sábado, 1 de septiembre de 2012

No me gusta la caballerosidad.
Y cuando dicen que la caballerosidad se está perdiendo por culpa de las mujeres que no aceptamos atenciones, no lo tomo como un reclamo sino como un halago.
A mí lo que me encanta es la cortesía, esa cortesía propia de hombres y mujeres, de niños, jóvenes y adultos.
La caballerosidad me hace sentir inútil al tiempo que me siento invadida en mi espacio, en mis tiempos y en mi forma de hacer las cosas.
Agradezco las atenciones pero mis "gracias" son como muy desangeladas por la situación anterior.
En cambio me gusta mucho la gente cortés, que conoce tus alcances y límites y tiene esa disposición a ayudarte en caso necesario.
Y además me agrada ser cortés.

Ayer un hombre me encantó por su cortesía, haciendo cosas que yo podría haber hecho (encenderme un cigarrillo, llenar mi vaso de cerveza, compartirme de su último cigarro y, joder, hasta vaciar el cenicero) pero de una forma tan natural y coordinada conmigo que no me hizo sentir inútil sino atendida y con la confianza de yo poder hacer lo mismo, lo cual por cierto hice en algunos momentos de la noche.

Ojalá pudiera yo aprender a ser cortés con la misma coordinación y naturalidad con lo que lo es él.



2 comentarios:

sandygallia dijo...

Diría mi madre que esa es la cortesía que te enseñan en casa, la que sale natural y nada forzada, nada impuesta... ¿será? =)

Amalthea dijo...

Verdad que es casi sinónimo pero no es lo mismo??? Y sí, coincido, que cuando lo aprendes en casa desde chico te sale tan fluido que a nadie incomoda y al contrario, se añora.