miércoles, 25 de agosto de 2010

Y que plancho

Una de las cosas que todavía hago en casa es planchar y eso es debido a que entre estas cuatro paredes sólo hay dos personas con el suficiente poder de concentración que la operación amerita, ah, y una adecuada dosis de perfeccionismo (aunque debo decir que muy insuficiente para un menos que aceptable resultado de acuerdo a los estándares de calidad maternos y fraternos. Y de cualquier tipo, en realidad) y sólo una de ellas es adulta… o sea, yo.

No sé si es herencia genética o simple condicionamiento ambiental, el caso es que odio planchar.
Yo disfruto muchas cosas en mi casa, como el lavado, el tendido de la ropa y la cocinada, pero la planchada… no… no es lo mío. Ignoro si hay alguien allá afuera que lo disfrute pero supongo que es así. Nunca faltan los pervertidos.
El punto es que el sábado se ha convertido en el día de planchar.
El terrible día de planchar.

Antes de la cirugía del año pasado mi familia estaba más que lista a atenderme cuando me veían en pleno déficit de mis facultades físicas y mentales debido al SPM (los problemas que causaron la cirugía me ponían extremadamente mal mes tras mes).
Después de la operación mi ingenua familia pensó que mis demandas acabarían.
Poco sabían entonces…

Poco sabían que la tortura de cada mes se convertiría en algo semanal cuando decidí que era hora de ahorrar en el servicio de planchado ($6.00 por pieza) y yo ya sintiéndome tan bien.
Ahora cada sábado me convierto en un monstruo que debe ser alimentado, un ídolo que debe ser adorado, una reina que debe ser atendida, todo al mismo tiempo y con puntual asistencia, si no quieren que deje de usar la plancha como el útil electrodoméstico que es.

La verdad es que mis exigencias no son tantas:
* Maratón de “House” en televisión… y nadie puede tocar el control remoto, excepto yo.
* Botella de spray siempre llena de agua y “Toquecitos de Ensueño” a la mano.
* Vasos de limonada con hielo que deben estar siempre fluyendo (¿a ustedes no les da mucha sed planchar?)
* Aire encendido y dirigido a mí en todo momento.
* Bote de nieve al final y siempre debe haber alguien pendiente de mi momento de terminar para guardar el burro y todos los enseres utilizados, dejándolos listos para la tortura de la siguiente semana.

Sé que soy un monstruo ¿pero acaso no lo valgo?

Envidiosilla

Me chocan las mamás que andan de presumidas con sus bebés de largos cabellos rizados.
Negros, rubios, castaños… sin importar el color, a sus madres las odio por igual (las madres de los bebés, no de los rizos).
Y por qué un alma buena y generosa como la mía será capaz de sentir esa aversión, se preguntarán ustedes…
¡Pues porque yo debí tener un bebé así!
Digo… William es un clon de su padre… parece que lo cag… parió él mismo… mismo tono de piel, forma de los ojos, sonrisa, cuerpo… menos el cabello rizado.
En eso tanto William como Harry salieron a mí: los mismos tristes pelos lacios.

Mi muy querida amiga, la pinche Rana, solía llamar a mis hijos “Los Chaquiritas”. Decía que si les aventaban un puño de chaquiras (las cuentitas, no la cantante) se ensartarían sobre sus pelos parados.

A todo termina una por acostumbrarse, así que por un tiempo me dediqué a buscar a la peluquera perfecta, aquella que no sólo entiende los caprichosos remolinos del cabello de tus hijos, sino también las necesidades maternas. Y la hallé.

Para fortuna nuestra los últimos diez años se han distinguido por una importante ventaja estética en materia de pelos: moda de flat-ups, mohawk y manguito chupado (no se dejen llevar por el nombre… fue un peinado muy cool y nice, todo distinción y elegancia, y que nos sacó mucho de apuros) y mis hijos lucieron siempre encantadores –excepto por aquella vez que se me ocurrió meterle maquinita a William y lo dejé peor que al Maromero Paez. Neta, pero ya me perdonó y sin necesidad de terapia, aunque yo aun no me lo perdono y sigo despertando por las noches con el puño apretado como si quisiera estrangular a la maquinita cortapelos.

Me resigné en algún momento de mi existencia a esta vida curly-less, aunque el amargo sabor de la envidia siguió presente en algunos momentos de mi vida.

Mi querida amiga, la pinche Rana, tuvo un bebé con bellos rizos cayéndole sobre su frente y orejas. Un ángel.

Me resigné y pensé “Dios no le da alas a los alacranes”. Es decir, tengo un niño inteligente, cortés, conversador, interesante, guapo, fuerte, informado, creativo, generoso, gentil, ¿ya dije que guapo?, con sus hermosos y oscuros ojos árabes, su piel morena y su cuerpo fuerte y atlético… ¿qué sería de él si además hubiera heredado los rizos?
La vida fue más sencilla pensando así y la de William también, sin tener que estarse escondiendo bajo la cama cada vez que la madre amenazaba con llevarlo a la estilista a hacerle la permanente.
Así estaban las cosas cuando algo cambió… los pelos parados se empezaron a aplacar y luego a esponjar. De repente, si me fijaba bien, podía ver alguna matita de pelo curvándose ligeramente y en el fleco, un mechón rebelde le amanecía siempre ondulado.
Pero nada de esto era muy evidente. La cachucha puesta todo el día me impedía ver qué pasaba con su cabellera.
Hasta el día de hoy que a la fuerza le quité la cachucha y lo obligué a estarse quieto mientras rociaba su cabello con agua.
El efecto fue como ver un puñado de lombrices retorcerse después de echarles sal… no que lo haya hecho alguna vez.

Así, ante mis ojos y el efecto de la humedad vi su cabello ondulándose y formando uno que otro rizo en ciertos lugares.
“Mujer de poca fe” decía mi suegra “cuando entre a secundaria se le va a rizar, igual que su padre que lo tuvo lacio hasta que entró a la adolescencia.”

Pues bien… no sé si su cabello se vaya a enchinar como el de su padre o si sólo se va a quedar medio erizado como lo trae ahora, lo que vaya a hacer debe tomar una decisión ¡ya! porque qué difícil es hallarle el acomodo adecuado… y yo que hace tantos años dejé de peinarlo, ahora lo he vuelto a hacer y ya no tengo la altura necesaria.

Ahora que parece que todos mis sueños de vanidad materna se hicieron realidad, sólo puedo decirle a los dioses que perfecto perfecto, William no es… todavía arrastra unas letras al hablar así que ni se les vaya a ocurrir no terminar lo que empezaron con los chinos para compensar.

miércoles, 18 de agosto de 2010

En una cama y de noche, sin ti

La primera canción fue un danzón con letra de un poema de Oliverio Girondo. Nada es imposible.
No fue ni es nuestra canción. No tenemos una canción. Yo tengo las mías y tú, las tuyas.

A veces te presto alguna (nunca, por favor, des a nadie las canciones que yo te doy).
No tenemos canción pero esa noche bailamos juntos por primera vez.
¿Fue Benedetti quien dijo que la mujer nunca olvida la primera vez que baila con un hombre? Tal vez lo escuché en un dicho popular. A veces se me confunden.

Yo no la olvidé.
Fue en esa vieja casa, con sus suelos de duela y olor a madera antigua, con sus paredes blancas y su techo de nubes.
Bailamos con los cuerpos muy juntos, más de lo que la etiqueta del danzón permite.

Todavía no aprendemos a bailar danzón.

¿Recuerdas ese día?
Era una fiesta, hermosa fiesta, ilegal, inmoral, indecente, pecaminosa, contra natura.
Y yo me compré un vestido lila para la ocasión. Todas llegamos con vestidos nuevos.

Fuimos testigos afortunados de esa unión: nuestros amigos tomados de las manos, con sus ropas blancas, a la luz de las velas. Escuchar sus voces quebrarse al prometerse todo, tan poco y tanto. Tan jóvenes y tan llenos. Tan nuestros.

Paso a menudo frente a esa casa y vienen a mis recuerdos un par de tardes, asomada al balcón con vista a las torres de la catedral, bebiendo vodka y aprendiendo a fumar.

Me siento triste cuando paso por ahí.
Una ventana está abierta y alcanza a verse el techo con nubes que se cae a pedazos.
Me dan tristeza las promesas de amor rotas.
Pero el amor no se rompe. Nos rompemos nosotros aunque luego nos volvemos a pegar. Unas veces quedamos frágiles y otras tan fuertes que nada nos puede conmover.

Me pongo triste porque uno de los ángeles de esa casa ya no está ahí, ni aquí en este mundo, mi querido René.

En mis sueños soy dueña de esa casa y está viva y tiene aun sus paredes blancas y sus techos nublados y todos están ahí, junto al taller de títeres, con mis libros a un lado.

A veces paso y veo el letrero que se asoma del balcón del que ya no se ven las torres por culpa del nuevo estacionamiento: “En venta” y pienso en la gente que no se vendió y en el amor que tampoco lo hizo.

Pienso en todos y pienso en ti.
Porque después de todas las ausencias queda una canción que no es la nuestra y por un momento todo vuelve a ser amor.

No había nada más que amor, en todas partes se encontraba amor, no se podía hablar más que de amor… amor.

viernes, 13 de agosto de 2010

Post con faltas de asistencia y puntualidad

Parece que todos se confabulan para hacer eventos cuando más trabajo hay.
Tengo invitaciones para un performance danza y video, un concierto en un café, una bicicletada, un torneo de ajedrez y una presentación de la filarmónica.
Me voy a tener que quedar con lo último porque el programa está con madres y además porque no tengo energía para todo lo demás.

Déjenme les platico que la semana antepasada me llegó correo.
Tan oportuna yo, ya sé. Pero es que ya ven cómo me las navego.
Me llegaron juntas cartas de Todavía y de Amalthy, y al otro día recibí una postal de Sandygallia. Tal coincidencia sólo puede significar que mi cartero es un webas que espera a que se me junten dos sobrecitos para no dar tantas vueltas.
Que ni crea que le voy a regalar algo el día del cartero. Le voy a soltar a Lulú y a Lucky juntos cuando llegue.

Pero miren, no se dejen llevar por mi arrebato colérico y disfruten estos sobres:



Me encanta el detalle decorado que me imagino la misma Amalthy hizo. Está precioso.

Se agradece la carta pese a que estos momentos no son de los mejores para ella. Te mando un abrazo, Amalthy, y próximamente una carta mía.

Muchas gracias por los separadores. Harry tomó inmediatamente el del gato y William el de la mano. El los patitos me lo quedé yo. Nos encantaron.


Para leer la carta de Todavía tuve que llevármela a hurtadillas a mi trabajo, porque unos buitres sobre mi cabeza amenazaban con robármela.
Miren:
Genial ¿no? O debo decir... Excelente, Smithers...
Me gustaron mucho las estampillas con las teteras por cierto.
En mi oficina postal de aquí ya no hay estampillas de éstas sino unas ordinarias calcas lisas y llanas. A ver si ahora que cambie de oficina postal tengo más suerte.
Miren ahora qué había adentro del sobre:

Unas muñequitas guatemaltecas cuyo medio de transporte tronó en el viaje. Todas lucían especialmente molestas por el trato obtenido. Debes tratar primera clase la próxima vez, Todavía. ¿Sí saben que estas nenas son las muñequitas de las preocupaciones? Las pones bajo la almohada por las noches y les pasas a ellas tus cuitas. No sé qué hacen ellas después pero al menos tú ya te libraste del paquete ¿acaso no es eso la vida?

Gracias, Todavía. Ellas llegaron bien como puedes observar. Me quedo con la cajita aplastada de recuerdo.

La foto de la postal de Sandy se las quedo debiendo. No sirve mi cámara y ahí venía. A ver si por la noche me animo a hacerle una intervención quirúrgica, o sea, darle un chingazo, para que se deje de mamadas y empiece a jalar.

Excuse my french...

He andado de gira laboral toda esta semana y la anterior y no pude tomar fotos... arghhh... por cierto, déjenme que les cuente algo que me pasó: la semana pasada que comencé a escribir esto se me fue la luz y luego ya no pude sentarme en santa paz a terminar el post.

Hoy 18 de agosto de 2010 pude terminarlo y durante las travesías que he hecho he tenido oportunidad de escribir un par de cosas más, así que voy a dejarlos previamente cargados como borradores. Como quiera si no puedo escribir desde donde ande, al menos podré entrar a Blogger a publicar.

Espérelos próximamente.

Disculpe usted las faltas de puntualidad y consistencia que mi trabajo ocasiona.

Me voy de gira laboral toda la semana que entra, échenme buenas vibras para que todos los viajecitos salgan sin contratiempos.

sábado, 7 de agosto de 2010

No es el trabajo solamente lo que me ha mantenido alejada del blog. No sólo el tiempo. Es también la falta que me ha hecho mi laptop.
Porque me quedé sin laptop, han de saber. Afrenta tremenda a mi independencia tecnológica, lo sé, pero tenía que hacerse.
Necesitamos el dinero porque andamos enrejando, ampliando y techando… (me muero de ganas por que me pregunten por qué techamos sólo la mitad de la cochera y yo responder: porque te echamos de menos… got it? “te-echamos de menos”, “techamos de menos”… ay, es muy bueno cuando lo escuchas directamente de Les Luthiers)

Y aquí estoy dependiendo de la conexión internética laboral, muy limitada por cierto, y la de casa, por medio de la compu de los enanos que tienen a bien prestármela pero con la que nomás no me hallo, con sus exploradores llenos de barras de herramientas y su teclado que no he podido acomodarlo para escribir con la debida ortografía. Y en la compu de Fefé, ni hablar. Tiene como seis años con ella, a las teclas ya ni se les ven las letras y además se pone caprichosita si no es él quien la usa y se bloquea la desgraciada.
Así estoy.

Aunque tampoco crean que tengo taaaanto que escribir ahora que soy una pieza más de la extensa maquinaria de la empresa con “La cerveza más vendida en México y en el Mundo”.
¿Qué les puedo contar de estas tres semanas?

Me gusta mi oficina. Es amplia, tiene mucha luz y excelente equipo de aire acondicionado, el cual por cierto ni he encendido todos estos días porque me da frío. Mi escritorio es cómodo y ya compré una madriola para acomodar cositas. Hay dos sillas muy cómodas, para cuando vengan a visitarme, además de mi deliciosa silla giratoria con rueditas que me facilita desplazarme por la oficina (en un año más voy a verme como los personajes de Wall-E). Tengo impresora que no es compartida aunque el de sistemas ya amenazó con que me la va a quitar. Y por cierto…

No me gusta el de sistemas. Yo sé que tengo que hacer migas con ellos y todo eso, pero este señor me la pone difícil. Me recuerda al personaje de SNL, el técnico de soporte sarcástico y socarrón. El de aquí no puede hacer esos comentarios, pero sé que los piensa cuando lo veo resoplar y suspirar con impaciencia. Trato de solucionar los problemas yo sola pero hay cosas que son difíciles de manejar como por ejemplo, tengo que compartir esta máquina con la persona que tenía antes mi puesto porque el señor de sistemas tiene más de un mes llevándose el respaldo de documentos de mi compañero y no lo ha hecho. Así que nos la hemos navegando compartiendo la máquina.

Me gustan mis compañeras de RH. Se ríen tan agusto que contagian. Tienen excelente sinergia y sé que voy a batallar en eso porque ya son un trío (no sexual, o quién sabe, a mí qué me importa, yo no me voy a meter en eso, definitivamente no me voy a meter… --el mismo chiste de Les Luthiers, mejor búsquenlo, es muy divertido--) muy bien conformado, aún así intentan involucrarme en lo posible y yo también lo hago. En el ámbito social también lo intentan. Y por cierto…

No me gusta que mis compañeras me hagan preguntas difíciles como “¿qué tipo de música te gusta?” ni que me enseñen las fotos de sus hijas y muestren cierto racismo light “Está hermosa mi niña, nomás que es medio morenita, pero ya se está como que aclarando.” Ahora que lo pienso no es tan light. Tampoco me gusta El Recodo o Arjona, que es la música que a veces escucho de mis vecinas.

Me gusta la disposición de las personas en toda la empresa. No hay quien no me haya saludado con una sonrisa o quien no me haya dado su ayuda o apoyo con mis dudas. Por teléfono, por el comunicador, todas las personas, aun sin conocerme de vista han sido unos primores. O tal vez debido a que no me conocen de vista… puede ser.

No me gusta lo que me han contado de uno de los jefes, que ni es mi jefe directo pero me cuentan que le gusta andar en todo. Espero no tener problemas con él.

Me gusta lo que estoy haciendo aquí. Me gusta que es éste el momento indicado para hacerlo y que cuento con la experiencia y la seguridad que en otro momento no habría tenido.

(No me gusta que no haya cafetera pero eso, como ya dije, lo voy a resolver).

Para que se rían también: