martes, 31 de diciembre de 2013

Políticas familiares

Éste es el perfil de mi hijo aprendiendo a manejar.
Fue nuestro primer día y ya anduvimos a 40 km/hr.
Estoy orgullosa de él y de mí.
Y Fefé no lo sabe pero esto me ubica nuevamente en el top one de las preferencias familiares, después del abismo político en que caí cuando publiqué sus fotos postnavideñas en pijamas.
Pero mis asesores hicieron bien su trabajo y ahora nuevamente estoy en la cima.
¿Y acaso no se trata de eso el ser padres?

sábado, 28 de diciembre de 2013

Orgullosa es poco

¿No les pasa que creen que no se pueden sentir más orgullosos de alguien que conocen y resulta que sí?
A mí sí. Estas sorpresas me fascinan.

Salimos con una amiga. M nos contó sobre la ruptura de un noviazgo. La penúltima vez que la vi, la noticia era que había comenzado esa relación. No supe, no supimos, en el intermedio, que lo que se sucedía era la evolución de una historia de abuso. Empezó como todas, con celos, con control de las amistades, con invasión a su privacidad, con ciclos de chantaje, imposición de sentimiento de culpa y vergüenza, para luego amenazar y humillar y terminar con promesas, regalos y reconciliaciones. En un punto, hacia el final, hubo incluso maltrato físico. M tocó fondo. Aislada, lejos, agotada, en el cuarto de hotel de una ciudad situada en otro continente, encontró la fuerza suficiente para hacer una llamada telefónica y pedir ayuda. Y las palabras del otro lado de la línea hallaron el camino hacia M, le mostraron lo que había olvidado en el trayecto.
Nos dice que es la primera vez que cuenta lo que pasó sin llorar. Ella. Porque mi comadre y yo, que la escuchábamos, nomás se nos vidriaban los ojos. Por orgullo. Pero también por miedo. Mientras escuchaba la historia tuve miedo de no haberla escuchado nunca, de que la hubiéramos perdido, de que fuera una mujer más atrapada para siempre en una relación violenta.
(Recordé una plática de anoche. Las palabras y la memoria, me decía P mientras nos zungábamos unas alitas, ella que tiene más experiencia y conocimiento que yo acompañando a mujeres con historias así: la importancia de las palabras para pedir ayuda y luego de las palabras y la memoria, para recrear la historia que te quieres contar, la historia y el poder sanador y transformador de las palabras, del discurso que escribes y te describe, que te hacen ser quien eres y quien quieres ser.)
M nos habló luego de límites, de no volver a permitir que nadie hiciera algo que amenazara su persona, su bienestar emocional, su trabajo. Ella que tiene que interpretar en su trabajo a tantas mujeres trágicas, Mimi, Violetta, Micaela... ya no le cuentan. Ningún libreto tiene ya nada que contarle.

* * * * *
2014, vienes con todo.
Hay cambios sumamente intensos en mi trabajo.
Es probable que incluso me toquen de forma directa.
Tiempos interesantes.

jueves, 26 de diciembre de 2013

Symphony for destruction

Mientras los hijos fueron pequeños, estaba prohibido en esta casa regalar juguetes que hicieran cualquier clase de ruido. Y si por error algún tío o madrina bienintencionados llegaban a casa con camioncitos ruidosos o muñecas platicadoras, se les quitaba la pila apenas los obsequiosos individuos salían de nuestra casa.
Esto, sin embargo, no fue impedimento para que Harry creara ruido a su alrededor de cualquier cosa que encontraba en su camino. Por ello hubimos de cambiar la estrategia: comenzamos a aceptar regalos o hacer regalos que hicieran música.
A los tres años, Harry recibió una grabadora con micrófono; a los cuatro, un pequeño teclado (que sólo duró una semana porque Harry decía que las canciones no le salían y terminamos por conseguirle un mejor hogar); a los seis, un violín; a los diez, un reproductor de cd´s y a los doce, un par de guitarras. William recibió a los nueve un teclado.
La estrategia ha funcionado.
No hay ruido, sólo música saliendo de varios dispositivos a la vez.
Ok, sí.
Es ruido.
Y este año el papá de la casa decidió sumar una guitarra más a la orquesta, no para él, sino para William que comenzó hace un par de meses a utilizar sin permiso la guitarra de Harry.

Anoche, al irnos a dormir y escuchar por enésima vez la sinfonía de la destrucción, le cuestioné seriamente a Fefé su decisión.
Me respondió:
- Ahora sí no existe la más leve posibilidad de que nos escuchen.

Ámolo.


martes, 24 de diciembre de 2013

Debrayes decembrinos

“Las mujeres jalan a los maridos.”
He escuchado esta frase ad nauseam estos días, refiriéndose al hecho de que los hombres terminan pasando más tiempo con la familia de la esposa. Y generalmente cuando se emite la frase es con un tono de reproche: ¡Mala mujer que alejas a tu hombre de su familia! ¡Es tu culpa!, ciclo que se ve cerrado cuando los padres del güey no le exigen su presencia –como a las hijas- “para no provocarle un problema con su esposa”, o lo que es lo mismo “esa fiera”.
Lo que no se dice es el contexto cultural en que crecemos, donde las mujeres somos las únicas responsables del cuidado directo de la familia enferma o de los padres ancianos. Y escuchas a personas decir “¡Qué bueno que me tocaron hijas!” o –refiriéndose a mí u otras como yo- “¡Qué pena que no tuviste mujeres,  ¿quiénes los van a cuidar?”. Ahí sí somos bien buenas ¿no?, pero cuando “jalamos” a los maridos somos unas pinches harpías.
Decídanse.
En lo que se deciden, porque la verdad tienen más de dos mil años decidiendo si somos santas, putas o locas, una pequeña aclaración:
* Sí. Estamos educadas para ello y la sociedad nos gratifica cuando nos preocupamos y atendemos a nuestras madres y padres.
* Además, es un mero deber familiar con el que cumplimos y deberíamos cumplir independientemente del género.
* Si eres de esos hombres “jalados” por su mujer, admite que no visitas tu casa por comodidad. Y tu pareja no tiene obligación de estarte recordando que los visites. Y tus hermanas no son las únicas obligadas a cuidar de tus padres.
* Si eres la mujer que siempre “jala”, no tengo nada para ti.
Mi mamá contaba un chiste sobre una mujer que hablaba de su hija diciendo que se había casado con un muy buen hombre, que siempre le ayudaba en la casa, que llevaba a los hijos a la escuela, que cocinaba delicioso y hasta sabía usar la lavadora, además le compraba joyas y viajes. Y cuando se refería a su hijo, comentaba que se había casado con una mala mujer que lo tenía trabajando todo el día, que lo trataba como chacha y que lo explotaba económicamente. Pobre hombre.
Pobres todos y todas.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Pero a la otra sí hablo.

Cosas que me quedé sin decir en la entrega de boletas de hoy:
Los adolescentes han sido así desde siempre, no nada más ahora.
Si como docente les dices que ya te tienen cansado y no los toleras más, ellos ganaron y tú perdiste.
No veo un problema de disciplina, sino de falta de autoridad (o sea, el adulto eres tú). Puedes remitirte también al punto anterior.
Yo no estoy en la escuela, muy poco puedo hacer por la conducta de mi hijo. ¿Pero sabes quién sí está? Tú.
Y lo poco que puedo hacer desde mi casa (platicar, sermonear, premiar, sancionar, etc.) se queda sin efecto si no me respondes el teléfono o me envías un reporte para saber si hubo avances.
No. Los chamaquitos que hacen chistes de los cuales todos se ríen, no son líderes. Y si se los dices, perdiste.
El punto anterior no sirve para justificar el vacío de autoridad.
Nuevamente: el adulto eres tú.
Ahórrate la molestia con los cursitos de valores que planeas para ellos. No sirven. Porque el problema no es de valores.
Sí. Entiendo lo que debe ser tener 60 estudiantes en un salón. Pero es parte de tu lucha como maestro, mejores condiciones para ti y para tus alumnos. Y también es mía. Yo te apoyo.
Esto no es una justificación materna a las conductas del hijo –la conducta más molesta de William es y ha sido siempre decir chistes-.
Es un desahogo después de una junta de dos horas en la cual resolvimos nada.
También tengo un par de recomendaciones sobre cómo guiar una junta, pero ya será otro día, cuando no haya madres o padres quejándose de tu falta de tolerancia y de los insultos vertidos sobre sus hijos.

jueves, 12 de diciembre de 2013

El mundo es un pañuelo sucio

Cuando estaba en la prepa me gustaba un tipo. Me gustaban muchos, pero éste especialmente porque me recordaba a alguien a quien quería mucho y porque ternurita quiero comerte.
Además de estalkearlo de camino a la escuela y durante los recesos -nunca nos hablamos, me conformaba con amarlo en silencio- lo estalkeaba por las tardes. Y en grupo. Él practicaba americano por las tardes y solía pasar frente al lugar donde nos reuníamos mis amigos y yo. Éramos siete güeyes mirándolo fijamente mientras atravesaba nuestras vistas.
Fue divertido.
Pero el amor acabó cuando él terminó la prepa y yo me conseguí un novio de verdad.
No lo volví a ver.
Luego apareció el facebook.
No lo busqué. Ni me acordaba de su nombre pero hace poco comenté en el estatus de mi sobrina, quien correría una carrera, y entre los comentarios y felicitaciones estaba la de un tipo a quien en un comentario posterior, mi sobrina llamó "tío".
Ah, cabrón -dije yo- si yo conozco a todos los tíos de ésta.
Y me metí a su perfil, dándome cuenta que con eso estaba estalkeando al mismo fulano a quien estalkeé tantos años atrás.
Luego mi hermana me contó la historia del "tiazgo".
Resulta que ahora que viven en Texas, contactaron con un amigo de mi cuñado que vive en la misma ciudad junto con su esposa. Todos se hicieron bien compas. Mi hermana comenzó a correr y esas cosas saludables gracias precisamente a la amistad con estas gentes. Y tanta la amistad que ya se hablan de "tío" y "tía". Mi fulano es hermano de dicho güey y también es tío por adopción.
O sea que o el universo a güevo quería a este güey de tío de mis sobrinas o el universo es un asqueroso y sucio pañuelo.
Me inclino por lo segundo.

Y mi carnala todavía me dice... "Y sigue soltero ¿eh?"
Yo no, babas.

viernes, 6 de diciembre de 2013

Sábado sin ti

Sábado sin mi Cali.
Y lo digo mío porque así se sentía el Calicanto.
Primeras pedas, primeras largas noches con música, café y amigos, primeros encuentros con la música que me marcaría para siempre, primera cogida en baño público... (ay, ¿a poco ustedes no lo han hecho?) Y después de 19 años, se acabó.
Estuvimos ahí en la inauguración y también en su última noche.
Me guardo un instante de hace muchos años, más de quince. Un instante de una noche muy fría en que sólo pasé a saludar al mesero que me gustaba. Me vio y dejó su mesa. Me acerqué y nos dimos un abrazo. Me dijo, tiempo después, que ese abrazo le salvó la vida, que fue el momento en que supo que me quería.
En los últimos días del Cali, nos volvimos a abrazar.
(Yo habría querido ir otra vez al baño).
Me guardo esos momentos también.