domingo, 20 de julio de 2014

Relação

Muchas cosas me recuerdan a Paty.
Hace un par de días falleció una de nuestras maestras de la universidad, y pues irremediablemente, recordamos a Paty.
Suelo extrañarla como la amiga que fue. Me pasa en conciertos o películas desear tenerla al lado, riéndonos con su humor bizarro.
Anoche la extrañé también como la mujer que fue, la maestra que tuve.
Tengo muy presentes sus ideas cosquilleándome el cerebro y abriéndose camino en mi hirsuta mentalidad post adolescente. Presentes también nuestros desacuerdos -que nunca parecieron tales- porque ante todo respetó mis opiniones, a veces dramáticamente opuestas a las suyas.
A sus veintitantos, jovencísima, Paty ya era una persona -ahora lo veo- tan completa: íntegra, culta, independiente, valerosa, inteligente, crítica, comprometida, amorosa, divertida... todo eso que a mis casi cuarenta aun no logro alcanzar como quisiera.

En unas semanas más se presentará Teresa Salgueiro en esta ciudad.
Madredeus fue una de las herencias de Paty. Recuerdo una mañana en que llegó encabronada a la escuela porque se habían metido a robar a su casa, y entre lo que se llevaron, estaban sus discos de Madredeus. "¡¿Y para qué chingados los quieren, eh?! Seguramente los van a botar en algún basurero" se quejaba.
Yo no olvidé el nombre y si a Paty le gustaba, debían ser buenos.
Buenísimos.
Viene Teresa y quiero estar ahí, aunque signifique no dejar de pensar en Paty durante el concierto.
Y no sería ningún problema si fuera sólo eso.
Me gusta acordarme de ella así, de sus llamadas de una hora, de sus carcajadas, de sus historias.
Me gusta recordarla hablando de Eco y de Chomsky, de Kurosawa y de Einsenstein, de música, de política, de luchas sociales.
Desgraciadamente, siempre que pienso en ella mi cerebro remata con un "Cecy, se nos murió Paty", que fue como me avisó su tía por teléfono cuando pasó, apenas dos días después de que habíamos acordado tomarnos una nieve porque ya se iba recuperando.

Hace más de cinco años, cuando murió, escribí:
«Ella me enseñó hace ya muchos años la absoluta realidad de las palabras, frente a lo concreto que nada tiene por decirnos, y por lo mismo, ninguna verdad por revelar. Su cuerpo vacío no me dijo nada. Han sido las palabras por el teléfono las que me siguen tocando cuando me niego a aceptar su muerte.

¿Cómo puede morir alguien así? Debería estar prohibido.
Que dejen de respirar los que ya están muertos de antemano.

Con el entierro o la cremación, terminan por disiparse todas nuestras dudas. No hay más qué afrontar que ese puño de cenizas es lo que queda de la persona, enorme, generosa, invasiva, ruidosa.
Y ya no hay de otra. Ya no está más aquí.
Es irreversible y por lo tanto debe ser superable.
Lo es, más cuando sabes que la primera muerte, es la tuya propia y hay que aprender a admitirlas porque no será la última.
Al final, dijo Liliana, todos somos sólo un montón de tierra.»

Tal vez, este recuerdo de la llamada siempre presente, tiene que ver con la incredulidad. Quizá y aunque han pasado ya años, tengo que hacer un esfuerzo por convencerme de su ausencia.
Y una ausencia como la de ella se nota, sin embargo son al final las palabras las que nos dicen la verdad.
Eso es a su vez un consuelo, porque mucho de lo que Paty dejó en mí, fue a través de sus palabras.
Sí, sí morimos, sí nos vamos. Pero el efecto de las ideas, se quedan.
Fue un honor que estuviera en mi vida.
Estoy sumamente agradecida.



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