jueves, 17 de septiembre de 2015

Yo 2.0


Como cada lustro, me volví a cortar la cabellera.

Pasé los primeros ocho años de mi vida con el cabello corto y los siguientes, deseando poder cortarlo pero sintiéndome amarrada ante la perspectiva de hacerlo. La feminidad y esas ideas pendejas, pues.

Pero en 1990 me animé. Luego nuevamente en el 95. Posteriormente en el 2000 y así hasta nuestros días.

Me han dicho que “qué valiente”, lo cual no entiendo. Si no te gusta algo y te lo quitas de encima ¿es eso valiente? ¿O querrán acaso decir que ellas quisieran hacerlo pero no se animan? ¿O será una forma de decirme “te ves fatal, pero qué valiente en salir a la calle así”?

Me inclino hacia la última opción.

Pero la segunda también me suena porque yo tardo en animarme cinco años y es cuando ya estoy resignada a que por más tutoriales que vea en Youtube o más pines en Pinterest “For the lazy girl”, nomás no puedo hacer nada con mis kilos de cabello.

¿Será que nos asusta no “vernos como mujeres”? ¿Nos preocupa la falta de aceptación de nuestras parejas por no cumplir con los requisitos mínimos indispensables para ser mujer?

Todas mis amigas me preguntaron eso, por cierto. “¿Qué te dijo Fefé? ¿Le gustó?”

Y no es que me importe pero sé que le encantó. El miércoles por la mañana me desperté cuando sentí sus manos acariciándome el cabello. Al rato que me levanté de la cama y me vi  al espejo, descubrí que se había dedicado a hacerme un hermoso mohawk mientras dormía. Lo amé.

Pero Fefé y yo tenemos un acuerdo mutuo: él no dice nada de mis looks y yo no digo tampoco nada (bueno, no mucho, no tanto, no demasiado) de sus chinos mal peinados. Y es que el respeto al desastre ajeno es la paz.

Hago de conocimiento público esta decisión porque he de pedirles un favor:

En cuanto empiece a subir enlaces de cómo hacer trenzas y chongos fáciles, dénme un zape. Lo autorizo. O si están muy lejos, nada más recuérdenme que ni en mis épocas de cabellos largos se me da la peinada.

Por su  atención, gracias.

 

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