lunes, 29 de octubre de 2012

Esto lo escribí hace siete años. Y lo recordé mucho estos dos días.

Cuando tenía alrededor de trece o catorce años conocí a un hombre llamado Manuel. Hombre me parecía entonces, ya que era unos diez años mayor que yo y mis amigos. Era muy agradable, simpático, querendón. Tocaba bastante bien la guitarra y la batería y por estas tantas cualidades se convirtió un poco en una especie de gurú moral.
Yo lo admiraba mucho.
Lo sigo viendo de repente. Sigue siendo muy querendón.
Anoche me acordé mucho de él.

Fefé me dejó puesto un disco de Joaquín Sabina en el auto, antes de salir con la Shelle. El disco con la grabación en acústico que teníamos había terminado por quedar inservible. En la nueva grabación metió algunas rolitas más y dejó fuera dos que tres.
Me gustan algunas muchas canciones de Sabina. Pero no podía dejar de sentir un agrio sabor en la boca cuando escuchaba Calle Melancolía, Princesa e Incompatibilidad de Caracteres. ¿Por qué?
Ahí es donde entra Manuel.
Solíamos pasar a veces las tardes en casa de amigos. Después de refrescos, pizza y papas fritas (todavía no conocíamos el alcohol ni el tabaco) Manuel tocaba su guitarra. Tocaba algunas canciones de grupos que estaban de moda entonces como Skid Row o Damn Yankees (¿se acuerdan de Can you take me high enough?) y ya más entrada la noche tocaba canciones propias.
Podría tener en aquella época trece o catorce años, pero mi sensibilidad musical era excelente entonces (si bien, muy influida por la necesidad de pertenencia de todo adolescente) y él cantaba dos rolas propias que me hacían querer llorar. Una de ellas la había escrito para una exnovia. Ambos habían estado metidos en líos de drogas. Él había logrado salir pero ella se quedó atrás. Y le dedicaba esa canción. Recuerdo que tenía palabras muy duras pero la música me dejaba siempre algo impactada.
La otra rola era más nostálgica, más tristona. Hablaba de la necesidad de amar, de la mala suerte que había tenido y cuánto quería encontrar la felicidad.
Ya que habíamos quedado algo alelados, tocaba algo para alegrarnos un poco. Esa la había escrito para su actual novia. Hasta la fecha tengo grabado dos versos que decían: Siempre que en mi techo de lámina llueve, en su buhardilla brilla el sol.
Reunión tras reunión yo pedía que las cantara. Me parecían canciones maravillosas, con metáforas deslumbrantes y música poco ordinaria, para lo que yo había escuchado por aquellos tiempos.
Claro que habrán caído en la cuenta que esas tres composiciones de Manuel no son otras que las tres rolas de Joaquín Sabina que mencioné arribita.
Por mucho tiempo tuve un desagradable dolor de estómago cuando me enteré quién era el verdadero autor. Supongo que se llama decepción. No sé a quién subestimó más Manuel, si a la música de Sabina y su permanencia, o mi capacidad para recordar.
Digo que por mucho tiempo tuve esa sensación agria en la boca, en las vísceras. Pero ya no más. He comenzado a ver a Manuel con ojos de ternura. Mira, qué deseos de agradar, de sorprender a unos pollitos de catorce años con mentiras. Ahora que estoy al frente de 30 adolescentes, me resulta fácil entenderlo.
Y después de todo, en un tiempo donde no había mucho de donde escoger, puso al alcance de mis oídos a Joaquín Sabina, bajo el nombre de Manuel.

¿Les conté que se presentaron Sabina y Serrat aquí en mi rancho?
Como prole que soy, no compré boleto (cuyos precios iban de los 900 a los 1700 pesos) y me fui desde las tres de la tarde con una amiga a sentar en las gradas del área gratuita, a esperar cinco horas a que iniciara el concierto. Esto no nos molestó en lo absoluto. Nos fuimos preparadas: vino, vodka, galletas, sandwiches, papas fritas, cacahuates, cigarros y un dominó cubano por si nos tocaba sentarnos en los jardines del parque. Pero no nos tocó. Nos sentamos junto a mi hermana y una amiga suya, así como con amigos que fueron llegando a medida que pasaba la tarde.
Del concierto no les puedo decir más de lo que se imaginan quienes comparten este mismo gusto.
Y por si el gusto no fuera mucho, por si fuera poco la emoción de todo el concierto, se presenta esto:



¡La voz en off de Marcos Mundstock!

Salí del concierto muy contenta, lo suficiente para que se me endulzaran un poco muchos desazones.
Ahí siguen todavía los muy miserables.
Pero yo también.

sábado, 20 de octubre de 2012

Ya no tengo niños. Soy la madre de dos adolescentes a quienes sigo llamando niños. La verdad es que no veo cuándo deje de llamarlos así. Hasta hace poco mis papás nos cambiaron la etiqueta de "los niños" a "los muchachos". Y eso que el menor de mis hermanos ya tiene 31 años. Así que yo creo que lo de "los niños" va para largo.
Harry cumplió trece años esta semana. Me tiene tan malacostumbrada a ser este niño maravilloso y complaciente, que no sé cómo me vaya a ir cuando se despierte completamente a la adolescencia.
Quiero pensar que toda su rebeldía se agotó de los tres a los ocho años de edad.
Qué transformaciones ha pasado mi bebé. De ser un nene tranquilo de recién nacido al año de edad, a ser un bebé inquieto e insomne del año a los dos años de edad, a ser un niñito rebelde e inmanejable hasta los ocho, a ser este pequeño paladín de la justicia, luchador por las causas justas, crítico social, gran fan de la historia, melómano insufrible e hijo perfectísimo ahora que cumple trece.
Me equivoco.
Siempre ha sido perfecto.

Harry recibió de regalo de cumpleaños una guitarra eléctrica, réplica de una Les Paul, además de su consiguiente amplificador. Yo aparte le compré un celular. Tuvo un celular hace unos años, uno que se compró con su propio dinero y que extravió el día que se lo entregaron. Hablamos y coincidimos en que no era buena edad para tener un teléfono. Ahora que tiene trece y que va caminando a sus clases de música y que regresa caminando de la escuela, y que va caminando a sus actividades extraclases (es el presidente del Club Ecológico, practica tenis, tochito y está en el club de literatura de su escuela) necesitaba más yo ese teléfono que él.
Lo primero que recibió fue el teléfono y se volvió loco. Luego lo mandamos a mi carro para que me "ayudara con unas bolsas". Salimos tras él para verlo descubrir la guitarra en el asiento trasero.
"¡Era la que yo quería!" no dejaba de gritar.
Y ahora no deja de tocar. Acaba de descubrir la distorsión y de estar tocando Obladi-obladá, le ha entrado a Nirvana.
Realmente tiene trece años.


Ahora... ¿alguien me puede decir dónde consigo unos buenos tapones para mis oídos?


miércoles, 10 de octubre de 2012

Mi trabajo formal y la escuela absorben un montón del tiempo que antes empleaba para otras actividades o para otro tipo de trabajo. Pero aunque sea por un par de horas, no quiero dejar de apoyar a quienes están haciendo una gran labor desde sus trincheras. Por eso ayudé un ratito en la presentación del libro de Carlos Satizábal y otro ratito en Pasarela.
En el teatro fue donde tuve más oportunidad de estar.
Me encanta el teatro.
Me encantan las sensaciones previas a la primera función, el estrés previo durante el ensayo general y la euforia final.
En este montaje, por el tipo de trabajo realizado, esas sensaciones se presentaron exponenciadas.

Esto fue lo que publicó uno de los diarios locales:

Reunió Pasarela las voces y pasos de mujeres contra la violencia


Por: Flora Chacón | 06-Oct-2012 18:45

Todas las formas de violencia contra las mujeres fueron presentadas en el Teatro de la Ciudad, dentro de “Pasarela, voces y pasos de mujeres contra la violencia”, dirigida por la actriz colombiana Patricia Ariza, con la participación del dramaturgo Carlos Zatizával y la primera actriz Norha Gonzales. 
Ahí, en esa pasarela de pequeñas luces como su misma esperanza, mujeres y hombres desfilaron para compartir su historia, desde la madre que ha perdido a su hija, la que no sabe dónde está su hijo, hasta la hija que perdió a su madre ante la muerte, luego de haberla perdido a causa del trabajo arduo en una maquiladora, entre otros personajes más, arquetipos todos dentro de un Estado fallido, que no ha sabido garantizar la seguridad ni procurar la justicia. 

La mujer violada, el hombre machista, la activista incansable, el gobernador indolente y ególatra, las muertas de Juárez, la Cruz de clavos, todo cupo en la pasarela, gracias al esfuerzo del grupo Diálogo y acción ciudadana de Chihuahua: Por un Chihuahua libre y sin temor, y la voluntad de su coordinadora Linda Flores. 

Es la misma Flores la que resume Pasarela como “un relato social, donde muchas voces representan la similitud en la diferencia, la contradicción interna y externa, la diferencia corporal, y la profundidad del pensamiento, del recuerdo y de la memoria, en otras palabras, se logra cartografiar la tierra incógnita de los lenguajes de las mujeres, lenguajes que no son estáticos, dejando ver que hasta los silencios están cargados de sentido. Las mujeres de Pasarela, con sus voces y pasos llenan los vacíos sociales, mostrando que los vacíos están llenos de recuerdos, de acciones, y de palabras que las mujeres tienen que decir”. 


Entre las participantes en Pasarela había mujeres cuyos parlamentos no eran representación, mujeres a quienes hemos visto más de una, dos, tres veces, en marchas, en plazas, frente al palacio de gobierno,  pidiendo justicia por sus hijas asesinadas o por sus hijos desaparecidos. Otras más compartieron las historias de sus cuerpos: la violencia física, la violación sexual, la maternidad forzada, y también historias de libertad.

La presentación me dejó sin palabras.
Por la noche intentaba describir, resumir y cada palabra que cruzaba por mi cabeza, la descartaba por quedarse corta.

Sigo sin palabras, porque además como que sobran.