sábado, 1 de enero de 2005

Antenoche vi por canal Once "When Harry met Sally". Entre otras, esta película es una de mis confort movies. Creo tener guardado en alguna carpeta el archivo mp3 del orgasmo en el restaurante.
Fue precisamente esta escena lo que me hizo recordar un incidente sucedido hará cosa de un año. Estábamos yendo a unos cursos de fomento a la lectura que se celebraban cada bimestre. Éramos maestros de secundarias públicas y privadas. Cuando yo llego a un evento de ese tipo suelo intentar localizar a alguien de mi edad o que después de la primera parte del taller encuentre puntos en común.
En el primer taller encontré a Mónica. Estudiante de letras españolas y bibliotecaria de un colegio particular. De inmediato conectamos. Un show, Mónica. El taller comenzó a ser una experiencia más amena a partir de ese encuentro.
Pues bien. En el segundo taller al que asistimos, se nos repartieron diferentes poesías a cada participante con el fin de desarrollar una determinada dinámica. Todos estábamos callados. Sofi, una excelente tallerista y lectora, estaba hablando y de repente escuchamos un gemido. Sí. Un gemido. Y no cualquier tipo. No era el tipo de gemido de "ahhh.. cuánto me gustaría estar en mi casa viendo la tele" o "ahhh... maldita mesa, me pegué en el dedo chiquito". No, era un gemido sexual. Orgásmico, diríamos. Y no duró un segundo. Duró tres. El tiempo es relativo. En la cama, un suspiro de tres segundos nos enfrenta a un grave problema de pareja. En un salón de clases, en silencio, entre cincuenta maestros, tres segundos son eternos. Sofi dejó de hablar un segundo. Los maestros estábamos congelados. Ni siquiera nos atrevíamos a voltear a ver quién había gemido. Y Mónica: "Oye güey, una vieja acaba de tener un orgasmo". "Cállate, Mónica." "Es que... una pinche vieja acaba de tener un puto orgasmo en nuestras narices". "Cállate, Mónica."
Estaba a punto de levantarse a ver quién había sido pero la logré detener. Lo que no pude detener fue su boca: "Yo quiero lo que ella está leyendo".
Cabe mencionar que a excepción mía, ninguno de los presentes sonrió, o como en mi caso, se carcajeó. Pero bueno, el sentido del humor de Mónica no era algo a lo que ellos estuvieran acostumbrados.
Y eso me lleva a recordar una segunda anécdota.
Estábamos agrupados en mesas, y me parece que fue un ejercicio posterior al de la poesía. Ahora nos tocaba escribir un poema. Se nos repartieron temas como frutas, verduras y animales para elaborarlos. Cabe mencionar que Mónica y yo nunca fuimos precisamente participativas en ese taller. Digamos que éramos más bien un ojo crítico (o criticón) a las actividades que se realizaban.
Sofi comenzó a pedir que leyeran sus poemas y muchos maestros participaron, leyendo sus creaciones.
Al final, quedaba nuestra mesa. Mónica y yo no queríamos participar. Y Sofi nos veía de manera insistente. "Mónica, lee tú. La "Oda al kiwi" me está quedando fatal. Empezó muy romántica, luego a ser cómica, después erótica y ahora francamente es una cochinada obsenísima. Lee tú"
Pero Mónica tenía su hoja en blanco y de todos modos se levantó y, carraspeando un poco y fingiendo leer de su hoja, dijo: "Lento, amargo animal que soy, que he sido, amargo desde el nudo de polvo y agua y viento que en la primera generación del hombre pedía a Dios..."
Los maestros que desde el inicio nunca la habían tomado muy en serio, comenzaron a escucharla con atención.
Cuando iba por "Amargo desde dentro, desde lo que no soy, --mi piel como mi lengua--..." ya tenía capturado al público.
Yo veía a Sofi, con una mirada que adivinaba precisamente lo que Mónica intentaba hacer: dejar en evidencia a los maestros.
Terminando el "Lento, amargo animal que soy, que he sido" final, los maestros prorrumpieron en aplausos. Mónica agradecía humildemente.
Cuando se sentó junto a mí, me acerqué en forma cómplice a ella y con la voz y mirada más ingenuas posibles, le dije: "Mónica, pssst, Mónica, ese poema... no es tuyo... ¿que no es de Sabines?" A lo que ella respondió: "Pinche Jaime, a ese güey no se le puede contar nada".
Me reí como loca. No esperaba esa respuesta y mucho menos que cada cinco minutos después buscara una nueva respuesta como: "Pinche Jaime, yo sabía que no era de fiar".
Fue una pena que después de eso no nos hayan vuelto a invitar a los talleres.


Salí a un parque hoy. Llevé a los niños y me llevé un libro para leer allá. ¡Ja, já! Todavía no aprendo. El pobre libro nomás lo estuve sudando.
Los niños la pasaron muy bien. Alex es más audaz que Darío y se nos perdió un momento para irse al tobogán. Darío, en ese aspecto es más predecible. Sé qué juegos le gustan y difícilmente saldrá de ahí, a menos, que su hermano lo haga avanzar otro paso. Eso sucedió. Al rato de haber llegado, Darío estaba aventándose del tobogán junto con Alex.
Cuando tenía cuatro años estuve en un jardín de niños donde mi mejor amiga se llamaba Carlita. Sólo estuve un año ahí y el tercero de kinder lo hice en otro jardín. No volví a ver a Carlita hasta un día que, saliendo de un centro comercial, nuestras familias se encontraron. Teníamos siete años y nuestras madres decían: "Mira, Beba, quién está aquí, saluda" o "Mira, Carla, es Bebita, ¿no se van a dar un abrazo?" Carlita y yo ni nos volteamos a ver, nos subimos a nuestros respectivos carro y mientras yo fingía leer un libro que recién me habían comprado, Carlita fingía subirse las calcetas.
Habían pasado tres años... ¿cómo suponían nuestras madres que tendríamos algo que decirnos?
Hoy en el parque, Alex se encontró con Rubén, su amigo del alma del jardín de niños. Ahogué a media palabra el "Mira..." y decidí que las cosas tomaran su rumbo. No tuve que esperar mucho para verlos correr juntos para el tobogán.

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