lunes, 25 de julio de 2005

Já!
Y sigo siendo el rey!!!!

Ok. Las reinas chulas.
Porque nos rete quien nos rete, ya sea moneros interesantes y cultos o ingenieros con tendencias bohemias, la Shelle y yo les partimos todita a la hora de demostrar quien posee mayor información trivial e inútil en su cerebrito.

¿Otro torneito de maratón, mushashos?

Y para celebrar, nos fuimos el sábado a dar la welta.

Contra mi voluntad y repito, contra mi voluntad, fui llevada a la Antigua Paz. ¿Qué es la Antigua Paz? Una cantina. No sé si la más antigua de la ciudad pero este año cumplió 95 añejos. Es una cantina de gran tradición en la ciudad, y una de esas tradiciones es que no entren mujeres. Y yo estoy de acuerdo.
(Cuando digo eso entre mis compañeras del trabajo, se empiezan a escuchar las quejas feminoides y los discursos de equidad, igualdad y el sagrado derecho de todo ser humano de poder ponerse hasta las chanclas. Creo que es el momento de recordar la anécdota que protagonizó Doña Carmen viuda de Cervantes, futura de García Márquez, dentro del lugar. Ante las insistentes mirades de los presentes, le pregunta a su acompañante: Oye, por qué me ven tan raro... y le contesta a la susodicha Porque esto es una cantina y no entran mujeres. Carmen, siempre digna, se pone de pie e increpa a los asistentes: ¿No les gusta? Pues chinguen a su madre... Y esta P que me ven en la frente, no es de pendeja, es de puta... No sé a qué venía todo esto. Debe ser una de las razones por las que no he ido, no vaya a ser que me relacionen con Doña Cervantes)
Pero... tengo otras razones más fuertes para estar de acuerdo con que no entren mujeres.
Al menos una vez a la semana, Fefé regresa de la calle con las botas olorosas a grasa recién untada. Es cuando yo sé que fue a echarse una chela a la Antigua.
Mujeres... pónganse en mi lugar ¿no están más tranquilas sabiendo que sus hombres están en un lugar al que no entran mujeres?

Ora... también estoy de acuerdo en que el hombre debe tener ese último templo de testosterona y virilidad, donde puede ir sin tener que estar bañado y perfumado, donde puede hablar de deportes y sentir el calor fraterno de otros borrachos en desgracia.
Al menos eso pensaba antes de ir el sábado.
Gran decepción.
De virilidad yo no vi nada.
Dos hombres hablando de sus cosas y viéndose con ojos amorosos, el bartender dándole masaje a otro wey, un tipo nalgueando a otro, o dándose de palmadas en la espalda a la menor provocación... ¿qué pedo?
Por favor, díganme que así se llevan entre ustedes... por favor...

Después nos fuimos a otra cantina un tanto más pluricultural. Los mojitos son baratos ahí pero tampoco nos quedamos mucho tiempo. Antojo de quesadillas del Calicanto. Mi dieta del día valió madre al aterrizar ahí. Por cierto el café estaba freaker than ever. Debe ser la razón por la cual me sentí tan cómoda. El chavito del chou se aventó unas rolas de Virulo y además demostró en forma práctica lo que ya sabíamos, que las rolas de Juanes son exactamente iguales.
¿Y a que no saben quién nos atendió?
¡El meserito con complejo de Woody Allen!
Y qué bueno porque ya me estaba hartando del mimo mamón cantando las mimas sonsadas. (Sí, sólo en Chihuahua los mimos hablan)
Hicimos señas como media hora para que nos atendiera, y ni madre. Cuando se le dio su gana.
Pedí un café americano y me trajo uno de olla. Ni pedo.
Al rato nos trajo la cuenta, cuando ni siquiera la habíamos pedido.
Y cuando la pedimos, nos la trajo mal.
Eso sí fue muy divertido.
Y terminamos la noche cortando girasoles de un baldío.
Bueno, no fue ése exactamente el final de la noche pero lo que siguió no se los puedo contar.

Esta semana es mi última de vacaciones.
Espero que el alcohol del fin de semana haya sido suficiente.

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