lunes, 15 de diciembre de 2014

Barcos

Qué curioso es ser una suegra. O más bien, mamá de un novio.

Es curioso, interesante y sorprendente ser observadora de la transformación de tu hijo en un novio.

William me había contado de una presentación de la escuela de baile donde asiste la morrita y me había pedido permiso para ir.

El día del evento amaneció enfermo del estómago y trajo náuseas todo el día. Le dijimos que no fuera a la presentación, que se quedara a descansar… incluso ofrecí  mentir,  que le dijera a la niña que yo lo había castigado por no sacar a Hobbes a pasear (lo cual al mismo tiempo llevaba un mensaje /amenaza en forma implícita) a lo cual se negó rotundamente porque la nena se iba a enojar ya que anteriormente había faltado a una de sus presentaciones. Y además no quería que la niña pensara que yo no era una Cool Mom (I´m not a regular mon, I´m a cool mom… chiste que nomás mis hijos, yo y los fanses de Amy Poehler y Mean Girls entienden). Así que no tenía opción.

Fue, dijo que le había gustado y que tuvo oportunidad de platicar después con ella por aproximadamente 30 segundos, con el papá de ella presente, quien por cierto no debe saber que la niña tiene novio pero por supuesto se enteró, porque ¿qué amigo lleva a la amiga un Scooby Doo de peluche y un disco de música así nomás porque sí?

Fuera de todo el contexto de la ennoviada, me da gusto ver que el hijo cumpla con sus compromisos. Y me da risa, por otro lado, verlo dominar  estrategias mediáticas, tecnológicas y comerciales  en su canal de Youtube (ya gana lo mismo que yo, damn it…) mientras que batalla en tomar decisiones en los aspectos más básicos de interrelaciones humanas.

La semana pasada la niña le regaló una bolsa de chocolates. Me contó que la abrió en cuanto la recibió. Luego se quedó pensando y preguntó alarmado:

-  ¿Estuvo mal? ¿Debí esperar a estar en casa para abrir la bolsa?

-  Mientras le hayas convidado chocolates, no hay problema- le respondí. Pero no es cierto, lo correcto habría sido abrir la bolsa en casa para compartir con la mamá todos los chocolates, y no nomás los Reeses.

Y así navega el hijo en las inquietas, inexploradas y desconocidas aguas de la adolescencia.

 

El otro hijo navega con lo que puede, manteniéndose a flote con su guitarra de remo y los papás de brújula y velas. O al menos es lo que queremos pensar. Quién sabe si a estas alturas todavía somos de utilidad. No sé si somos viento, velas, brújula o ancla. Eso lo decidirá él, supongo y mientras ahí estamos como sus seguidores incondicionales.

Ayer tuvo presentación con su bandita, “Los Beatlemaniacs”, como les dice su profe, aunque yo más bien los llamaría “El beatlemaniac y unos compas que le siguen la corriente con tal de tener oportunidad de tocar en los conciertos”. Primero tocaron los ensambles que arma el maestro en clases. Ahí acompañó en una rola de Creedence y otra de Coldplay. Y al final tocaron su minitributo a los Beatles.

Me encanta verlo presentar las canciones, hacer un chiste, conseguir que se rían, y luego soltar su voz.

Es otro cuando canta. O más bien es el mismo que conocemos y al que habíamos extrañado.

Las vacaciones le han caído muy bien.

Hemos estado buscando escuelas de karate cercanas o alguna otra que le llame la atención. Lo que encontramos fueron clases de Tai Chi. El terapeuta se lo había propuesto como opción y parece que se va a inclinar hacia ella. Que practique lo que sea con que le haga bien.

 

Y ya empezaron las posadas.

Me gusta esta época pero suele coincidir con la salida de mi introvertida interior (ya sé, no hay de otras). Amo la pachanga pero con medida; voluntaria, no obligada, y en estas fechas una siente obligación de ir a todo.

Pero pos ya qué… al final me arrepiento más de lo que no hice y como a mí no me gusta arrepentirme de nada, non, je ne regrette rien.

 

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