sábado, 12 de enero de 2008

El silencio y la oscuridad de las madrugadas son ideales para que nos asalten toda clase de miedos.
En mi cama, abrazada a Fefé, hablamos.
La sustancia del tiempo y de la realidad son tan frágiles que nos sorprenden antiguos temores.
Fefé me tranquiliza:
- Nos habríamos conocido en aquella exposición de fotografía, la recuerdas?
- No. Yo no habría ido. - Y me estremezco.
- Entonces en el concierto, el que te gustó tanto...
- Sí!... ahí sí habría estado en primera fila.
- Yo también! Qué coincidencia. Hasta nos habría tocado sentarnos juntos.
- Lo dices nomás para tranquilizarme, verdad?
- Y en este momento, tú con tu vida, yo con la mía... crees que si me vieras en la calle, te gustaría? llamaría tu atención?
- Definitivamente.
Todavía con algunas dudas, continúo:
- Es posible que nos hubiéramos conocido. A la salida del café, junto a la paquetería -afirmo un poco más segura.
- Cómo a qué horas?
- Cinco o seis.
- Ahí estaría yo!
- En serio?!
- Claro! Iría hacia ti y apagaría la vela de tu mesa.
- No. Te quejarías por el humo de mi cigarro y yo te ofrecería uno.
- Y hablaríamos de Cuba y de Compay.
- Te contaría de Coppelia y de Gutiérrez Alea.
- Te preguntaría si te gusta el cine.
- Y todo volvería a empezar!
- Pero... estarías ahí, verdad?
- Te lo prometo.

Y pateando de la cama todas las causalidades, Fefé vuelve a abrazarme para finalmente disponernos a dormir.

Es extenuente estar cuidando lo que no fue.

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