miércoles, 17 de noviembre de 2004

Lo conocí iniciando el año (desde que me siento maestra, el año para mí inicia en agosto, y no en enero).
Durante el curso propedéutico se mostró inusualmente extrovertido, sumamente conversador y de un sociable envidiable. Estas tres características suyas terminaron por darme escalofríos. Por lo regular cuando un muchachito de 11 años logra conjugar las tres, te topas frente a un adolescente adorable que hará tu vida docente de cuadritos y no podrás hacer nada al respecto porque el amor podrá más que las reglas.
Me equivoqué en una cosa: en lo de la vida de cuadritos.
El mocosito resultó el chico más serio en el salón con excelentes calificaciones en el primer período.
En lo demás siguió siendo el mismo niño abraza maestras.

El patio de la escuela es pequeño en comparación con las necesidades de movimiento y espacio que los adolescentes necesitan, por lo que no me resultaba extraño ver a nuestro muchachito tirado en el suelo después de chocar con alguien al ir corriendo. Lo extraño fue que después comenzó a tropezarse sin existir obstáculos físicos que lo hicieran caer.

Después me enteré.
Tiene un tumor en el cerebro.

Él lo sabe también. En mis clases puedo ver que se impacienta en momentos y luego logra concentrarse nuevamente. Dejó un rato los abrazos. Lo comencé a extrañar y francamente ignoro qué armas tomar para dirigirme a él.

Todos me han dicho que la medicina está avanzada, que por su edad tiene muchísimas probabilidades, que el tumor fue detectado a tiempo. Pero no puedo evitar una opresión en el pecho cuando lo veo.

Hoy llegué a su salón.
Desde la puerta Maravilla del Mar (así se llama y nadie se burla) jugaba a la pelota con tres niños. Cuatro más estaban revolcándose en el suelo. Y las chicas platicaban en grupo sobre el niño guapo del salón. Seguramente.
Tomé aire, el suficiente para decir a viva voz "¡Fiiiiirmes! cuando se me pone en frente el chico. Se acercó y me abrazóa algunos segundos. Me dio tiempo de darle un beso en la mejilla y utilicé el aire restante para decirle que lo queremos mucho.
Mi preocupación pasó a segundo término. En el camino a mi escritorio otro chico más se acercó por un beso, y el llaverito del salón quiso también su abrazo.

Es increíble que uno crea saber qué es la madurez, que uno piense que sabe lidiar con los problemas del mundo... y que llegue un chiquillo de repente a mudarnos la perspectiva.

No conocía las armas y ya Brian se encargó de enseñármelas.

1 comentario:

Guendi dijo...

sniff.. como eres gasha... yo tan sensible y tu contando historias de esas. :(
Por un momento te juro que hasta extrañe la docencia; pero solo por un momento, no nos dejemos llevar...