martes, 4 de septiembre de 2007

Eufemismos

A mí me gustaría ir por la vida como heroína de García Márquez: segura, certera, desenvuelta, casi volátil al ras de la tierra.
Pero no soy así.
Me siento más marciana que terrícola. Me afecta la gravedad, el oxígeno y la presión atmosférica.
Me manejo torpemente, con mi cabeza queriendo ir más rápido que mis pies.
Yo no fui creada para las tarjetas bancarias, las zapatillas, los vestidos o los afeites, para la espera, las interpelaciones, para pelearme o para defenderme.
Y sobre todo, no fui hecha para la tecnología.
Todavía tengo presente el incidente del iPod suicida, resbalándose en cámara lenta sobre el suelo del segundo piso de mi trabajo, hasta quedar colgado sujeto únicamente porque los audífonos se atoraron en una silla mal puesta.
Luego, el Sony Ericsson cayendo de mi mano y atravesándose en el camino de un adolescente más torpe que yo, que cuando lo quiso agarrar volvió a patearlo 10 metros.
Y finalmente, mi nuevo Nokia, a unas horas de haber sido estrenado, se escapó de su estuche mientras yo caminaba despreocupadamente por la calle. Se estrelló contra el suelo y la bonita tapa de acero inoxidable fue a dar derechito a una alcantarilla apestosa de un metro de profundidad. La Shelle detuvo el tráfico unos minutos mientras yo salvaba a mi bebé.
Bueno, pero no era dar tanta evidencia de mi pendejez el objetivo de este post.
Resulta que esta mañana nos hablaba un compañero sobre el asombro, la curiosidad y la filosofía. Decía que los filósofos andan como turistas por la vida, reconociendo y viendo todo por primera vez.
Entonces me dije: No, mi reina, si tú no eres pendeja, es que eres filósofa.
No es falta de psicomotricidad ni torpeza todo lo que me pasa, es reconocimiento del mundo.
Así que ya saben, ya pueden ir comenzando a decirme La Filo, La Extranjera (como me dijo mi compañero) o La Camus, ustedes elijan.

NOTA: Se perdieron la foto de mi cara cuando se me cayó el celular y la de la tapita mirando lastimosamente desde su foso apestoso, y todo porque la Shelle perdió en ese momento su objetividad periodística.
El Pulitzer se fue otra vez, comadre, pero nuestra amistad permanece.

No hay comentarios.: