viernes, 27 de abril de 2007

Leo desde los cinco años. Leo libros desde los seis. No sé con cuál empecé, pero recuerdo estar en un supermercado, dentro de un carrito, estirando el brazo para alcanzar "El Principito". Me llevó tres viajes al super terminarlo. Poco después encontré en casa las obras completas de Oscar Wilde, uno de esos libros gruesos, con letras diminutas y hojas delgadísimas. En mi etapa de primaria leí los cuentos; en secundaria, las obras teatrales; en preparatoria, las novelas y en la universidad, las poesías.
Pienso en mi infancia y no recuerdo a qué horas leía, con tantas ocupaciones como ver televisión, andar en bicicleta, armar equipos de béisbol y jugar atari.
Leer no me ha hecho más sabia, ni más rica, ni más inteligente. Pero me ha hecho muy feliz.
Cuando estaba embarazada de William, quise lo mismo para él y para todos los hijos que pensaba tener, entonces me sentaba a leerle. A Harry le tocó escuchar los cuentos y poemas de Rabindranath Tagore.
Como maestra he ido a muchos cursos y en los de promoción lectora nos aseguraban que la fórmula eficaz y segura para que un niño se convirtiera en lector era ser ejemplo, leer en voz alta, participar en sus lecturas y ofrecerle materiales apropiados a su edad e intereses.
Hoy conocí a Aline Pettersson, una señora inteligente y dueña de un maravilloso lenguaje que me ha hecho enamorarme de sus libros.
Me encontraba entre muchas madres de familia que hablaban de sus niños de dos, tres, cinco, siete años que amaban la lectura y los libros.
Yo tuve que meter mi cuchara y recordar un texto de Humphrey Bloggart con respecto a los lectores.
Tal vez se nace siendo lector.
Mis hijos han tenido todo lo que me han asegurado funciona para hacer niños lectores, pero en ninguno de los dos veo esa necesidad que tenía yo de estar leyendo.
Para William la lectura es un acto de conocimiento. Se lee enciclopedias y manuales. Justamente ahora lee un curso práctico para hacer animaciones en Flash.
Para Harry es una forma de escucharse, de oír su voz a través de las palabras que le gustan.
Tal vez nunca tomen por cuenta propia uno de los muchos libros de cuentos, fábulas y poesías que tienen en su librero.
O tal vez es demasiado pronto para poder asegurarlo. Eso fue lo que me dijo la señora Aline.
Pero de seguro, seguro, cada niño es diferente, y así como se nace con sensibilidad y habilidad para la música, para la danza, para la ciencia, así se nace como lector.
Tal vez.
Sólo nos queda dejar que los libros anden sueltos por los cuartos, acechando, esperando el momento justo para saltar y ser El Libro que enganchará a un futuro lector con sus historias.

Mientras, sigo leyendo.
Me siento en mi sofá y mis hijos saltan junto a mí para escucharme. Hemingway se sienta en el sofá de frente, y Harry poco a poco se adormece hasta quedarse dormido.
Quedo satisfecha de lanzar el anzuelo.
No sé qué vaya a pasar después.
Al final, como dijo Pennac, el no leer es un derecho de todo lector.

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