jueves, 1 de noviembre de 2007

A punto de ahogarme en la avalancha de preguntas de William, cansada de evidenciar mi ignorancia y al borde de mil y un accidentes automovilísticos a causa de sus por qué cuando se parte un átomo se crea una explosión nuclear, le propuse la idea de hacer un cuadernito de notas con todas las preguntas que se le ocurrieran, para llegar a casa e investigarlas.
Me hizo tanto caso como Hemingway cuando le digo que deje de tomar agua del retrete.

Sin embargo, no todo fue pérdida.

Me di cuenta que la idea era buena y de hecho podía utilizarla yo.
Acabo de engrapar unas cuantas hojas de reuso de la oficina y ya llevo tres búsquedas maravillosas: Andy Goldsworthy, el síndrome de Treachers Collins y Simón Díaz.
William y yo compartimos ciertas manías, como no quedarnos con la duda cuando algo nos inquieta. No siempre se puede estar junto a internet así que es bueno tomar pequeñas notas.

Y hablo de internet porque, por más satanizado que esté por muchos padres y maestros (sí, yo también tuve que hacer trabajos en la máquina de escribir, ir a la biblioteca, copiar de libros a cuadernos la información que requería y ahogarme en un caudal de copias hasta encontrar los datos deseados – copypaste no es el problema, somos los maestros que dejamos trabajos ñoños de investigación y no evaluamos adecuadamente-) es la fuente más accesible en este momento para la búsqueda del tipo de preguntas que tengo o que tienen mis hijos.
Y los resultados son espléndidos.

He aquí:
Andy Goldsworthy
Tengo un sentido de apreciación artística muy rudimentario, pese a eso no pude dejar de admirar el trabajo de este artista, cuando vi el documental Rivers and Tides.






Algunas fotos de sus trabajos:





El nombre de Simón Díaz yo no lo conocía hasta el día de hoy. En mis ratos de ocio, que últimamente son los tiempos de espera a que mis enanos salgan de sus actividades extraescolares, suelo ir a tomarme un café. En el café tenían puesta la Balada de la luna llena, que yo escuché por primera vez en una peli de Almodóvar, pero no era la voz de Caetano. El dueño del lugar me dio el nombre del intérprete, que fue anotado cuidadosamente en mi nueva libretita y en cuanto llegué a casa, lo googlé.


Qué tipazo. Recuerdan el Caballo viejo? Suyo. Entre muchas otras monadas.

Según cierta especialista de la información, en una época en que el conocimiento ya no es sinónimo de memorización de datos, sino de procesos de acceso a la información, agradezco profundamente haber nacido en este ahora. No aspiro a la erudición, sino únicamente a los goces a los que mis pequeños hallazgos me llevan.

El síndrome de Treachers Collins se los dejo de tarea. No quiero amarillismo en mi blog.

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