martes, 15 de diciembre de 2015

Ella se llamaba Laura


Laura se llama la intendente de mi área.

Es una chaparrita de nariz respingada y largas pestañas. Muy bella ahora y dice que todavía más cuando era joven. Ríe mucho y por eso es difícil imaginar que pasó parte de su vida al lado de un hombre que la violentaba constantemente. Consiguió salir de la relación y se las arregló para mantener ella sola a su hija. También se las arregló para comprar una casitita, dice, limpiando para empresas por las mañanas y casas por las tardes.

Pero ya se cansó.

Su hermana vive en Estados Unidos y está sola porque los hijos crecieron. La hija de Laura también.

Laura recuerda cuando hace muchos años, su hermana y ella buscaban trabajo en Cd. Juárez. Cómo, por falta de estudios, no podían entrar a la maquila así que se empleaban en casas. A veces les gustaba vivir en esas casas pues ya no tenían que regresar por las noches al cuarto que rentaban que por el costo, solían estar en zonas muy peligrosas. Pero era cansado, porque estar ahí de tiempo completo significaba estar disponible las 24 horas con una paga de 8. Los domingos se salía con su hermana, con una lata de atún y un refresco, a comer en algún parque para luego ir a misa y regresar a la casa de los patrones. Y cuando el trabajo se acababa, porque los patrones se iban de vacaciones o decidían prescindir de sus servicios, ellas volvían a la calle y al cuarto triste.

Un día lograron brincar y tuvieron patrones gringos. A su hermana se la llevaron esos patrones más arriba, hasta Denver. Cuando se acomodó, le mandó dinero a Laura para que le llevara a su hijita. Así que un coyote le entregó a la niña en Albuquerque y de ahí viajaron hasta Denver.

Laura regresó. Tenía a su propia hija por la cual preocuparse. Ella aquí creció, fue a la escuela y se casó. También tiene una niña.

Laura canta cuando camina pero camina despacio.

“Ya me cansé” repite. Y después de su último viaje a Denver, decide que se va con su hermana, que estará con nosotros hasta enero y entonces cruzará a El Paso, tomará un camión a Albuquerque y allá un coyote le entregará a su nieta, para que crezca en Denver y estudie la universidad, como su sobrina a la que entregó quince años atrás.

Laura dice que no sabe si se va a quedar allá para siempre, que ella se siente un poco gitana, como la música que le gusta escuchar, que a lo mejor un día se regresa pero hasta entonces va a tener que  aprender a disfrutar de los inviernos fríos y las tormentas de nieve.

“Pero hay country” me dice “todo el día y en muchas estaciones.”

Laurita va a ser feliz.
 
 

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