viernes, 18 de enero de 2008

De cómo William mató a su abuelo

o por qué no se debe pedalear las bicicletas ajenas.

Antes de ventanear las intimidades de mi hijo, debí contextualizar los sucesos de los días pasados y proveer de un panorama histórico adecuado para entender lo que sucedió en el tercer acto de esta obra pasional.

La niña tras la cual anda William fue durante tres años el objeto de veneración de su mejor amigo, I ( mejor amigo de William). Este año, I decidió dejar de prodigar tantas atenciones a la susodicha, quien se sintió ofendida y afectada y tomó cartas en el asunto con las consecuencias que ahora conocemos.

El día que William salió deprimidísimo de la escuela, I se acercó a él y le preguntó qué tenía, al fin de cuentas, con mujeres o no de por medio, siguen siendo los mejores amigos. Para evadir la verdad y no decirle al amigo que estaba enamorado de su chica, William contestó:
- Es que... se murió mi abuelo.

Las cosas nunca quedan ahí. I le contó a su tía, que es compañera mía de la escuela, quien le contó a otro grupo de amigas, hasta que se acercaron conmigo muy cautas a preguntar quién había fallecido, si mi papá o el de Fefé.
¡Bóitelas! dije. Nope, nadie que yo me haya enterado. Tuve que confiarles la situación de William para explicar lo del abuelo.

El asunto se arregló, aunque a mí también me gustaría saber a cuál de sus abuelos mató William, pero me da miedo hacerlo.

En conclusión, pedalear bicicletas ajenas puede empujarte a actos tan descabellados como el abuelicidio.

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