sábado, 16 de mayo de 2015

¿Y si nos vamos a vivir todos juntos?

Verdades y deseos aparte, hay una historia o idea que una amiga y yo compartimos a veces, cuando alcohol y verano se juntan.
Surgió de alguna noche mezcalera en la que al ver a nuestros muy antisociales hijos platicando juntos, se nos ocurrió que lo mejor que podía pasarnos era convertirnos en consuegras.
Detalles como el hecho de que ambas tenemos sólo hijos varones y que además ninguno ha mostrado predilección por relaciones románticas con personas del mismo sexo, no nos detuvieron en nuestras cavilaciones.
Nos vimos dentro de treinta años. Nuestro hijos, por alguna razón, con un estilo de vida suficientemente desahogado como para comprar una casa dentro de un gran terreno, todo jardín, en donde estaría además otra casita para nosotras. A ese jardín saldríamos cada tarde, ella con sus pinceles y yo con mis libros. Ella se fumaría un porro mientras pintaba y yo mi Popular (es una fantasía, ya no hacen los Popular que me gustaban) mientras leía. Seguramente tendríamos gatos alrededor y música, mucha música, además de las visitas de nuestras respectivas comadres a las cuales eventualmente invitaríamos a la comuna.
 Nuestras respectivas parejas no aparecen en esta historia. No sé por qué. Tal vez porque siempre decimos que ambos se aman entre ellos más que a nosotras y un día se irán a vivir juntos o algo así. O tal vez porque sabemos que las mujeres, usualmente más fuertes y compuestas en esas edades, suelen estar a cargo llegando a cierta edad de maridos enfermos. Así que en nuestra fantasía no hay hombres.
Hoy recordé esta historia que cada vez hacemos más larga mientras binchguacheaba una serie nueva en Netflix. La historia se centra en dos mujeres en procesos de separación que están viviendo juntas por necesidad al principio y por elección después. Muy aparte de la calidad de la serie, plantea la vida de dos mujeres de 70 años, con necesidades emocionales, sentimentales y sexuales. Dos mujeres que hablan sobre lubricantes y condones, sobre fracturas de cadera y pastillas para dormir.

En un episodio, una de ellas buscaba la compañía de un hombre pues no sabía estar sola. La otra cuestionó: "¿Dónde estuviste en los setentas cuando nos dimos cuenta que no necesitábamos a nadie más?".
No sé.
A veces pienso en mi futuro y me veo entre mis gordas, cuidándonos unas a las otras.
Quién sabe si muy en el fondo pienso que eso es un mejor arreglo. O tal vez sólo es el miedo de pensar en el envejecer, el ver a a la pareja de todo tu vida deteriorarse ante tus ojos o ser tú quien se deteriora, dependiendo del cuidado y la tolerancia de los demás.
No tengo muchas ganas de escarbarle al asunto por ahora.
Sólo quiero disfrutar de la idea de que hay otras formas de envejecer y convivir con otros.
Y si es posible en una casa con vista al mar, mejor.
¿Por qué no?