lunes, 29 de noviembre de 2010

Tengo en casa un hombrecito de doce años.
Veo las fotos de su graduación y en sólo cuatro meses ha desarrollado un rostro más maduro, una mirada más profunda y unas facciones más graves.
Con todo ello han aparecido también algunas espinillas y muchos gallos en su voz.
No es el mismo niño de hace un año.
Lo veo caminar cuando lo recojo en la escuela y se le ve sereno, muy distinto a los preadolescentes que he conocido.
Cada vez está más alto, ya está casi de mi estatura.
Todos los días se mide junto a mí para saber cuántos centímetros le faltan para alcanzarme.
Son muy pocos, apenas unos ocho.
Con el tumulto de cambios físicos, él también ha cambiado.
Sigue siendo listo, cariñoso, interesado en todo... y ahora también es más fuerte e intenso.
Me cuenta muchas cosas y otras ya no.
Yo respeto su silencio aunque extraño sus confidencias.

Extraño a mi niño.
Extraño la navidad con los muchos regalos y las cajas envueltas en metros de papel de colores. Ahora él ahorra y trabaja para sus regalos y lo que yo pueda darle cabrá en una pequeña bolsita y seguramente contendrá cables y puertos USB.

William ha cambiado y se adapta. A nosotros nos está costando mucho más.

No estoy triste.
Estoy orgullosa.
¿Pero no podría ser mi nene un rato más? ¿Unos diez años más?

sábado, 27 de noviembre de 2010

Me está entrando la desazón cochina de fin de año, ésa que me lleva a tomar decisiones como la de cortarme el cabello.
(Revisando el blog me doy cuenta que fue a principios de diciembre del año pasado cuando resolví dejarme pelona así tipo miafarrow-bebéderosemary. Para los lectores más jóvenes, el corte era como el de Emma Watson para la premier de Harry Potter.)

Las fechas, los límites, los plazos siempre me inquietan.
¿No sería lindo un continuo fluir de todo? De las cosas, del tiempo, los días, las semanas... sin tener que estar poniéndole topes a las horas, sin sentir que algo se nos acaba al fin de mes, o al final del año.
A lo mejor toda esta invención del tiempo no es más que un recurso para ayudarnos a entender que lo que empieza acaba.

Gracias, pero no era necesario.

No me gustan esos límites pero he decidido que voy a ponerme uno: tengo hasta el 7 de diciembre para que algo suceda que evite que corra a cortarme el cabello. El compromiso que hice con Fefé, el de "córtate el cabello y yo me lo dejo largo" ha perdido su poder de contención.

Algo debe pasar para ganarle al desasosiego.
¿Saben qué podría funcionarme muy bien, además de las manos mágicas de mi estilista?
Regalos.

Ahí vengo, voy a hablarle a Fefé.

domingo, 21 de noviembre de 2010

¿Ya la vieron?



Es una pena no haberla visto en el cine, pero suelen llegar en español y soy de la idea de que las películas deben verse en su idioma original, ya que la entonación, el volumen, la modulación y todos los demás atributos de la voz, son inseparables de la actuación. Y en esta película en especial, con esta maravilla de actores, realmente no quise ir a echarme a perder la experiencia.
Quiero el libro, quiero el soundtrack y quiero el dvd.

Si no la han visto, de verdad que se las recomiendo. Es una verdadera delicia.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Construyendo conocimiento

Cuando escuchaba hablar sobre las Sociedades de la Información (así con mayúscula) o leía en mis épocas de universitaria a Alvin Toffler, me imaginaba un mundo lleno de gente asistiendo a la escuela, cargando libros, discutiendo en una biblioteca, o leyendo en un café… así bien bonito.

Han pasado muchos años desde que tuve esa visión maravillosa y equivocada.

Si algo ha pasado es que poca gente carga libros y cada vez menos, asisten a una biblioteca.

Y no lo veo mal.

Pienso que contrario a lo que mucha gente dice, sí se lee. Posiblemente no lo que tradicionalmente concebimos como productos de lectura pero sí que se lee. Si tan sólo un chapuzoncito en la red para buscar a un concepto nos lleva a navegar por varios más, ya sumados… ¿cuántos conceptos vamos adquiriendo? Y lo veo día a día con mis hijos que entre carcajadas me cuentan el nuevo video viral de Youtube pero además me contextualizan con aspectos históricos, sociales o simplemente de la cultura popular para que yo pueda entender.

Pero volviendo a lo de las sociedades de la información…

En mi navegación cotidiana hago bastante uso de internet. Me apoyo mucho en su consulta para el desarrollo de cursos y también para mi propia formación.

Cuando ya no pude seguir estudiando francés en mi laptop, di con esta página Aulafacil donde tienen un buen curso de francés, con todo y audios para trabajar la pronunciación. Ahí también encontré algunos muy interesantes con otras temáticas.

En paseos cibernéticos por otros rumbos di con una página donde muchas personas, sobre todo profesionales en el ámbito de la informática, se prestaban a compartir en forma completamente gratuita su conocimiento con personas que quisieran adquirirlo, haciendo uso de la tecnología y el e-learning. A mí eso me resultó precioso. Les debo la dirección.

Y esta semana, leyendo en GOOD hallé un artículo sobre Michael Karnjanaprakorn y su más reciente proyecto: Skillshare,un lugar para aprender de todo y de todos.

Además, si de aspectos técnicos se trata, ifixit.com y yoreparo.com son esenciales para todo aquel determinado a tomar la reparación de sus aparatos en sus propias manos. Lean el ifixit manifesto, que cosa tan chula.

Y que tal una universidad en video: Utubersidad

Este surgimiento de páginas aquí y allá al tiempo que en muchos países se discuten reformas educativas y se ven fallar modelos, no me hace más que pensar que la gente está tomando decisiones con respecto a lo que quiere aprender y lo que debe aprender porque los sistemas que lo decidían, ya no son funcionales. Algo leí en Wikipedia (conocimiento compartido por excelencia) sobre las sociedades de la información y su transformación en sociedades del conocimiento: la apropiación crítica, y por tanto selectiva, de esta información protagonizada por ciudadanos que saben que quieren y que necesitan saber en cada caso, y por ende saben de qué pueden y deben prescindir.

Creo que eso era más parecido a la visión que tenía en mente.

Es cierto. Todos estos recursos (y más que deben existir) por el momento sólo pueden ser utilizados por aquellas personas que con cierta capacidad socioeconómica accede a un recurso informático. Pero hemos visto cómo las computadoras de ser artículos de súper lujo (la primera computadora que tuvimos en casa costó ya con intereses y muchos sacrificios como diez millones de los viejos pesos, allá por el 91, más cara que muchas ahora) han llegado a ser más accesibles y cómo muchos gobiernos y organizaciones se están preocupando por hacer llegar internet de manera gratuita a más personas.

Falta mucho para que nuestra sociedad de la información se convierta en una sociedad del conocimiento. Faltan recursos, falta la misma información que la gente debiera tener para acceder a muchos recursos. Ya hay iniciativas en diversos lugares para llevar computadoras a lugares donde las personas no tienen la capacidad económica y de esta manera trabajar para disminuir la brecha digital. Habría que informarse de lo que se hace en México en esa materia y las maneras en que podemos apoyar.

¿Ustedes conocen páginas para autodidactas?

¡Compartan! Como quiera podemos hacer un pequeño directorio con diferentes temas… ¿cómo la ven?


Notas relacionadas:

México no cuenta con una agenda digital

Tecno-esperanzas y educación pública en América Latina

Programa de donación de computadoras recicladas

RESCATEC


lunes, 15 de noviembre de 2010

Mucha sangre

No sólo en la calle sino en las palabras.
Ahí me duelen más porque están en el discurso de la gente común y corriente, tu vecino de oficina, tu excompañero de escuela, tu amiga de la universidad.

Cuando toda esta guerra comenzó, me dolía escuchar que la gente dijera que no importaba, porque se estaban matando unos a otros. Como si esas vidas no valieran nada y como si así se fuera a resolver el problema.
Me tocó discutir sobre eso con amigos. Alguien dijo "ya se ha perdido el valor de la vida humana" y la misma persona después dijo "cuando matas a alguien ya no mereces ni vivir ni un juicio justo". Y pensaba yo que realmente estamos mal si quienes nos considerábamos "estudiados", con cierta formación ética, podíamos fácilmente descalificar a alguien al grado de despojarla de sus atributos como persona.

Otros comentarios, muy aparte de éstos, los escuché en mi trabajo, donde se hablaba de una empresa en la que un trabajador había quedado incapacitado por un accidente y lo que alguien dijo fue "Pss... en esos casos es mejor que el trabajador se muera, le sale más barato a la empresa". Y estaba hablando en serio.

La última vez que fui a Juárez, escuché decir a un grupo de comerciantes que preferían que estuvieran los militares y se fueran los federales, porque los federales nomás los roban y extorsionan y no pueden hacer nada; en cambio los militares, por quinientos pesos se deshacen de quien te esté ocasionando problemas: el drogadicto de la esquina que asalta a tus clientes, o los jóvenes de la colonia que te han ido a robar.

Hace unos meses en una casa se metieron dos asaltantes que hirieron con arma de fuego a un adulto mayor, dueño de la casa. Su esposa, una señora grande también, salió con un arma y disparó contra los asaltantes, matando a uno.
Mucha gente elevó a la mujer al grado de heroína y festejó el hecho, como una revancha colectiva, con el cuerpo del asaltante como trofeo. Como si esa mujer fuera a superar fácilmente una muerte que no por haber sido en defensa propia, vaya a pesar menos en la conciencia.

Hay otras pláticas que me toca escuchar y discutir, donde tal vez no haya sangre, pero hay una cantidad tremenda de odio disfrazado de mero rechazo: a indígenas, a homosexuales, a mujeres...
Es cierto que nunca quisimos esta guerra, pero teníamos ya las condiciones propicias para permitirle perpetuarse.

* * * * *
La semana pasada manejaba del trabajo a casa cuando en un semáforo vi bajarse a mi lado, de diferentes automóviles, muchas personas armadas. Fueron hacia una camioneta que hacía el alto al lado mío y de ahí bajaron a un hombre. El semáforo se puso en verde. La gente continuaba sacando armas y yo avancé. Hice unas llamadas apenas me recuperé y esperé que hubiera alguna noticia. No hubo nada. No supe finalmente qué sucedió.
Hace unas horas mi mamá me platicó que iban a ir a un centro comercial a recoger un mueble que mi hermano necesita. Ahí estaría él esperándolos. Luego él les habló y les dijo que no fueran, que habían levantado a alguien en el estacionamiento y acribillado a alguien más, que él estaba bien pero los habían llevado a un área de la tienda por una salida de emergencia.
Ser testigos de estas escenas es cada vez más común.

Pero no son ésas las historias que me dan miedo.
Las que me aterran son las protagonizadas por las autoridades, en las que están inmiscuídos. Las del policía enmascarado que roba una tienda y luego regresa con su patrulla a ver si las víctimas quieren levantar una denuncia; las de los jefes ministeriales que mandan a su gente derecho a que los asesinen; las de los rumores de una exprocuradora involucrada con el narcotráfico; las de abogados y activistas asesinados por gente protegida por el gobierno.

Entre tanto basural es de agradecer las ya muchas muestras de ciudadanía (muy organizada y no, sencillas desde las juntas vecinales y más estructuradas a nivel de organizaciones sociales) que son flores en esta pestilencia, personas que con poca experiencia en la materia se están comprometiendo y jalando a más gente hacia ese compromiso.
Veo que se están forjando ciudadanos.
Puede ser difícil verlos, porque no se les dan los espacios que se les da a las notas sangrientas en los periódicos y en otros medios esos ciudadanos son tratados como delincuentes, pero si nos fijamos bien, si escuchamos y leemos, los podemos distinguir.
Son grupos pequeños cada uno haciendo su lucha. Gente que aboga por la recuperación de los espacios públicos, por la regeneración del tejido social a través del arte, por el impacto de las leyes en los derechos humanos.

Hacia algo tenía que empujarnos esta guerra.

Estamos aprendiendo muy despacio. Enlazarnos con otras organizaciones es tal vez lo más difícil, pero debemos aprovechar las experiencias de las que lo han hecho para aportar la parte que nos corresponde.
Hay tantos engranes dañados en nuestra maquinaria social que trabajar en cualquiera de ellos puede aportar una mejoría.
Los invito a la página de Por un Chihuahua sin temor, unas gentes que me encantan y que hacen su lucha en bicicleta. O parte de ella, porque además están comprometidos y comprometidas con otras causas y otras luchas (sin dejar a un lado sus trabajos y ocupaciones cotidianas). También a Palabras de Arena, un colectivo de Cd. Juárez que hace un trabajo interesantísimo llevando la literatura a donde más se necesita. Otra referencia del colectivo aquí.
Y como éstos hay más grupos a los cuales se puede apoyar, muchos con gran trayectoria y otros apenas estrenándose y entrenándose.

Al final la lucha más profunda no será contra los "malos", deberá ser contra nuestra apatía y nuestra ignorancia, la desesperanza y el cinismo, los enemigos de verdad.

(Ojalá no hubiera tenido que ser así.
Ojalá no hubiéramos necesitado todo esto.)

sábado, 13 de noviembre de 2010

Plazos















































Visto en The Oatmeal.
Me acordé esta mañana de este cómic por algo que me ha estado pasando en el trabajo.
Todo empezó con alguien a quien le corregí una palabra en un documento laboral que me estaba escribiendo. Luego siguió con preguntas eventuales sobre la ortografía de alguna u otra palabra. Siguió con la consulta de "A ver qué te parece este reporte que escribí..." a "¿Nos ayudas a escribir un reporte? Es que ya no sabemos qué más ponerle..." hasta que finalmente me pusieron a escribir a mí un documento que corresponde a un área diferente a la mía.
Les voy a tener que avisar que mi ortografía ya no sirve y que está caduca, que la de ellas es ahora más funcional. Como quiera me dejan seguir con mi trabajo.
* * * * *
¿Me ve bien pinchi negativa?
No lo ando, neta, sólo ando algo preocupada por los tiempos (ya sé, todo mundo anda preocupado por los tiempos que corren, qué novedad, pero yo me refiero a otros, a los de la chamba). Como le digo a Fefé: tengo muuuucho tiempo pero me falta taaaanto. Y es que por la naturaleza de mi labor y del trabajo que hacemos sólo cuento con un máximo de dos horas para realizarlo por día. Me quedan pues seis horas para reportar, leer, documentar, preparar, desarrollar y con todo, me sigue sobrando tiempo. Y faltando porque dos horas diarias en que la gente está disponible para capacitación son insuficientes cuando hay dos proyectos paralelos corriendo y con fechas límites al 30 de noviembre para terminar.
Psss... debería dejar de preocuparme por cosas tan insignificantes cuando en un rato más van a estar peleando Margarito y Pacquiao.
Yo sin hijos, sin marido y con unas chelas en el refri.
Que la chamba espere, verdádedios.









domingo, 7 de noviembre de 2010

Pasada de moda

Tuve un maestro en secundaria al que llamaban Macario. Fue mi maestro de español.

Hace algunos años me contaron que había fallecido. Tiempo después fue a la escuela donde trabajaba a ofrecerme un libro que había escrito para los maestros de secundaria.
La sorpresa de verlo y el gusto por saberlo perfectamente vivo, me animaron a agradecerle muy efusivamente sus clases. Y es que realmente me encantaban.

No recuerdo haber tenido muy mala ortografía después de que empecé a leer y escribir de manera fluída; sin embargo, al llegar a la secundaria me di cuenta de lo mucho que me faltaba para escribir mejor. Tengo recuerdos clarísimos de cuáles (¿o cuales?) fueron las frases exactas con las que el Macario nos enseñó a escribir los acentos diacríticos. Tengo muy presente dónde (¿donde?) estaba sentada e incluso los ejemplos que escribimos.
No sé (se) qué (que) fue lo que más (mas) me impactó de sus clases. Tal vez era su figura seria, adusta y gruñona que súbitamente se transformaba en un dulce cuando hablaba de su hermosa lengua o tal vez fue, como me di cuenta más tarde, que no era tan sencillo para los demás como lo había sido para mí (mi) entender las reglas ortográficas.
Esto último me convirtió en una groupie del idioma.

La ortografía, que era tan complicada y ociosa para muchos, a mí me parecía tierna en su incomprensión. Siempre menospreciada, rechazada... yo le hacía un hueco en mi corazón. Sentía que aunque pertenecía a muchos, sólo (solo) unos cuantos conocíamos sus secretos y sus misterios.

Luego me convertí en maestra: la oportunidad maravillosa de enseñar a mis alumnos y alumnas los secretos del idioma.
Pronto entendí lo que ya sabía. Las lenguas están vivas. No hay manera de detener su evolución. Lo viví a través de mis estudiantes y mis múltiples intentos por enseñarles tal como el Macario nos enseñó.

Las lenguas están vivas y ésa (esa) es su característica esencial. ¿Qué (que) hace la RAE? Lo que debe hacer. Seguir a la lengua, observarla, fotografíarla, mostrárnosla como es. Pero es lenta. Sí (si). Los cambios que se han hecho ya han sido empleados por los hablantes. La RAE sólo (solo) consigna. Otro ejemplo reciente de este hecho son algunas de las palabras que entraron al Diccionario de Americanismos: levantón, ejecutado...

No me considero ninguna purista. Jamás puse el grito en el cielo cuando mis alumnos y alumnas escribían: KMO STAZ. O algo así. Nunca aprendí. Me parecía una excelente forma de utilizar el lenguaje para lo que es: para comunicarnos eficientemente. Claro que el primer cuaderno que vi escrito de esa manera lo devolví y solicité que lo volvieran a escribir. Digo, en el celular es una cosa y el cuaderno es otra. También entiendo que el medio puede determinar el mensaje. O McLuhanianamente hablando: el medio es el mensaje. Nunca he escrito con un cien por ciento de corrección en Messenger.

No soy una purista y festejé a García Márquez con su "Jubilemos la ortografía", pero entonces todavía tenía a los diacríticos.
:(

Bien... se van y ya no sabré cuando lea "Solo hago el amor" si el sujeto en cuestión es femenino o masculino y si se refiere a un obsesivo del sexo o a algún fan de la masturbación.
Cosas de la lengua.
A lo que sí me opongo defitivamente es que la próxima vez que vea "El silencio de los inocentes" en lugar de Quid pro quo me aparezca en los subtítulos un horrible: cuid pro cuo. No. Eso no es de dios. Que el español siga vivo pero que a las lenguas muertas las dejen como están ¿que no?
(O como dijo un usuario de Twitter estos días: Si tan preocupados estaban en la #RAE de hacernos la vida más fácil hubieran llamado a la /b/ "b de burro" y a la /v/ "v de vaca").

Lo bueno es que la RAE no nos condenará y como le dije a Todavía, seguiré usando diacríticos como hay viejitos que siguen usando polainas.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Post que hace caso omiso a las recomendaciones de la RAE


Ahora sí. Llegó el frío.

Esta semana puse cobertores bajo las sobrecamas y hace unas horas encendimos el calentón, por primera vez en esta temporada.

Me gustaba el frío.
Me encantaba cuando el estacionamiento no quedaba a tantos metros de mi área de trabajo.
Ahora llego al trabajo a las siete de la mañana y no quiero bajarme del carro. Me gustaría quedarme ahí un ratito más, con la calefacción encendida.
Pero lo hago.

Me bajo del auto y camino por el estacionamiento.
Cuando entré, hace ya casi cuatro meses, me asignaron un lugar lejos del contacto humano. El área de "El que llegue primero", anónimo, sin número y por cierto, muy oscuro cuando anochece. Las chicas de recursos humanos me dijeron que era hora de solicitar un cambio de espacio, que ya me tocaba uno con los de administrativo.
Por un momento pensé en lo maravilloso que sería estar más cerca, no caminar entre tanta piedra que mucho daño hace a mi calzado y a mis tobillos... pero lo pensé de nuevo y la verdad no es tan malo caminar algunos metros más, dado que es el único ejercicio que hago últimamente. Además mi lugar tiene un bonus extra: cuando cruzo el estacionamiento me encuentro con toda la gente que va llegando a la misma hora que yo. Es el momento que más me gusta, cuando entran los ayudantes, los choferes, los vendedores, los supervisores... en fin, esa gente que nos da de comer al resto de la empresa.
En retribución, me levanto temprano para llegar junto con ellos con el fin de ponerles café a tiempo y trabajar lo mejor posible con las capacitaciones que les hacen falta.
Esos minutos de caminar al lado de ellos, de saludarlos y charlar mientras entramos, son los más importantes del día y los que me disponen a disfrutar las siguientes horas de trabajo.
Por eso... no. Mejor me quedo donde he estado.

He sido muy feliz, pese a todas las circunstancias.
Y voy a decirlo, estoy muy feliz, aunque esté de luto. La verdad es que no voy a poder salir de él, así que más vale seguir viviendo y haciendo.

Volvieron a invitar a la ONG donde todavía estoy --aunque a veces falte-- a participar los sábados en escuelas secundarias. Yo no podré asistir pero desarrollaré alguno de los talleres para que mis compañeras lo impartan. Nos interesa todo lo concerniente a la prevención de la violencia, la violencia de género, la autoestima en las niñas y adolescentes. Es con lo que creo que participaremos.

Es eso y hacer la chamba con los muchachos, que a pesar del sueldo, se levantan a trabajar muchas veces más de ocho horas diarias; eso y llegar a casa y platicar con los chicos, de tanto y de todo; salir a la calle con cuidado y sin miedo; ir a un café a charlar con una exalumna y reír mucho y festejar los encuentros; escuchar música en algún bar con amigos, beber, reír, hacer alguna locura; hacer el amor también, por la tarde, por la noche, cada vez que el cuerpo y el corazón lo apetezcan... porque no estamos para ir por la vida desperdiciándonos.

Hay que hacer.
Hay que vivir.