo con plena aceptación. Fui más besada, abrazada y querida en esos dos años, que en los que le precedieron (también fui muy manoseada pero ésa es otra historia). El mismo año que entré al grupo, conocí a Fefé.
Mi vida no podía ser más completa.

Han pasado muchos años. Casi catorce. Con casi todos mis amigos de entonces sigo manteniendo amistad (gracias FB). Cada 25 de diciembre nos reunimos, reímos, recordamos y por supuesto, cantamos. Es realmente un gran regalo en esta vida el mantener amigos como ellos.
Por eso cuando Luis me invitó a participar, no lo pensé mucho y no porque quisiera recuperar algo del pasado, porque no hay nada que recuperar, ahí sigue y es un placer seguirlo disfrutando, sino porque además de eso, ahora tengo más razones para estar ahí.
Algunas las compartí en el post anterior y otras me las quedo para mí.

Todo ha pasado muy rápido. La semana que entra estrenamos. Quienes más se divertirán seremos nosotros supongo, pero ojalá que quien vaya se divierta tanto igual. No es una obra teatral, es una presentación sencilla de números cómico-mágico-músicosepsuales bajo el concepto de teatro-bar. Hay parodia, sátira y un buen de nostalgia.
Los participantes del Ensamble son gente muy muy talentosa. No peco de humildad cuando digo que soy la única que no está al nivel. Es la verdad. Pero estoy trabajando mucho y como antes, cuento con todos para hacerlo mejor.
Aquí tengo algo que recalcar, por si hay quien se lo pregunte: NO ME ACOSTÉ CON EL DIRECTOR (nomás una vez un kiko hace muuuchos años :p)
Y pues... ésa es la historia que les iba a contar.

Ahora me voy porque con el trabajal que me cayó debo organizarme muy bien.
Tengo congreso viernes, sábado y domingo, debo elaborar un ensayo para la escuela de aquí al domingo y apenas hoy me mandaron el material, hay kermess en la escuela de los hijos, visita al neurólogo para Harry, tengo muchos videos que editar para la investigación que hacemos, ensayos del concierto y todo este fin de semana.
Por eso aprovecharé el tiempo disponible: cantaré en el baño y en el auto, leeré el material para el ensayo mientras espero al doctor, escribiré el ensayo en los descansos del congreso y editaré los videos... editaré... bueno, eso no sé cuándo pero de que lo haré, lo haré.

martes 17 de noviembre de 2009

Ensamble, para no morir de hambre

Bueno pues.

Yo obtuve un premio a la honestidad y la superación de la vergüenza.
(Me siento como Obama después de recibir el Nobel)

Hay que estar a la altura.

(Agréguele el signo de exclamación faltante con ayuda de su imaginación)

Aparten día y dinerito para que vayan a vernos.

domingo 15 de noviembre de 2009

Son varias las razones

1. Porque hay gente a la que no le puedo decir que no. (¡Qué diablos! No me gusta decir que no, porque de que sé, sé).
2. Porque se me da la gana.
3. Porque pecaría de hipócrita si no lo hiciera, yo que me la vivo animando a los hijos a que hagan cosas diferentes, a que prueben cosas distintas.
4. Y porque los hijos tienen la obligación... qué digo obligación... el sagrado derecho de avergonzarse de sus padres.

Por eso en este momento afino mi "dulce voz" (jojojo... dijeron "dulce voz" por no decir "voz sin potencia") y me sigo preparando.

Ya les contaré, cuando me haya habituado todavía más al ridículo.

miércoles 11 de noviembre de 2009

Sale algunas veces por las noches. Se va a un bar o una cantina. Ajedrez o dominó. Cervezas o whisky.

No me preocupo. Lo miro salir, como otras veces salgo yo y me comienzo a divertir a con los mensajes que me envía al celular: un fragmento de canción, una frase de un poema, el nombre de un conocido a quien saludó. Más noche, cuando yo ya estoy dormida, la alerta de mensaje me anuncia que viene en camino con una hamburguesa o un hotdog para compartir conmigo.

No me preocupan sus salidas pues en ellas piensa en mí.

Me preocupa cuando no sale. Cuando se ensimisma trabajando en la computadora y enciendo su reproductor de música. Desde mi cuarto escucho la música, los poemas. Estamos tan cerca pero también nos separa una muralla de recuerdos que sé infranqueable. No sé en quién piensa ni qué lo habita mientras trabaja y escucha, trabaja y tararea.

No hay mensajes entonces a mi celular. No sé si los haya a algún otro.

En todo caso ese momento de silencio y ensoñación nos lo merecemos todos.

Aunque en mi cama me abrace a la almohada y tiemble.


Grandes catástrofes pueden empezar como ideas geniales.
La mía inició con la ida a la tienda a comprar unas galletitas para acompañar mi café. Ya en la tienda dije ¿por qué gastar en galletas si puedo hacerlas y mejores? Así que salí con un paquete de harina preparada para las susodichas.
Después del éxito obtenido con mis bombas calóricas me dije ¿por qué no hacerle un pastel a la "L" por su cumple?
El fallo en mi secuencia de pensamientos es que no es lo mismo hacer galletas que pastel y yo nunca he llevado una buena relación con mi horno en materia de postres.
Mientras hacía el pastel, me comía las galletas.
Sería la energía inducida por tanta azúcar o sencillamente mi ineptitud para la elaboración de repostería que el pastel de chocolate salió hecho un engendro quemado por debajo y crudo por dentro.
Me lo tuve que comer, cómo iba yo a andar de desperdiciada.

No hay desastre sin enseñanzas:
1. Ya sé lo que significa "empacho".
2. La cocina no es lo mío.
3. El pastel de "L" lo voy a mandar hacer, que por eso hay gente capacitada para ello.
4. La necesidad de estar trague y trague no es sino efecto de la cantidad de cosas que tengo que hacer este mes y todavía no empiezo.

Enmedio del dolor de estómago que aun traigo, me he propuesto ponerme a trabajar.
No hay de otra.
Preocuparse u ocuparse.
(Y comer... acabo de comprar un postre de limón que luce de-li-cio-so)

sábado 7 de noviembre de 2009

A las niñas no se les pega, y a los niños tampoco.

-- Tú crees, mamá, me mandaron una nota nomás por mover mi banca.
Lo que Harry olvidó decirme es que la movida de banca duró cinco minutos y estuvo acompañada de cotorreo con los vecinos de fila, mochila con su contenido tirado por el suelo y lapicera haciendo ruido estruendoso al caer.

Eso sucedió el jueves y yo mandé una nota a la maestra explicándole que Harry tenía pendiente una visita al neurólogo y su consiguiente surtida de medicamento, que por favor le tuviera un poco de paciencia y hasta le di un par de sugerencias para trabajar con él los siguientes días (uno creería que les enseñan esas cosas en la Normal).
Desgraciadamente, enviar una nota a la maestra por medio de tu hijo que padece TDA es muy arriesgado.
La nota nunca llegó a su destinatario.

Y bueno... lo del recado ya no es necesario.
Mañana tengo cita en la dirección porque Harry le pegó a Lizeth, la niña latosa. Al parecer lo terminó de fastidiar, y en el estado medio impulsivo que se trae estos días, descargó los corajes de todo el año.

A practicar mi cara de madre consciente y de paso preparar el discurso sobre el compromiso de las escuelas de educar en equidad (porque eso de que les digan a los niños "A las niñas no se les pega" y las maestras no escuchen a los niños cuando piden un trato justo, me caaaaaaaaaaaarga.)

viernes 6 de noviembre de 2009

Me llegó hoy a mi correo.
Supongo que es basura o algún virus, qué sé yo.
No pienso abrir el contenido adjunto.
Así pasa a veces. Recibes un correo de un remitente conocido pero sabes que no lo envió tal persona y lo eliminas sabiendo los riesgos de infección.
Yo supe inmediatamente que el correo no venía de ese remitente, porque Paty ya va a cumplir un año de haber fallecido.
Qué curiosa casualidad, el que hayan elegido su correo y que yo lo haya recibido dadas las circunstancias y los acontecimientos de la última semana.
La cosa es que no lo quiero borrar.
Me resulta reconfortante ver el correo en la bandeja de entrada.

jueves 5 de noviembre de 2009

-- Lizeth me molesta mucho en los recreos -- se quejaba Harry hace unos días, a la hora de la comida-- me jala el cabello, se burla...
-- ¿Por qué no le dices a la maestra?
-- Pues porque es mi amiga y no quiero perder su amistad.
-- ¿Y por qué no le dices eso a Lizeth? "Mira Lizeth, somos amigos y no quiero perder tu amistad, no quiero que me molestes más."
-- ¡Qué cursi!
-- Persíguela -- le aconseja William-- corretéala un rato hasta que se canse y se vaya a jugar con sus amigas.
-- Mmm... buena idea. Voy a probar.

Hoy William no quería ir al entrenamiento de futbol. Tampoco me quería decir por qué. Finalmente accedió a contarme y como Harry estaba cerca, optó por hablarme en clave.
-- Efesquefe Afandrefés mefe mofolefestafa mufuchofo.
-- ¡¿Que Andrés te molesta mucho?! --grita Harry desde el comedor.
-- Ya qué... Sí, Andrés me está molestando, me dice que juego muy mal. Y cuando él me dice eso, todos los demás comienzan a decirme cosas. No quiero ir al entrenamiento.
-- Deberías decirle al entrenador --le comento yo.
-- No me hará caso, además van a decir que soy un chismoso.
-- Pero no puedes permitir que te lastime...
-- Por eso no quiero ir -- me dice ya con lágrimas en los ojos-- además a veces, jugando, comienza a pegarme y no me gusta. Ya no quiero estar en el equipo tampoco.
En ese punto Harry entra como un torbellino a la habitación.
-- ¡Pues enfréntate con él! Si te pega, pégale tú también. Él cree que eres débil porque te portas bien, pero va a seguirte molestando si no haces algo.
-- No, Harry --intervengo-- no es la forma de resolver el problema.
-- A mí me hacían lo mismo, se burlaban porque me veían chiquito y no me iba a poder defender, pero entonces comencé a pegarles en las espinillas y me dejaron en paz. ¡Debes hacerlo, William, no dejes el equipo por su culpa!
Después de escucharlos, lo único que se me ocurre hacer es ponerles un video chistoso para que ambos se calmen.
William se levanta, se pone la ropa de entrenamiento y nos vamos a la escuela.

Pienso y pienso en estas pláticas cotidianas y al reflexionar sobre mis comentarios dejo de sorprenderme de por qué los adolescentes se alejan de los padres y buscan respuestas a sus dudas con sus amigos.
Me escucho y me oigo como una maestra, o una madre... mis palabras son palabras de revistas con consejos para padres o de libros sobre educación. Y la verdad, no tienen nada que ver con las verdaderas dificultades, dudas o preguntas de mis hijos.
¿Qué hacer?
¿Convertirme en una mamá "cool" y decirles lo que quieren escuchar?
¿Asumir mi ineptitud y dejar que hagan lo que quieran?
¿Seguir actuando como guía de cartón?
Todavía no estoy muy segura de dónde está el balance. Soy nueva en esta etapa de la vida de mis hijos. Somos nuevos los tres.
Alguna vez mis consejos tuvieron algún efecto. Ya no.
Tal vez por ahora sólo me resta confiar en que los he educado de la mejor manera posible y dar gracias de que se tienen el uno al otro.
Seguramente, en ese ínter, voy a aprender mucho de los dos.