viernes, 11 de agosto de 2017

Medio año

Se acerca el final de mi primer tetramestre en mi nueva maestría.
Como evaluación rápida de la experiencia, puedo decir que me he aburrido un poco y no por las materias, las cuales me han resultado interesantes, sino por el ambiente académico.
Tal vez pasando las primeras materias que muchas personas toman para titularse, pueda ponerse más retador y enriquecedor. Pero por el momento agradezco incluso la lentitud de las clases porque estos últimos meses han sido complejos con el fallecimiento de mi papá, la cirugía de mi mamá y todos los cambios que hubo en mis funciones del trabajo debido a una promoción que obtuve.
Así que sin quejas.
No tuve las vacaciones que hace un par de posts había contemplado (bueno sí, una queja) pero no nos pasó nada. No hemos colapsado de cansancio ni de aburrimiento. Y el plan sólo se pospone para realizarlo bajo condiciones mejores.
Mi madre se encuentra mejor.
Las criaturas también.
Y la vida continúa.


miércoles, 19 de julio de 2017

I, Daniel Blake

No recuerdo cuando fue la penúltima vez que vi una película de Ken Loach. Lo que sí recuerdo son las mini muestras de cine en mi ciudad allá por los noventas, el regresar caminando desde el centro después de una película en la sala Anthony Quinn, el minúsculo grupo de espectadores que nos veíamos en las mismas funciones, y en general el sentimiento de exaltación por el descubrimiento. Porque acá en el rancho no teníamos nada. Ni videocentros ya.
Lo recordé y añore un poco porque en una salita de esas me crucé con Fefe una vez. Y la siguiente fue en la biblioteca, después de otra función en Bellas Artes, cuando por fin nos conocimos.

Hoy fui a ver una película de Ken Loach al cine. Estuvimos demasiado cómodos para mí gusto. Extrañé las salas tristes e incómodas, pero sobre todo a los postpubertos  buscando algo en el mundo. 
Pero me llevé a Harry y su reflexión al final me consoló.
Y Fefe fue conmigo y su abrazo me curó las nostalgias.

Ni Ken Loach ni nosotros hemos cambiado tanto.
Qué gusto.

martes, 4 de julio de 2017

Los dias largos

No solo es la luz que entra desde muy temprano por la ventana, ni el atardecer que parece que no termina.
No solo el calor que todo lo languidece.
Ni las labores que no acaban.

Los dias son largos porque me quiero ir.


Espero que ahi tambien los dias sean muy largos.


martes, 30 de mayo de 2017

Nomás de pasadita

porque hay cosas que no quiero que se me olviden, como Harry haciendo un excelente papel en la presentación de Ensayo Filosófico, ya en el evento estatal. O mi entrada a la nueva maestría. O mi promoción en lo laboral.

Y ya.

viernes, 19 de mayo de 2017

El cartero

Me gusta escribir cartas.
De niña le escribía a mi prima quien me contaba todo lo que estaba pasando en el pueblo, sobre todo los chismes realmente interesantes como aquel del enamoramiento de uno de mis primos por una chiquilla muy linda. Teníamos todos 8 años. Mi primo se casó con esa chica algunos años después.
Cuando nos íbamos a mudar para acá, mis compañeros de la escuela me dieron todos su dirección para escribirnos. La caja donde estaban sus direcciones y pequeñas notas que me escribieron, se perdió en la mudanza. Esa fue una de mis mayores pérdidas en mi infancia.
En la universidad, durante los albores del internet, hice algunos penpals. Me agradaban mucho un marinero noruego y un chico colombiano. De ellos sí guardo muchas de las cartas y tarjetas que nos llegamos a enviar.
Por este medio y hicimos un Club Postal, allá por el 2010. Esas cartas también las guardo con sumo cariño y aunque por la inestabilidad del correo ya no nos escribimos, nos tenemos todos en FB enterándonos de nuestras vidas.

Me gusta escribir cartas.

En diciembre que me fui de vacaciones le mandé una a mi amiga W. Le llegó porque la envié directamente desde una oficina postal de su país, si no, hubiera tardado dos meses. Si es que llega.
Ella me envió una carta por medio de un familiar que viajaba para acá.
Yo le respondí haciéndole llegar la carta con un amigo que viajaba para allá.

Leer cartas se merece un ritual aparte, tan riguroso como el de escribirlas.
Se requiere luz, café y cierta hora del día donde nada perturbe, donde puedas conectar perfectamente con la otra persona a través de las palabras.
W guardó mi carta para la mañana.


Y me escribió de inmediato.
Pero luego ¿cómo tener la seguridad de que la carta me llegaría?
La tecnología resolvió el problema: escaneó las hojas, las mandó por correo electrónico y me prohibió terminantemente leerla si no la imprimía antes.
Eso hice y aunque estaba en la oficina me determiné a buscar el mejor lugar para leerla: la terraza del único lugar con plantas que existe en el bloque gris que es mi lugar de trabajo.


Es cierto que parte de la emoción del intercambio epistolar es la espera, pero la otra parte y la más importante es la luz, el café y las letras. Y ahí estuvieron.

Ya estoy respondiendo la carta.
Me estoy tomando pequeños recesos entre las obligaciones laborales y domésticas.
Escribí un poco en el jardín de un hotel bajo un árbol. Y otro poco más en el patio de mi casa acompañada de mis gatos.

Probablemente me tome más de una semana terminar de escribir, pero luego sólo será cuestión de escanear y enviar para asegurarme de que los 2,600 kilómetros que nos separan por un momento se van a desvanecer a través de las hojas de papel con mis palabras impresas en ella.

Y bueno, que nos faltará el romanticismo de la incertidumbre.

Pero a mí lo que me gusta es escribir cartas.

lunes, 1 de mayo de 2017

Vida

Apenas cayéndonos el veinte de lo de mi papá, falleció un conocido, cuñado de mi hermana y amigo de la familia.

Después de asistir al funeral, nos fuimos al hospital a ver a mi cuñado. Su nuevo bebé acababa de nacer.

Y así son las cosas.


* * * * *

Me dice mi traficante y proveedor de belleza que esta música es para sanar.
Es verdad.




¿Y les dije que ya terminó su escuela y que está su obra en exposición?

Esto es uno de mis contentos y emociones más recientes:



* * * * *

En dos semanas empiezo de nuevo la escuela. 
Ya me compré un cuaderno y hasta un escritorio.
Una debe tener ilusiones.




martes, 25 de abril de 2017

Adiós

En alguna de nuestras vacaciones en el pueblo, mi papá me llevó a pescar a un río. Sospecho que sabía que no tendríamos mucha suerte, pero de todos modos me llevó. 
Estuvimos ahí algunas horas y ningún pez picó.
Le pregunté qué le diríamos a mi mamá sobre nuestro fracaso y él respondió: "Que pescamos pura decepción."
Tenía entonces unos seis años de edad y su respuesta me divirtió mucho. Fue tal vez la primera vez que fui consciente de cómo se podía jugar con las palabras y me propuse aprender a hacerlo yo también.
Ayer le contaba esta historia a Fefé, junto con otras que reflejaban la enorme paciencia de mi padre.

Mi papá falleció el sábado.
No fue algo que esperáramos, al menos no ese día. Después de algunos días en el hospital la semana pasada, sabíamos que su salud no mejoraría pero no creímos que todo fuera a terminar tan pronto.
El viernes estuvo bien. Hacía mucho que yo no lo veía tan alerta. Incluso pudo jugar un rato solitario en mi tableta. Estuvo ocurrente en sus muy limitados medios para comunicarse. Y demostró tener toda la intención de cuidarse más en lo sucesivo.

Pero ya no está.
Y todavía, por momentos, no lo termino de creer.