lunes, 27 de mayo de 2013


Durante la semana recibí una carta de Amalthy. Y me aguanté las ganas de leerla durante cuatro días.
¿Por qué?
Los rituales. 
La única forma que concibo para leer una carta es estando cómoda y con una taza de café al lado.
Tenía café pero la incomodidad ha sido una constante de noviembre a la fecha, por aquello de los arreglos domésticos y la remodelación.
Este sábado se fueron los albañiles. Eso no significa que no queden pendientes. Quedan hartos pendientes, pero al menos viendo la casa ya no piensas que estamos en tiempos de guerra.
Por eso pude leer mi carta ayer, después de pasar el día limpiando, arreglando y ordenando.

Valió la pena la espera. Miren qué chida foto (la familia de Amalthy y las crónicas que ella hace, siempre me sorprenden) más los regalitos DIY que siempre me hace llegar, como ese minicuadernito y el separador en forma de taza. Me encantó, Amalthy, muchas gracias.



También ha valido la pena la otra espera, la de la remodelada.
Los únicos miserables en casa son los gatos que ahora que cambiamos las ventanas, no tienen por dónde salir a la calle y deben esperarnos para poder irse de paseo.
Tenemos pendientes enchufes, apagadores, rejillas de ductos, pintura, cerámica de cocina, adquirir otro librero (salen libros y libros y libros) y otro escritorio (ya no puedo seguir usando mi mesita de cama como oficina) y cositas así. Pero lo caro ya está listo.
Urge Open House.

:)

jueves, 9 de mayo de 2013

Al que obra mal, se le pudre el tamal.

Llegó carta-paquete de la Negrita.

¿Vieron las manguitas?
Van muy bien con un coordinado que me regalaron un San Valentín. Y me vale que ya estemos a veintitantos grados, yo me voy a poner mis mangas para verme como suripanta del oeste.
Según me cuenta Negrita, ya me había mandado un paquete anteriormente, al igual que yo lo hice. Pero ambos se perdieron en el camino.
Qué chingados.
Nada se pierde. La delincuencia epistolar organizada se los chingó. Culeros.
Pero Negrita ya lo resolvió.
Les comparto para que ya no teman enviar una carta o paquete por correo:


(Tampoco está de más usar el correo certificado, claro, que creo que por eso sí llegaron mis últimos envíos.)





miércoles, 8 de mayo de 2013

El día de la madre, qué nervios...


Ñé.
Yo ni voy a estar aquí. Voy a andar trabajando fuera.
De todos modos a mí ya ni me regalan nada, desde que mis hijos dejaron la primaria.
Miento. El año pasado me hicieron un cenicero con los cositos de las latas de cerveza, los cositos esos con los que ahora hasta bolsas y blusas hacen.
¿No es lindo? ¿Un cenicero? ¿Con pedacería de latas de cerveza? Opino lo mismo.
Fefé jamás me regala nada. "Tú no eres mi mamá", me dice, y estoy de acuerdísimo. Por eso la parte que conforma mi colaboración doméstica no incluye el planchado de sus prendas de vestir ni el servir la comida en la mesa. Y ahora que recuerdo, tampoco lo hacía su madre y eso facilitó mucho cómo armamos nuestros acuerdos prenupciales.
Ora que si yo quisiera que me regalaran algo, sería esto:



Y si quieren regalármelo, adelante, con gusto los adopto.

martes, 7 de mayo de 2013

Algunas tardes, Lula y yo salimos a caminar.
En ocasiones, tras quince o veinte minutos, finge que tiene una espina o un torito en su pata. Ésa es la señal de que es hora de regresar a la casa. Supongo que le apena mostrar debilidad. Ya va a cumplir trece años.
Cuando Fefé se nos une en las caminatas, Lula hace un gran acopio de fuerzas para correr tan rápido como aun puede hacerlo. Fefé trata de alcanzarla sin éxito. Luego se burla de mí, diciéndome que yo soy la que no quiere caminar, que Lulú sigue bien fuerte. No digo nada. Sé que está en negación. Sé que también mira preocupado a Lula, que observa sus ojos antes brillantes, opacados por las cataratas, que puede apreciar cómo se va haciendo pequeña.
Yo también la veo y me preocupo pensando en mis hijos, imaginando el día en que ella ya no esté, cuando para ellos, ha sido una constante desde que tienen memoria.

Ayer llegamos de caminar y me puse a cepillarla, como cada tarde. Lula sabe cómo acomodarse para que sea más fácil para ambas. Pero anoche no lo hizo. Se quedó sentada frente a mí y mientras yo la trataba de cepillar lo mejor que podía, ella no dejaba de verme a los ojos.
No sé describir la mirada de mi perra.
Sólo puedo decir que me puse a llorar.
Aun ahora que la recuerdo, no puedo evitar llorar.
Solemos atribuir a los animales emociones humanas aunque nos dicen que sus "emociones" no son más que el reflejo de las nuestras.
Mierda.

En realidad, no estoy tan preocupada por mis hijos, como lo estoy por mí.
¿Qué voy a hacer cuando Lulú me falte?