lunes, 25 de septiembre de 2006

Economía del lenguaje Parte I

A dos meses de terminar el último semestre en la universidad, nos dimos cuenta, sin mucha angustia -la verdad- que, mientras "los del b" (el otro grupo) tenían ya tres años vendiendo empanadas para su baile de graduación, nosotros no habíamos hecho absolutamente nada.
Entonces se nos ocurrió una feliz idea que seguramente nos pagaría fiesta, cena y hasta baile: Multa sobre majadería.
Así de maduros éramos.
Lo que queríamos era dinero fácil, sin mover un solo músculo aparte de los maxilofaciales. No sabíamos en la que nos metíamos.
Días después de iniciada la actividad, nuestro profesor de periodismo nos preguntó cómo íbamos con el plan, no sin antes alabar nuestra idea y comentar sobre el hecho que al omitir ciertas palabras de nuestro vocabulario cotidiano, solían aparecer otras que nos enriquecían más (o sea que según él, en lugar de "pendejo" debíamos decir "bestezuela" o algo así).
"Así que... ¿cómo van?" preguntó.
- Tenemos una semana sin dirigirnos la palabra.


El recuerdo anterior afloró en mí el sábado a mediodía, al enviar el mensaje de texto siguiente:
No mames, güey. Qué pinche cruda traigo.
Lo leí varias veces antes de mandarlo y en mi aún estado etílico, me dije "Qué pinche riqueza de lenguaje, me cae."

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