martes, 11 de septiembre de 2007

Hay dos abarrotes cerca de mi casa.
El primero lo abrieron unos cuantos meses después de que nosotros nos mudamos. Mientras estuvo a cargo la patrona de la casa, nunca faltó nada en el abarrotes. Una vez me compré una bella bolsa de mano de rayitas azules al súper precio de 29 pesos.
Pero luego la patrona desapareció, quién sabe qué sucedió y sus hijos se hicieron cargo del local. La hecatombe, el holocausto, el armagedón: comenzó a escasear todo.
Coincidentemente por esas fechas y aprovechando el nicho de mercado se abrió el otro abarrotes. Y no sólo nos ofreció una amplia variedad de productos, como los discos piratas de banda y la mermelada de chabacano tan difícil de conseguir. También nos ofreció un trato distintivo: "¿Qué anda llevando, vecino? ¿Cómo están los niños, vecina?". Si eso no es servicio al cliente, no sé que lo sea. ¡Ah! y además incluyó en su comercio diario algunas inovaciones como un encendedor gratis por cada cien pesos de compra o un boleto para la rifa de una televisión.
Ooooooooobviamente, nos hicimos clientes.
Hace unos días, por causas ajenas a mí, tuve que ir al primer abarrotes. Ahí estaba de nuevo la patrona. La tiendita lucía triste y desolada. No encontré lo que buscaba pero no podía salir de ahí sin llevarme algo. Me compré un chicle.
No pude evitar sentirme culpable. ¿Por qué? Ni idea.
Pero así me pasa a veces.
Ayer, por ejemplo, recibí una noticia estupenda, algo que involucra un poco de trabajo y algo más de dinero. Me dio mucho gusto hasta que me enteré que un amigo también hizo examen de selección junto conmigo, pero no fue elegido.
Tampoco pude evitar sentirme culpable.
Qué chingados.
Espero que sea sólo una fase.
Espero que sea la misma ovulación que hoy me hizo llorar mientras escuchaba Laika.

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