martes, 5 de abril de 2005

Mis más bien escasas propiedades están comenzando a padecer el síndrome del cambio de horario.
Primero fue la cafetera, hace un par de días el reloj de Fefé y ayer mi celular.
Tengo un par de garantías por reclamar.

Por cierto, aquí les dejo una información que me encontré. Más vale prepararse para esta semana de ajuste. En mi caso, lo que resta del año.

Monk y Kolkard (1976) realizaron un estudio donde evaluaron el regreso al horario estándar en un grupo de 65 personas, tanto una semana antes, como una semana después del cambio de horario. En este trabajo se encontró que las personas tardaban un promedio de cinco días en adaptar su hora de despertar al nuevo horario (citado en Monk, Moline y Graever, 1988).
Nicholson y Stone (1978) registraron el dormir de tres hombres adultos, dos noches antes, una durante y tres noches después de la introducción del horario de verano. Se encontró que el cambiar el horario aumento la latencia del dormir, se redujo el tiempo de vigilia durante el dormir y se aumento la duración promedio de la fase cuatro (citado en Valdéz, Ramírez y Nevárez, 1991).
Hicks, Lindseth y Haekins (1983) reportaron un aumento en la incidencia de accidentes de tráfico durante la primera semana después de cambiar el horario, tanto al introducir el horario de verano, como al regresar al horario estándar. Los autores sugieren que este aumento en los accidentes puede deberse a las alteraciones en el sueño reportado por otros autores.
Carpentier y Cazamian, (1977) y Smith, Colligan y Tasto, (1982) refieren trastornos resultantes del insomnio, somnolencia excesiva y durante las horas de trabajo, fatiga, irritabilidad, depresión, falta de hambre en el día y aumento por la noche, secreción excesiva de jugo gástrico, aumento en la duración de la etapa cuatro del sueño y trastornos psicosomáticos entre muchos otros (tomado de Valdéz, Ramírez y Nevárez, 1988).
Tal y como lo muestran los estudios previos, en cuanto a las consecuencias de esta desincronización en el cambio de horario y sus efectos psicofisiológicos; es importante incorporar como efectos agregados o adicionales los sucedidos en la vida social de las personas ej. relaciones interpersonales y laborales- (Téllez, 1988).
A nivel personal, están la disminución del contacto con la familia y con los demás miembros del medio social (Carpentier y Cazamian, 1977); mayor incidencia de accidentes de trabajo (Smith, Colligan y Tasto, 1982); baja eficiencia de los trabajadores, menor de productividad y como resultado baja la calidad de vida de los trabajadores (tomado de Valdéz, Ramírez, García y García, 1997.


Todo sea por la energía. Por eso la próxima vez que hablen de privatización energética, aún a costa de los males antes citados, llegaré con mi jeta de insomne a las oficinas de la CFE a dar de cacerolazos.
Y no es bueno para nadie verme cuando no he dormido. Créanlo.


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