martes, 29 de marzo de 2016

<3

Harry agarró un día sus tenis y dijo: “Voy a correr”. Era enero, seis de la mañana.  Una de las mañanas más frías de la temporada, nublada y con amenazas de lluvia. Le comenté ese detallito y me respondió que si no corría ese día, no lo iba a hacer nunca, que sólo se pondría pretexto tras pretexto para evitar  hacer las cosas. No hubo mucho que yo pudiera hacer al respecto. Además tenía que respetar la forma en que él mismo estaba viendo por su bienestar físico y sobre todo, mental.

Esto fue unos días después de su primera visita con un especialista. El año tuvo sus altibajos. Hubo rachas decentes y otras de preguntarme: “¿Cuándo va a terminar? ¿Es que siempre voy a vivir así?” para lo cual no tengo ni he tenido respuesta. Pero él ha ido encontrando algunas y ha seguido explorando otras formas de manejar su ansiedad. Sigue con su terapia  y además se da tiempo de meditar. Dice que la meditación lo está ayudando muchísimo. Sigue trabajando y tiene en mente ahorrar para comprar un carro. Sigue corriendo y se está preparando para su primer medio maratón.

Sigue.

Y yo que quiero ser como mis hijos, no tengo más remedio que también ver por mí.

Ayer salí temprano de mi trabajo. A las seis. Mi hora de salida es a las 5:30 pero las 6:00 es temprano porque mi jefe tiene esta pequeña idea de que si salimos a tiempo es que no tenemos nada que hacer. Si salgo a tiempo es porque soy eficiente ¡joder! Con todo y tener ya seis meses sin asistente.

(Pequeño paréntesis de caída de veinte. Mi compañera J y yo le seguíamos la corriente al jefe en este rollo. Sobre todo porque el recorte de personal estaba a la orden del día. Está todavía. Un día, mi jefe que es de hábito muy saludables, me dijo que se dormía a las 9 de la noche. Yo le respondí que a las 9 estábamos haciendo apenas cena y a las diez, comenzando a hacer la comida del día siguiente. “¿Tú no cocinas en  casa? ¿O lavas ropa, planchas, riegas el jardín, paseas a los perros, tiendes las camas, barres, trapeas o desempolvas?”. Obviamente nada de eso. Si lo hiciera no se iría de aquí a las 8:30 de la noche.)

Las salidas tarde fueron mi última excusa.

Ahora salgo con tiempo para cuidarme y compartir los deberes domésticos con calma y disfrute.

He retomado el hábito de caminar. Y quién sabe, a lo mejor en unos meses más voy a estar corriendo maratones junto con Harry.

(Nope.)

(Pero a lo mejor un 5K si lo aguanto completo).

Me quiero.

miércoles, 16 de marzo de 2016

Los cuarenta

Llegué al cuarto piso, como dicen. ¿Estoy ya grandecita para llevar un diario-blog?

La cosa es que nunca me he sentido “grandecita”. No sé si tenga que ver con el hecho de tener hermanos mayores, o el de haber sido siempre la menor en cada grado escolar que cursé y por consiguiente ser casi siempre la menor en  cada grupo de amigos, o tal vez simplemente porque una nunca cambia realmente. En el fondo seguimos siendo los mismos niños temerosos.

No, no es cierto. No los niños las niñas que fuimos. La niña que fui era muy valiente y segura. La bronca fue después y volver a ser como la niña de diez años ha sido mi objetivo por muchos años. Soy más cercana a la adolescente de trece y cada cumpleaños me lo recuerda.

Ayer coincidió mi cumpleaños y un mensaje de un amigo cercano.

“¿Sabes cuánto te quiero?” me preguntaba, cercano a mí desde los doce, inseparables en los tiempos siguientes de confusiones, inseguridades y búsquedas.

La respuesta me provocó el llanto. Sí lo sé. Claro que lo sé porque yo siento exactamente lo mismo. La imagen inmediata del recuerdo fue él y yo abrazados, en plena adolescencia, dando y recibiendo todo el afecto que necesitábamos.

Me confortó porque contrario a lo que quisiera sentir, el paso del tiempo me inquieta y porque además sigo siendo, por mucho, la misma persona de hace 25 años.

Fefé llegó justo cuando me recuperaba.

Es un tipo afortunado y se lo dije. Este hombre tiene la gran fortuna de que yo tenga gente a mi alrededor que me quiere y a quienes quiero tanto, ya que puedo repartir mis penas y neurosis entre más gente y él no tiene que padecerlas completas.

 

Quiero pensar que sí he crecido aunque sea un poco. Que no todo es esta sensación de desmerecimiento y síndrome del impostor. Estoy segura que así ha sido. Algo debo haber aprendido. No se pasa casi medio siglo por esta vida sin haber aprendido algo. Incluso si hubiera enfocado mis esfuerzos en esquivar cualquier aprendizaje, por mera probabilidad, algo debí cachar.

Y así tiene que seguir para dejar de ser la niña obsoleta que soy.