domingo, 13 de marzo de 2011

Me siento como futbolista lesionado. Excepto porque el futbolista lesionado deja de jugar y yo no puedo. Pensándolo bien, ya no me siento como futbolista.

Amanecí hace dos noches con un dolor latoso en la garganta. Y anoche no ayudó que la pasara en mi cochera hasta las dos de la madrugada, ingiriendo bebidas de una hielera cercana.
Coincide con que la semana que mañana empieza la mitad de mis horas laborales serán de capacitación, bien suave, y yo con la laringe adolorida.
Pero mañana mismo busco al doctor de la agencia y que me dé, me ponga, me inyecte, me unte o lo que sea que sea requerido para quitarme esta molestia y poder trabajar.

"Pues si te dolía tanto la garganta, no debiste exponerte al frío y a la chela". ¿Y por qué no? digo yo.
No se pre-cumplen años todos los días. Bueno sí. Pero no con tanta carne (suficiente para que todas mis gordas nos disfrazáramos de Lady Gaga) asada, tanta cerveza y tantos amigos y amigas juntos.

Dentro de algunas horas tendré 35, que no sé a ustedes pero a mí es un número que me encanta. Y como tengo pocas expectativas y no mucho de un plan a futuro, no sufriré crisis del tipo "Ya voy para 40 y qué estoy haciendo con mi vida".

Bien... prepárense pues para el megafestejo del martes con los regalos... y recuerden lo que dice mi comadre: si no se come, se cuelga, se unta o se conduce, no es regalo.

Ya los distraje mucho, si yo nomás venía por aquí a dejarles una canción que nos gusta mucho a William, a Harry y a mí.
Divino inicio de semana. Próximos cambios en mi vida me permitirán escribir más seguido.

Amén.


domingo, 6 de marzo de 2011

Avistamiento de Sillywalker

Hay quien no cree en ellos, pero existen.
Y aqui tengo la evidencia:




Sirva esto de introduccion para informarles que pese a la poca fe que tengo en las actividades fisicas organizadas, me inscribi a un gimnasio.
Me estan poniendo una chinga.
Los primeros días fueron los peores. Pasé tres días subiendo escaleras como señora gorda en el seguro. Pero algo tenía que hacer. Antes de entrar a trabajar solía irme a caminar por las tardes y mi vida era un poco más activa. Aunque en el trabajo hay mucha actividad cuando voy a dar cursos, pueden pasar días en los que los paso pegada a la computadora sin más ejercicio que el que requiere ir al segundo piso por café.
Ahora ya le agarré el gusto al dolor y a la relación amor-odio que llevo con el instructor.
Y lo más chido es que junto al gimnasio está el lugar a donde va Harry a sus clases de karate, así que los dos somos una masa adolorida y sudorosa a las nueve de la noche. Y además de apestosos, felices.