Los muchos días de enero

Tuve que hablar con un padre que acababa de perder a su hijo de 29 años. No pude dar una sola palabra de aliento, en su lugar le anoté lo que debía hacer para atender asuntos como el del finiquito, el seguro de vida, la designación de beneficiarios; le di nombres, teléfonos, direcciones. 
No hay consuelo así que sólo espero que lo que le expliqué, le quite un poquito de la maraña que serán todos estos días de trámites y de no poder penar en paz.
Luego pensé en los míos, en que ellos tampoco sabrían qué hacer en caso de que algo me pasara. No saben dónde tengo mis seguros de vida, ni mi seguro funerario, tampoco lo que debe hacerse para ir a cobrar mi ahorro. Dudo que sepan en qué banco tengo el crédito de la casa y qué hay que hacer para ir a cancelar la cuenta. Por mi parte, no he dispuesto qué hacer en caso de mi muerte, como quien se queda con mis libros y quién va a quemar mis cuadernos.
O sea, adulting at its worst.
Y ya estoy arribita de la mitad de mi vida.
(Lo único que ya heredé es la responsabilidad de mi cuenta de FB. Mi comadre sabrá qué hacer en caso de que mi último estado haga referencia a un pedo.)
Joder.
Me quiero poner seria y lo evado saliéndome por alguna tangente.
Se debe hacer, la muerte es lo único seguro blablablá.
Mañana.

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