martes, 14 de enero de 2014

Último día

Pensé que no podía pero lo hice.
Triunfé.
El domingo pasé doce horas sentada frente a la televisión.
Y lo voy a decir, me gusta mucho la televisión, pero desde los domingos de mi infancia no la había visto más de dos horas seguida.

El domingo pasado me desperté sorprendentemente temprano -a las 9 de la mañana- algo muy raro, porque ese día me dormí a las cuatro de la madrugada, después de una reunión donde hubo tamales, café, galletas con chocolate, vodka, vino y tequila. No necesariamente en ese orden.
Cuando mis hijos tenían la insana costumbre de levantarse temprano (en esta familia temprano en domingo significa 9 o 10 de la mañana) a mí me gustaba levantarme un poco antes. En el silencio de la mañana, Fefé y yo nos escurríamos a la cocina a preparar café y pan tostado. Luego nos hacíamos bola en el sillón, con la tele bajita para que los dos engendros no pensaran que la televisión encendida era una invitación a despertarse.
Pero no pasaba ni una hora cuando ya teníamos a las criaturas juzgando nuestras elecciones televisivas y cambiando de canal como consecuencia.
Con el tiempo los hijos se fueron despertando cada vez más tarde (mi mayor triunfo materno) y yo también. Teniendo un solo día para levantarme tarde, lo trataba de exprimir aunque me dolieran los riñones. Fefé siguió con la costumbre de levantarse a preparar café pero también aprendió que después de tomármelo voy a volverme a dormir unas horas más.
Por eso me resultó sorprendente que el domingo la cama me vomitara tan temprano.
Fefé ya tenía listo el café y yo calenté algo para comer.
A las diez de la mañana vimos una película italiana.
Luego empezó "Mama". Cuando llego a ver alguna película de suspenso o miedo, es en la comodidad de mi casa con las luces encendidas.
Terminando la película, comenzó el partido de futbol americano. La mayor cualidad de Fefé, incluso mejor que el café de los domingos, es que no es gran fan de ver deportes por televisión y no es seguidor de ningún equipo en específico, pero como exjugador de americano, de vez en cuando disfruta ver uno que otro partido, y este domingo lo hizo.
A mí no me entretiene, pero ya tenía más de dos horas frente a la televisión, y me puse como reto un par de horas más, durante las cuales la verdad es que no vi el partido, pero le adelanté hasta la letra C en The Book of Jezebel.

Cuando terminó el partido, empezó la entrega de los Golden Globes. Más allá de la credibilidad de los premios, yo quería ver otra vez a Tina Fey y a Amy Poehler conduciendo. Fefé entonces se quejó de dolor en la espalda, pero lo obligué a quedarse. Yo estuve con él en todo el partido. Era lo justo.
Y todavía después de los premios, nos aventamos el inicio de la nueva temporada de Shameless.
Fue cuando me di cuenta que habíamos comido pura basura, no nos habíamos bañado y estábamos sintiéndonos como marinados en nuestros propios jugos.

¿Qué me dejó esta experiencia?
Nada. O tal vez una horda de neuronas menos.
¿Me arrepiento?
Jamás.
¿Lo volvería a hacer?
No lo veo plausible en el futuro cercano.
La realidad es que si me aferré a hacerlo fue porque este domingo fue mi último día de libertad plena, pues el lunes comencé clases de nuevo, y aunque mi elección de sillón y televisión sean cuestionables, no me importa.

Me gusta la televisión.
Con ella tuve mi primera relación amorosa saludable y no la pienso dejar, aunque por ahora la escuela y el trabajo nos separen.

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