miércoles, 27 de agosto de 2014

Nunca supe usar vestidos

Pero en la primaria había que usar el jumper de cuadritos escoceses que luego evolucionó a azul marino.
También debíamos usar un listón rojo a manera de moñito en el cuello, lo que era terrible en los veranos sonorenses.
Pero lo peor era el jumper, porque no podía alzar las piernas altas altas en los columpios o colgarme de los árboles o pasear en el pasamanos durante los recreos sin que alguien me dijera que se me veían los calzones.
Un día decidí que me valía gorro.
Que los calzones eran un trozo de ropa como el del vestido o el del pantalón, que lo que cubrían era una parte del cuerpo que usábamos para hacer pipí, y que tanto niños como niñas teníamos nuestro propio equipamiento para hacerlo, por lo tanto era exactamente lo mismo que a mí se me vieran los calzones cuando no me sentaba bien, que a ellos cuando por falta de cinto, el pantalón se les caía a media nalga.
(A ellos nadie les decía nada).
Un día un niño se acercó a mí y me insultó por enseñar los calzones. Me dijo algo para avergonzarme. Creo que le contesté algo así como: "Es un calzón, sólo eso, ni que fuera marciana" que significaba "supéralo, güey". Pero luego arremetió comentando que en su casa decían que si enseñabas la ropa interior eras bien puta.
Yo no sabía qué más, además de ser una grosería, significaba ser puta. Supongo que él tampoco. Pero imagino que creció juzgando a las mujeres por su atuendo o su falta de. Y además imagino que a medida que creció le enseñaron que las mujeres que enseñaban los calzones eran las culpables de sus malos pensamientos. Así como también, que si por culpa de esos pensamientos un hombre abusaba de ellas, era por culpa de los calzones.


Los cuerpos de las mujeres, vestidos o desnudos, no son el problema.

Supéralo, güey.






martes, 12 de agosto de 2014

Roller Coaster

Ya de regreso de una salida medio accidentada que incluyó, además del extravío temporal de mi bolsa, el ataque de una pandilla de hormigas (a mí) y la caída estrepitosa a medio restaurante (de mi compañera).
Con todo y lo inútil, aburrido y pesado que nos pareció el curso, no pude haberla pasado mejor. Todo gracias a la compañía de mi muy atípica compañía.

A E  la conozco hace cuatro años, pero han sido pocas las ocasiones de trato; sin embargo, en cada una de esas ocasiones, me dejó gratísima impresión y ganas de seguir echando el chal.
Durante el viaje tuvimos esa oportunidad. 
Yo sabía que era egresada de dos carreras universitarias (que cursó al mismo tiempo) y que trabajaba como mesera mientras estudiaba, pero no que tocaba en una banda y se las arreglaba para estudiar piano y trompeta. También me contó que empezó a trabajar cuando su mamá le dejó sus cosas afuera de la casa un día que se le hizo quince minutos tarde por andar con el novio y que se tuvo que mudar con él y luego con una amiga hasta que hizo las pases con su madre varios meses después. Los pleitos con su madre los cuenta entre carcajadas. Incluso el divorcio de sus padres antes de que ella cumpliera un año, y el reencuentro varios años después, los cuenta atacada de la risa, un reencuentro que nada tuvo de divertido y sí mucho de traumático pues incluyó un viaje en autobús hasta Zacatecas sola cuando tenía sólo seis años para encontrarse con un ludópata medio alcohólico que no sabía ni guisar un huevo para alimentar a su hija. Pero E no parece traumatizada. De hecho, es como si no se hubiera creado nunca expectativas de nada y todo en la vida le sorprendiera como un chiste que nomás ella entiende.
Me gustó conocerla más y saber además, que ella también se divirtió en el viaje conmigo.
Una tarde que tarareábamos y bailábamos una rola de Tom Jones, me dijo: "¡Y estamos sobrias! ¿Te imaginas qué chido una vez que estemos pedas?", lo que definitivamente es lo más chulo que me han dicho en un rato.

* * * * * 
Ya aquí.
A la falta de certezas del día a día en el trabajo. (No me quejo, le agrega cierta emoción al momento).
A la emoción del regreso a la escuela. (Harry entró al bachilleres, al turno vespertino y en su segundo día, está más que contento de no tener que levantarse a las cinco de la madrugada y además de compartir el salón con personas competentes, dice. Mis clases empezaron también pero yo no me veo ni la mitad de contenta que Harry. Ni lo esperen).
A la volubilidad de nuestros planes.
A la volatilidad de nuestros negocios.

Vuelvo a la normalidad, pues.

(Just some times)


miércoles, 6 de agosto de 2014

Lejos

Dentro de una hora va a presentarse la Orquesta Mexicana de Tango.
Espero que lo disfruten porque yo estoy en Monterrey y no en mi hogar, metida en un hotel gachísimo (por no supervisar la toma de decisiones correspondiente). A pesar de la muy accidentada llegada, con cancelación de vuelo y olvido de bolsa en taxi incluidos, todo está bien.
La bolsa regresó íntegra a mis manos. Frente al hotel hay un Ihop. Y viajo con una de las personitas que más aprecio en la empresa.
Por si fuera poco, recibí un mensaje este día desde el comunicador del trabajo:


Me encanta saberme parte del proceso improductivo de mi departamento.
Debo regresar pronto, antes de que esto empeore y que incluso alcancemos los indicadores del área.
¡¿Quién quiere eso?!

Ya nos desocupamos por hoy.

Volveré.