viernes, 25 de septiembre de 2015

Sansón

Cuando William entró a secundaria, descubrimos –para mi inmenso gozo- que su cabello no era lacio sino rizado, así con bucles grandes como los de su papá. Por supuesto que se quiso dejar largo su cabello porque muy corto ni se notaba el chino.

Ambos hijos míos estuvieron en una escuela secundaria muy relajada. Utilizar el cabello corto no era parte de su reglamento ni restringir el uso de tintes coloridos, que para la directora era una “manifestación muy sana de la búsqueda de identidad en los adolescentes”. Me encantaba la señora.

Extraño un poco esos años porque desde que los hijos ingresaron al bachillerato gastamos aproximadamente 400 pesos mensuales en cortes de cabello puesto que el largo reglamentario no debe superar un dedo, pero tampoco pueden raparse la cabeza, ¿pues qué son? ¿cholos delincuentes? Mis hijos y yo padecemos el don y la maldición de una gruesa mata de cabello que crece como hierba mala.

Obviamente y padeciendo el cambio, mis hijos me comenzaron a cuestionar la regla del cabello corto con discusiones que usualmente iban así:

-          ¿Pero por qué tenemos que usar el cabello corto?

-          Por higiene.

-          ¿Higiene? ¿Y las niñas qué? Hay quienes lo traen hasta la cintura. Y no me digas que es porque ellas son niñas y son más limpias y cuidan más de su persona porque eso no es necesariamente verdad y además es una afirmación sexista.

-          No iba a decirte eso.

-          ¿Entonces?

-          Mmmm… es por disciplina.

-          ¿Cómo? ¿El cabello corto te hace ser más disciplinado? ¿Entonces por qué los maestros acusan a los hombres de ser más indisciplinados?

-          Mmmm.. me refiero a el hecho de aceptar esa regla y seguirla es una forma de desarrollar tu disci… ¿sabes qué? No tengo argumentos. Pero firmaste el reglamento, chiquito.

-          ¿Puedo usar un letrero que diga que uso cabello corto bajo protesta?

-          Tienes mi bendición.

Seguramente saben que todo esto viene al caso del polémico incidente del niño sonorense cuya madre demandó al kínder por suspenderlo o impedirle al paso a la escuela porque al niño le gusta el cabello largo.

Y bueno, ni tan polémico porque en todas –menos una- las publicaciones del tema que he leído en Facebook por parte de mis contactos, la conclusión ha sido que el niño es un berrinchudo, que la mamá debería tomar las riendas de la conducta de su hijo, que hay que seguir las reglas, etc., etc. Las opiniones más moderadas mencionan “la higiene y la disciplina” como argumento a favor del cabello corto.

Desconozco la intención de la madre del nene (precioso por cierto, con su cabello largo y a veces detenido con broches que a decir de su mamá, le gusta usar) con la denuncia pero la admiro. Me parece un acto profundo de amor y respeto por las decisiones de su hijo sobre su propio cuerpo. Porque una cosa es que el reglamento indique horarios de entrada, salidas, comportamientos en clase ¿pero la invasión del cuerpo de la persona?

Claro, hemos crecido bajo esta cultura que rige por dicotomías a los géneros. Nos parece lo más natural del mundo y asumimos como correctas las categorías que nos afirman como hombres y mujeres. Pero sabemos y es evidente hoy más que nunca que los géneros venimos en diferentes formas y colores. Algún opinante dijo “Tiene que seguir las reglas, ya cuando tenga 18 que haga lo que se le dé la gana.”

Caray, estoy de acuerdo con que hay decisiones muy importantes que deben dejarse al llegar a la edad adulta. ¿Pero el largo del cabello? ¿Es tan importante como votar por un partido político?

Además ¿por qué una niña de 4 años puede elegir el largo de su cabello o pedirle a mamá que se lo corte pero un niño no?

Una opinante me dijo algo así como que era bueno para el desarrollo de la disciplina seguir las reglas aunque parecieran no tener fundamento. ¿¡Y la reflexión crítica?! La opinante tiene una foto de perfil que dice: Si queremos adultos que piensen por sí mismos, debemos educar a los niños para que piensen por sí mismos.

¿Tonces pues?

Ora… si hay algo presente en la vida de los niños y las niñas, son las reglas. Desde sus más tiernas infancias los llenamos de reglas o les establecemos límites para su bienestar, salud y seguridad. ¿No son suficientes para el desarrollo de dicha capacidad que dicen de disciplina? ¿En qué clase de persona nos convierte seguir reglas sin fundamentos, sólo porque tenemos que seguirlas? (Pensé en policías y ejércitos, en Ayotzinapa y Tlatlaya, brrr…)

Además de todo esto, hay otra cuestión que tiene que ver nuevamente con el cuerpo.

Los infantes cuentan mayormente con poco poder sobre su cuerpo. Los vestimos, los peinamos, comúnmente elegimos su ropa, sus zapatos. Los obligamos a que saluden y besen a quienes ellos no quieren saludar. Los regañamos si no permiten que la tía o el tío los apapachen o les jalen los cachetes. Les quitamos pues el poder que deberían tener. Y una persona con poder puede decir “No” y puede denunciar en caso de un abuso contra su cuerpo porque lo sabe propio, porque le enseñamos –al valorar sus decisiones- que sus cuerpos son preciosos y valiosos.

Y aunque ignoro si hay algo más detrás de la denuncia de la madre, parafraseo algo que dijo: ¿Cómo le explico a mi hijo que se le niega el derecho a la educación por no querer conformarse a un estereotipo de género?

¡¿Dónde están las escuelas incluyentes?!

Pues sí. La admiro y ojalá la discusión generada en redes sociales con su denuncia, sirviera para hacer observaciones críticas sobre las leyes que nos rigen, tanto las explícitas como las que no y además nos obligara a repensar la vida democrática que aspiramos desde la formación inicial de sus ciudadanos.

jueves, 17 de septiembre de 2015

Yo 2.0


Como cada lustro, me volví a cortar la cabellera.

Pasé los primeros ocho años de mi vida con el cabello corto y los siguientes, deseando poder cortarlo pero sintiéndome amarrada ante la perspectiva de hacerlo. La feminidad y esas ideas pendejas, pues.

Pero en 1990 me animé. Luego nuevamente en el 95. Posteriormente en el 2000 y así hasta nuestros días.

Me han dicho que “qué valiente”, lo cual no entiendo. Si no te gusta algo y te lo quitas de encima ¿es eso valiente? ¿O querrán acaso decir que ellas quisieran hacerlo pero no se animan? ¿O será una forma de decirme “te ves fatal, pero qué valiente en salir a la calle así”?

Me inclino hacia la última opción.

Pero la segunda también me suena porque yo tardo en animarme cinco años y es cuando ya estoy resignada a que por más tutoriales que vea en Youtube o más pines en Pinterest “For the lazy girl”, nomás no puedo hacer nada con mis kilos de cabello.

¿Será que nos asusta no “vernos como mujeres”? ¿Nos preocupa la falta de aceptación de nuestras parejas por no cumplir con los requisitos mínimos indispensables para ser mujer?

Todas mis amigas me preguntaron eso, por cierto. “¿Qué te dijo Fefé? ¿Le gustó?”

Y no es que me importe pero sé que le encantó. El miércoles por la mañana me desperté cuando sentí sus manos acariciándome el cabello. Al rato que me levanté de la cama y me vi  al espejo, descubrí que se había dedicado a hacerme un hermoso mohawk mientras dormía. Lo amé.

Pero Fefé y yo tenemos un acuerdo mutuo: él no dice nada de mis looks y yo no digo tampoco nada (bueno, no mucho, no tanto, no demasiado) de sus chinos mal peinados. Y es que el respeto al desastre ajeno es la paz.

Hago de conocimiento público esta decisión porque he de pedirles un favor:

En cuanto empiece a subir enlaces de cómo hacer trenzas y chongos fáciles, dénme un zape. Lo autorizo. O si están muy lejos, nada más recuérdenme que ni en mis épocas de cabellos largos se me da la peinada.

Por su  atención, gracias.

 

martes, 15 de septiembre de 2015

¿Qué?

Hace unos meses, en media tertulia familiar y después de algunos alipuses, siendo la persona proactiva que soy, decidí abrir una botella de tequila. Estuve dando vueltas y vueltas al tapón por casi un minuto, y la botella no abría. Desistí porque conozco mis  límites… y porque en realidad la botella  nunca estuvo tapada. Por eso no pude quitar ninguna tapadera.

A últimas fechas me he sentido más distraída. Mis comportamientos más penosos han sido:

·         Masticar e intentar hacer una burbuja con una hoja de papel arroz. En mi defensa debo decir que el poseedor del papel traía las hojitas guardadas en un paquete de chicles. Yo dije “Si venden enjuague bucal en laminitas, ¿por qué no chicles que parecen papel?”. Además el papel viajó desde Dinamarca, y dije como Virulo “ha de ser lo que acostumbran por allá”.

·         Tratar de espolvorear pimienta sobre un trozo de carne. El pimentero era un destapa sodas de madera. No era pimentero.

·         Comprar salsa pico de gallo para una carne asada  y darme cuenta luego que no era tal, sino un ceviche de nopales. Nadie se lo comió, por supuesto.

·         Los calzones.

Y seguramente ha habido más detalles que no logro recordar porque ando bien pinchi pendeja y lo único que me consolaba en ese estado de cosas era pensar que al menos en mi trabajo no me pasaba.

Es más, pensaba que mi intensa concentración en mi trabajo para que no me fallaran los detallitos logísticos de mi área estaba sustrayendo toda mi capacidad para otras actividades.

La vida no me dio la razón. Mandé un correo para citar a un entrenamiento y en forma muy digna avisé que sería la última vez que se daba el curso en primer turno. Luego me senté a aceptar las confirmaciones de asistencia y en lugar de ello recibí declinaciones. Ocurrióseme abrir un correo para ver qué pedo con esa pinche actitud de la gente, de veras, y fue cuando me cayó el veinte: “Cecy, el 16 de septiembre no asistimos a laborar. ¿Podrías poner el curso en otra fecha?”.

No hay consuelo.

A lo que iba con todo esto es… es… ¿a qué iba?

 
Update: Esta mañana tuve una conversación de tres minutos con mi asistente de cubículo a cubículo.....Hasta que me di cuenta que ella estaba hablando por teléfono con alguien más.

viernes, 11 de septiembre de 2015

Off

Hay días que empiezan con el pie equivocado.

O en mi caso, con los calzones equivocados.

Y es que hay calzones tan equivocados que deberían ser incinerados, desaparecidos de la faz de la tierra. Tengo uno de ésos y en lugar de hacer lo debido, decidí echarlos al fondo de un cajón.

Los calzones correctos, por otro lado, estaban en mi mano antenoche mientras preparaba mi atuendo del día de ayer. Sépanse que no es cosa fácil decidir qué ponerte cuando la calle está a 28 tropicales grados y tu oficina a gélidos 18. Por eso me preparo una noche antes, justo como me enseñó mi mamá.

Ignoro qué sucedió entre las diez de la noche y las siete de la mañana pero el resultado final fue salir a la calle con los calzones equivocados y darme cuenta que los correctos estaban en mi bolsa. Y si me di cuenta de este hecho fue porque al sacar mi gafete para ingresar a la empresa, salió el gafete con todo y calzón. Frente a todos.

Por fortuna el día se compuso.

Tuve una auditoría que aprobé porque el auditor ya no quería seguir escuchándome.

Me desautorizaron un viaje al que no tenía ganas de ir.

Hicimos una visita al carpintero para decidir el color de un mueble y Fefé y yo sí pudimos ponernos de acuerdo (todavía falta el color de la cocina, the final battle).

Y por la noche cobré unos orgasmos que me andaban debiendo.

 

Hay días que son así.

Mi vida está muy necesitada de ésos.