domingo, 20 de noviembre de 2011

Hoy festejamos que mi papá finalmente y a sus 66 años se retirara de la vida laboral.
Pasó más de 40 trabajando para la misma empresa. Cuando vivíamos en Beautifulville era el jefe de la oficina, una que a mí me parecía muy bonita y que me hacía sentir importante cuando al salir temprano de la escuela, me llevaba un rato con él. Además de la secretaria, tenía a varios técnicos a su cargo. La secretaria me daba café y galletas mientras esperaba que fuera hora de comer. Si café con galletas no te hacen sentir importante, no sé qué chingados lo haga.
Le ofrecieron, el año que yo cursaba sexto grado, un cambio a la ciudad donde ahora vivimos. Al tomar la oficina, no sólo se convirtió en el jefe... además fue secretario, recepcionista, técnico e intendente. Era el único que atendía el negocio aquí. La empresa comenzó a cambiar: compras, ventas, alianzas, negociaciones internacionales... todo esto llevó a que un día liquidaran a mi papá y le dijeran: Si quieres seguir trabajando con nosotros, cómpranos una licencia. Y mi papá lo hizo. Una parte de su liquidación la donó y la otra la prestó. Resultó el peor cobrador de la historia.
Así estuvo algunos años trabajando, con su oficina en casa. Todos éramos recepcionistas, tomábamos llamadas, contestábamos a los clientes y a mi papá le iba muy bien, a veces, y otras, yo creo que no tanto porque hubo momentos de graves problemas económicos, sobre todo cuando nos mudamos de casa y un tiempo después de hacerlo no pudo continuar pagando la casa debido a esta figura llamada anatocismo, que muchas familias sufrieron en esa época. Al tiempo, la empresa seguía cambiando y un día la licencia que tenía mi papá dejó de funcionar y le dijeron: Si quieres seguir trabajando con nosotros, va a ser a través de una empresa outsourcing. Y así fueron estos últimos años.
Dice mi madre que inicialmente la empresa tenía excelentes planes de retiro para sus colaboradores, pero ahora no sé qué quede de la empresa donde mi papá comenzó a trabajar hace tanto tiempo. Tampoco sé en qué va a quedar la pensión de mi papá y si va a alcanzar a pagar la renta de la casa donde viven (porque a partir de la pérdida de la casa al banco, ya no les fue posible adquirir otra) más las necesidades de dos personas adultas, ambas, por fortuna, fuertes y saludables.
Pensaba en todo esto hoy que comíamos con él, convencida de que él se merecía mucho más... aún no sé cuánto le puedan ofrecer, pero sí sé que se merece mucho más y ojalá que mis hermanos y yo podamos tener suficiente para lo que les haga falta.
Pensaba también que somos cuatro y de alguna manera nos las arreglaremos para ayudarlos.
Luego pensé en Fefé y en mí.
¿Qué pasará las siguientes décadas? ¿Qué tanto habrán cambiado las empresas para entonces? ¿Dónde estaremos trabajando? ¿Cómo les irá a nuestros hijos? ¿Encontrarán trabajo? ¿Crearán trabajo?
No crean... son cuestiones que preocupan.
Yo por lo pronto me voy a dar a la tarea de entrarle al Catvertising, porque a este paso el único que podrá darme de comer con toda seguridad es Lucky.




Y si no resulta bueno como actor, siempre queda la opción de mandarlo a trabajar:




Bueno, tal vez tampoco sea la mejor idea, pero ya la iremos mejorando.

Voy a hacer maletas.
De nuevo al DF a terminar mi diplomado.
Flojera.

1 comentario:

cumerina dijo...

son cuestiones realmente preocupantes, muy preocupantes... y yo ni gato tengo :(