lunes, 24 de marzo de 2008

No fui traicionada por las aguas del Caribe.
Me dieron más de lo que yo había pedido, incluso una picadura de aguamala, cuya mancha sobre mi pierna presumiré a manera de trofeo por haberla conseguido mientras practicaba snorkeling de manera temeraria y audaz en Cozumel.
Voy a recordar por mucho tiempo, cada noche, la visión de una mantarraya enorme y divina, flotando suavemente en el mar.
Y definitivamente no olvidaré los rostros de mis hijos al elevarse el avión, la seguridad de Harry nadando en las albercas, la euforia de William mientras nadaba entre delfines, y el asombro de Fefé en Chichén Itzá.
Yo me quedo con la alegría infinita que proporciona la arena, el mar y un cielo azul inmenso sobre nuestras cabezas. No me hace falta nada más.

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