miércoles, 21 de noviembre de 2012

Terminé oficialmente este semestre con un 97 en la materia difícil y un 93 en la materia fácil.
Y sí aprendí mucho, que conste.
En Psicología Educativa leí un libro llamado Aprendizaje Humano, muy muy bueno, que rescata las aportaciones hechas por distintas corrientes de pensamiento y que han influido fuertemente en cómo se trabaja en las aulas. O cómo se intenta trabajar, al menos.
Hubo un tema que me llamó la atención especialmente, el de autorregulación del aprendizaje y entre muchas cosas aborda elementos como la autoeficacia, el fracaso, el éxito y el autoconcepto.
Mientras lo leía pensaba en mis hijos y recordé un post que escribí hace algunos años.
Copio tal cual:


MIÉRCOLES, 25 DE FEBRERO DE 2009


Yo pensaba que todas las mamáes (o mamases) éramos iguales.
Ora resulta que no, que yo soy una mamá "insistente" en contraposición a la forma de ser de las otras mamaes (o mamases) que son "liberales" y "democráticas". O sea que lo de insistente fue nomás para no decirme dictadora.
Y es que en eso de ser mamá yo comencé casi al mismo tiempo que ser maestra.

De alguna manera, como maestra, tienes que insistir, estar insistiendo si quieres que los engendros aprendan. También insistir cuando sabes que en esa criatura de cabellos lacios y ropa oscura, hay algo más que la negatividad que otros maestros suponen, hay decepción porque hemos fallado, todo el sistema les ha fallado, pero también hay resiliencia y seguramente una gran inteligencia.
Recuerdo algunos casos de resistencia pacífica. Por ejemplo, Arturo, agarrado con manos y pies del marco de la puerta: "¡Nooooooooooooooo! ¡Yo no quiero participar en el Fooooooooroooooooo!", resistencia que no sirvió de nada porque de todos modos me lo llevé y regresó feliz, satisfecho y dispuesto a participar el siguiente año porque había sido una experiencia maravillosa y había conocido muchas niñas lindas y hasta sus teléfonos había conseguido.
Otro caso fue El Gato. Pasó de ser "El Gato", el niño callado con quien todos hacían lo que se les daba la gana, a Su Majestad el Gato (para no confundir con la realeza del otro salón que ya tenía a José, Su Alteza Serenísima -y así firmaba los exámenes-) después de que lo arrastré a un concurso de ortografía en donde obtuvo un segundo lugar.

A mí me hubiera gustado tener maestros insistentes.
Qué insistentes... yo no necesitaba tanto, una señal cualquiera y yo no me habría hecho del rogar, me habría lanzado de inmediato si hubiera sabido que había alguien que intuía que yo tenía alguna habilidad, me habría lanzado con tal de ver para qué chingados era yo buena.

"Si no quiere participar, yo no la obligo, es su decisión." Decía una de las mamáses de ayer.
Estoy más que de acuerdo en que los niños deben ir tomando decisiones cada vez más importantes a medida que crecen y por supuesto, no siempre serán las decisiones que yo crea correctas. Y por esa misma razón, soy insistente.
Si creo que una opción que se les presenta los va a ayudar a crecer, a madurar, a desarrollar aspectos de su personalidad, a desarrollar habilidades, a descubrir gusto y aficiones, a encontrar en sí mismos una mayor satisfacción personal y a generar una mejor autoestima, pues lo siento pero insistiré hasta donde sea posible.
Debo admitir que no siempre mi insistencia funciona pues los hijos han desarrollado argumentos. Y me da gusto que así sea.

Harry y William participan mañana en un concurso de lectura y escritura. Para llegar hasta la primera etapa han tenido que leer mucho y escribir también. La primera parte fue fácil. Les gusta tanto ir a comprar libros y leerlos como ir al cine. La segunda requirió más trabajo, borradores, correcciones pero también salió. La tercera es una exposición frente a jueces y público.
Harry estuvo ensayando ayer su presentación y le sale muy bien. Sabe improvisar, utilizar un lenguaje adecuado y mover su cuerpo con naturalidad.
William me dijo que ya no quería participar porque le provocaba nervios hablar frente a la gente. Tuve que recordarle de aquella participación en un concierto en el cual no quería salir y al final le aplaudieron mucho, recordarle también cómo sacó del apuro a la maestra para que alguien dirigiera un saludo a la bandera y cómo fue un hitazo como Ebenezer Scrooge en la obra de navidad. Y también le dije que el mismo día que él tiene el concurso, yo tengo que exponer en mi clase de Literatura y también tengo nervios.
Fue suficiente. No tuve que insistir tanto, pero seguramente de no haber tenido las experiencias anteriores, no se habría decidido a participar en ésta.
No es mi objetivo que ganen premios o se luzcan, mi objetivo es que ganen seguridad y pierdan esos miedos que al menos a mí me afectaron durísimo mientras crecía y que fue tan difícil vencer ya que fui una adulta.

La verdad espero que mi estrategia no me falle.



Me releo y pienso en Amy Chua, la mamá tigre y si bien no estoy de acuerdo en muuuuchos de sus prácticas, sí me hizo sentido algo que dijo en una entrevista. Comentaba que muchos padres y madres suelen no insistir en que sus hijos hagan alguna actividad, bajo la excusa de que no los van a obligar a hacer algo que no les guste. Amy Chua decía que las cosas que hacemos por primera vez y que tienen un cierto grado de dificultad, nunca nos van a gustar, pero que es necesario insistir porque el momento en que consigues algo después de haber trabajado tanto, se concreta un estado de felicidad y satisfacción.
Pienso en aquella canción que aprendí a tocar por primera vez en la guitarra, o en el platillo que después de varios intentos finalmente salió digerible y en el sentimiento de logro que me generó, y cómo eso abrió la posibilidad de aprender una segunda canción o un segundo platillo, o incluso probar con otro instrumento.

En el proceso de autorregulación del aprendizaje van involucradas emociones que a la vez influyen en factores como la motivación. Una persona con un historial de éxitos adquiere un sentido de autoeficacia que les permite ir tras metas más complejas y afrontar el fracaso de mejor manera. Por el contrario, una persona sin ese historial, ignorará sus alcances, temerá al fracaso y preferirá no probar.
Hay mucho que las escuelas hacen por nuestros hijos y mucho lo que los padres podemos hacer, y creo que impulsar e insistir en que los hijos hagan ciertas actividades, apoya en el trabajo que se hace en el aula.
Pienso que entonces, en el 2009, o 2008, o 2007, o más atrás, no andábamos tan perdidos.
Y volví a recordar todo esto hace un par de días en que a Harry -que es presidente del Club Ecológico de su escuela- lo invitaron a una estación de radio para hacerle una pequeña entrevista.
Mi madre lo escuchó y me habló emocionada por cómo se expresaba el nieto, la seguridad, la tranquilidad, la voz... y luego recordé qué tan fuerte le hablé -a Harry, no a mi santa madrecita- cuando me dijo que había sido elegido para participar en un concurso de oratoria pero que él no quería hacerlo. Y cómo finalmente lo hizo, se paró frente a los jueces, a los padres de familia, a sus compañeros... le tembló la voz, se le olvidaron unas líneas pero improvisó y finalizó su acto con una gran sonrisa, de alivio por supuesto pero también de logro. ¿Se sacó algún lugar? No. Es lo de menos. Lo importante era que se parara, que venciera el temor. Y tan lo ha hecho que disfruta hacer exposiciones, tocar la guitarra en público, jugar tochito (aunque lo aplasten) y regarla de vez en vez.
William ha pasado por los mismos procesos, tal vez incluso más fuertes porque ha sido más tímido e inseguro, pero si hay alguien que sabe autorregular su aprendizaje, es él.

Pensaba en esto últimamente porque además el aprendizaje, de cualquier tipo de contenido, nunca termina.
La forma incluso de nuestras relaciones humanas han sido moldeadas a través de un aprendizaje y éste no necesariamente termina siendo efectivo.
Hay mucho que reaprender.


Por mi parte, como madre, no canto aun victoria. Todavía hay muchas cosas que puedo echar a perder y la escuela también.

sábado, 17 de noviembre de 2012

Quisiera ser un microbito

No pasa nada.
Nunca me pasa nada.
Bueno, seguramente sí pero a un nivel muy micro, ¿no? como por ejemplo esta mañana me pasó una cruda tipo aplanadora y una hora después me pasó un jugo de naranja que me alivianó un rato, y unas horas después me pasaron noticias interesantes,  y así en realidad mi vida es un hilado de cositas que me pasan, o sea, mi vida está hecha de pasitas.
Pero esas pasitas no son dignas de contarse en una charla. ¿A quién podría interesarle y emocionarle que vayan a hacer una serie de televisión del libro Good Omens: The Nice and Accurate Prophecies of Agnes Nutter, Witch? Y siendo honestos, ¿para cuánto podría dar una charla con ese tema?
Por otro lado, la incapacidad de contar cosas interesantes me convierte en una excelente escucha. Toda la gente que me rodea tiene una vida sumamente interesante e intensa. Me encanta escuchar y me siento fascinada por la capacidad de las personas de vivir el dolor, los duelos, los gozos y los placeres, la capacidad de sobreponerse y reírse o de estar pateada en el suelo y reír más, de tomar hasta el hartazgo y levantarse a las seis de la mañana porque hay cosas en el mundo que exigen tu presencia, de coger hasta que el cabello duele y querer hasta que alcance el amor o las alitas de pollo.

A mí no me pasa nada pero puede ser bueno.

También a veces lloro, gozo, río, tomo y cojo. Ok, eso último es más un "a menudo" que "a veces".
Tal vez estoy hecha para ser pomada.
O tal vez mis irrelevantes pasitas pueden ser interesantes para alguien más.

No sé.
Lo que sí sé es que no extraño los chingazos de los 18 años, ni los desamores de los 20, ni las inseguridades de los 25, ni los cansancios de los 30.
Puede ser verdad lo que dice mi comadre: ya tuviste tu dosis y fue de un fregazo y fue muy fuerte.
Puede ser que ahora sólo me toque disfrutar, al menos por un rato, los placeres  de ser invisible.
Y digo por un rato porque ya tengo 36, no tarda la menopausia, los hijos serán casi adultos entonces y a lo mejor Fefé también pasa por alguna etapa de ésas que dicen que les pasan a los hombres.

Independientemente de todo, sé que soy un microbito.


martes, 13 de noviembre de 2012

Por fin

¿Saben que va a pasar dentro de tres días? Terminaré este semestre de la maestría y por mes y medio al menos, tendré tiempo de responder cartas, afinar metas laborales -ponerme al día, pues-, continuar con la remodelación apocalíptica de mi casa y comprarme calcetines. Lo último me resulta sustancial ya que el pre-invierno comenzó y hay un par de botas nuevas en mi clóset que no puedo usar sin tan útiles fundas podológicas. Además los hijos, junto con un millón de almas más, estarán de vacaciones lo que significa que los tendré de esclavos en casa no tendré que preocuparme por sus actividades escolares y extraescolares; con el plus de que el tráfico estará menos pesado por las mañanas y eso para mí es un gran descanso.
Tendré tiempo para leer lo que yo quiera leer y no sólo los muchos libros, ensayos y estudios que leo para la escuela. Iré a visitar a mis amigas sin preocuparme de las reuniones en Skype con los compañeros de equipo.Podré levantarme diez minutos más tarde, lo que repercutirá en diez minutos más que le dedique al cachondeo por las noches.
Todo es tan bonito que puedo visualizarme en pijamas frente a una chimenea con mis gatos en el regazo, mientras afuera los copos de nieve caen suaves sobre la calle... aunque no tengo chimenea y mis gatos prefieren estar haciendo cualquier otra cosa -como robarse mis ligas para el cabello de mi peinador o mi bolsa- que disfrutar de una escena hogareña conmigo. Y lo de la nieve... aquí nomás cae agua congelada.

Tal vez, incluso, con todo este tiempo libre, hasta escriba más seguido por aquí.

Amén.

(O tal vez sólo juegue Apalabrados todo el día.)