domingo, 20 de marzo de 2005

Cuando tenía alrededor de trece o catorce años conocí a un hombre llamado Manuel. Hombre me parecía entonces, ya que era unos diez años mayor que yo y mis amigos. Era muy agradable, simpático, querendón. Tocaba bastante bien la guitarra y la batería y por estas tantas cualidades se convirtió un poco en una especie de gurú moral.
Yo lo admiraba mucho.
Lo sigo viendo de repente. Sigue siendo muy querendón.
Anoche me acordé mucho de él.

Fefé me dejó puesto un disco de Joaquín Sabina en el auto, antes de salir con la Shelle. El disco con la grabación en acústico que teníamos había terminado por quedar inservible. En la nueva grabación metió algunas rolitas más y dejó fuera dos que tres.
Me gustan algunas muchas canciones de Sabina. Pero no podía dejar de sentir un agrio sabor en la boca cuando escuchaba Calle Melancolía, Princesa e Incompatibilidad de Caracteres. ¿Por qué?
Ahí es donde entra Manuel.
Solíamos pasar a veces las tardes en casa de amigos. Después de refrescos, pizza y papas fritas (todavía no conocíamos el alcohol ni el tabaco) Manuel tocaba su guitarra. Tocaba algunas canciones de grupos que estaban de moda entonces como Skid Row o Damn Yankees (¿se acuerdan de Can you take me high enough?) y ya más entrada la noche tocaba canciones propias.
Podría tener en aquella época trece o catorce años, pero mi sensibilidad musical era excelente entonces (si bien, muy influida por la necesidad de pertenencia de todo adolescente) y él cantaba dos rolas propias que me hacían querer llorar. Una de ellas la había escrito para una exnovia. Ambos habían estado metidos en líos de drogas. Él había logrado salir pero ella se quedó atrás. Y le dedicaba esa canción. Recuerdo que tenía palabras muy duras pero la música me dejaba siempre algo impactada.
La otra rola era más nostálgica, más tristona. Hablaba de la necesidad de amar, de la mala suerte que había tenido y cuánto quería encontrar la felicidad.
Ya que habíamos quedado algo alelados, tocaba algo para alegrarnos un poco. Esa la había escrito para su actual novia. Hasta la fecha tengo grabado dos versos que decían: Siempre que en mi techo de lámina llueve, en su buhardilla brilla el sol.
Reunión tras reunión yo pedía que las cantara. Me parecían canciones maravillosas, con metáforas deslumbrantes y música poco ordinaria, para lo que yo había escuchado por aquellos tiempos.
Claro que habrán caído en la cuenta que esas tres composiciones de Manuel no son otras que las tres rolas de Joaquín Sabina que mencioné arribita.
Por mucho tiempo tuve un desagradable dolor de estómago cuando me enteré quién era el verdadero autor. Supongo que se llama decepción. No sé a quién subestimó más Manuel, si a la música de Sabina y su permanencia, o mi capacidad para recordar.
Digo que por mucho tiempo tuve esa sensación agria en la boca, en las vísceras. Pero ya no más. He comenzado a ver a Manuel con ojos de ternura. Mira, qué deseos de agradar, de sorprender a unos pollitos de catorce años con mentiras. Ahora que estoy al frente de 30 adolescentes, me resulta fácil entenderlo.
Y después de todo, en un tiempo donde no había mucho de donde escoger, puso al alcance de mis oídos a Joaquín Sabina, bajo el nombre de Manuel.



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