miércoles, 4 de octubre de 2006

Post número 400

Sé que suena divertido lo de tener alumnitos como el Sr. Z.
Juro que hay días en que no lo es.
Como hoy, que a Z. se le ocurrió ponerse un anillo de oro de una compañera en su dedo y luego el anillo ya no quería salir, ni con saliva, ni con crema, ni con pipí, ni con nada.
El dedo en cuestión se comenzó a inflamar, a cambiar de color (de rosa a tornasol a morado) y el cuerpo enorme de mi Will Ferrel adolescente, se comenzó a encoger.
Tuve que llevarlo a una joyería. No tenían la herramienta necesaria. Luego a un taller donde temían arrancarle el dedo con las pinzas. Finalmente al hospital porque el dedo amenazaba con desprenderse de la mano en cualquier momento.
El anillo cedió.
Y yo tuve unas ganas locas de mentarle la madre al cabrón, o decirle aunque sea "a ver si ya maduras, joder".
Pero noooooooo... resulta que no es pedagógico decirle groserías a un niño. Ni hablarle con sarcasmos o decirle "te lo dije".
Acabaron con mi arsenal de técnicas didácticas.

Lo único divertido de todo es recordar los ojos llorosos de Z cuando le dijimos que habría que serrucharle el dedo. Que también resultó ser antipedagógico.
Puro coartar mi libertad de cátedra, caray.

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