miércoles, 29 de febrero de 2012

Soy una acumuladora

Y no sé si me da vergüenza o alguna clase enferma de vanidad.

Mi lugar predilecto para acumular es mi bolsa.
Échenle un ojo al contenido:
* Mi laptop laboral. Y no es una mini, ni una tablet, es una laptop de verdad. Junto con ella me entregaron una maleta que me pareció demasiado grande así que compré otra menos fea y más adecuada al tamaño. La idea de traer dos bolsas, la mía y la de la lap, me parece medio inútil, así que a últimas fechas mi laptop la echo a mi bolsa.
* Bocinas. Sí, porque se me pueden ofrecer cuando viajo en autos del trabajo sin estéreos y quiero música de mi teléfono. Y claro, también porque se me ofrece para algunas capacitaciones.
* Cables. El USB de mi cámara fotográfica, el de la laptop, diversos cargadores (pila de la cámara, cargadores de pared y del auto para mi celular -porque el hecho de que sea un smartphone no significa que no gaste energía en forma muy estúpida y no me gustaría quedarme tirada a media carretera, incomunicada del mundo y de la grúa más cercana-)
* Bolsita azul. Regalito de Fefé. Lo uso para guardar la llave del banco y una cajita de pastillas en cuyo interior tengo mis audífonos, mi memoria USB y mi banda ancha.
* Una cajita de pastillas que sí guarda pastillas, en este caso, mis vitaminas.
* Cámara fotográfica para documentar algunas cuestiones laborales.
* Agenda.
* Directorio telefónico. Sí, aún uso ambas cosas.
* Cartera.
* Cigarros y encendedor.
* Cosmetiquera donde guardo mi cepillo de dientes, pasta, desodorante (todo en tamaño bolsillo) y hasta un labial que me hace sentir mujer, por si el hecho de que el color de la cosmetiquera -rosa- con la palabra "love" bordada al frente no fuera suficiente.
* Gafete de la empresa que nunca uso dentro de ella pero me hace válidas ciertas ofertas de hospedaje en algunos lugares.
* Estuche de mis lentes, oscuros y los otros para mi astigmatismo.
* Llaves de la oficina.
* Una bonita libreta para escribir cosas, como por ejemplo, esta lista que primero escribí en la libreta y luego pasé para acá.
* Y mi teléfono celular.
Por las mañanas a mi bolsa le cabe incluso mi almuerzo y otras veces, hasta un cambio de ropa cuando me quedo de un día para otro en alguna ciudad.


Y dejando de lado la vanidad que me produce tener una bolsa tipo Sport Billy, o para los más jóvenes, tipo Hermione Granger, ahora sí ¿cómo le hace uno para dejar de andar cargando tantísimo mugrero?



lunes, 27 de febrero de 2012

No había tenido tiempo de sentarme en santa paz a compartirles unas poquitas imágenes de mis últimas dos semanas del tingo al tango.
La primera semana la pasé encerrada en este bellísimo lugar. Es el parque Xochitla y por su página web, yo no esperaba que estuviera tan paique.
Los primeros dos días los dedicamos a una habilitación para poder participar en la capacitación que se realizó en la Riviera Maya. Y los últimos tres días de la estancia, fue nuestra junta nacional de formación.
Por cierto, a media semana, nos tuvimos que fletar la comida con la voz de Peña Nieto de fondo, que tuvo un mitin en el parque.


Mi jefe me dijo que cómo no me iba de México a Cancún directo para al menos descansar y cargar pilas para la capacitación, pero Fefé iba a irse también a California y yo quería estar aquí para despedirme y además hacerme cargo de uno que otro pendientín.
Mientras iba al aeropuerto me topé con el afortunado escenario de los volcanes en todo su esplendor (en todo su esplendor y el taxista hecho la cucaracha, no me dejó tomarle foto).


Ya de nuevo en el aeropuerto el domingo y con mi identificador de marrano en la maleta. Es un hit entre las asistentes voladoras.

Llegando al hotel me di cuenta que alguien me robó la gran idea que me haría millonaria: dispensadores de shampoo, acondicionador y jabón. Además de ahorrarle una lana a la empresa, el impacto ecológico es menor.


Como me sospechaba que no tendría tiempo de nada, me levanté el lunes a las cinco de la mañana para irme a disfrutar un ratito de la playa.


Los pececillos madrugando también.


Y tenía mucha razón, no tuve tiempo más que de trabajar. Esta foto la tomé desde lo que fue mi estación de trabajo en la playa. Si pudiera resumir cómo fueron esos días diría que fue una chinga con vista al mar.


El último día, camino de las conferencias a nuestro hotel, dijimos: no nos podemos quedar con las ganas de hacer algo, lo que sea... así que jugamos con unos lepes a quienes ganamos, pese a nuestra nula condición física.


Y ya estoy aquí, retomando todos los pendientes.
Ha habido días muy ocupados y ha sido bueno, porque han pasado cosas tristes y terribles.
Ya ni ganas me dan de escribirlo y desahogarme.

Este blogcito se está volviendo bipolar.


viernes, 17 de febrero de 2012

No estoy

Sentada en el piso y a la espera de mi avión, comienzo a sentirme muy fuera de lugar.
Hago un checklist rápido de mi vida y todo o casi todo parece estar en su lugar.
Tal vez es que estoy muy lejos de donde Soy.
Tal vez pasé demasiadas horas adaptándome a otros y en el trámite quedé todavía más lejos.
Tal vez es que estoy sentada en el suelo.

* * * *  *
Por otro lado, jugué, conocí, canté, aprendí, gané y perdí.

Mi más reciente adquisición personal se presentó en la forma de mi colega del estado vecino.
Quirky boy.
Inteligente, divertido. Y lo que es mejor, antimultitudes como yo, lo que me garantiza que la semana entrante no estaré sola mientras los demás participantes bailan conga. Espero.

* * * * *

Nos fue permitido ver al Popo y al Izta hoy.

lunes, 13 de febrero de 2012

El absurdo nuestro de cada día

En el hotel donde me hospedo, los elevadores están buenísimos para un apuro. Para que funcionen tienes que pasar la tarjeta de tu cuarto por un dispositivo para ese fin.
Hoy la tarjeta no me respondió y supuse que estaba desprogramada. En la recepción me la reprogramaron y volví al elevador. Siguió sin funcionar pero un huésped subió conmigo y le presionó al piso uno. Yo necesitaba llegar al piso dos. Se bajó y una mujer desde fuera me preguntó: Are you going down?. Le respondí que no, cerré las puertas del elevador e intenté que funcionara la tarjeta pero no lo hizo. Las puertas volvieron a abrirse y la mujer volvió a preguntar: Are you SURE you are going up? ¡Claro que estaba segura! ¡Sé contar!. En eso el elevador comenzó a subir hasta el piso tres sin que yo oprimiera nada. Bueno, dije, ya del tres bajo por las escaleras al segundo piso. Pero no hay escaleras. No existe  más que la opción del elevador. Por fortuna me encontré con algunas personas del servicio quienes con su tarjeta me llevaron a mi piso. Me explicaron además que el dispositivo de ese elevador a veces fallaba.
Bueno, eso lo explica, pensé.
No fue así.
La tarjeta seguía desprogramada y no podía entrar a mi habitación ni bajar a la recepción, así que tomé las escaleras de emergencia y bajé hasta la cocina, donde una chef me hizo el favor de guiarme hasta la salida, y que si quería, podía incluso quedarme ahí a ayudar con la comida. Decliné la invitación, di las gracias, y al cruzar el restaurante me volví a topar con la gringa que con su mirada me dijo: You see? You were really going down.

Ash...

domingo, 12 de febrero de 2012

Los aeropuertos son los puntos de encuentro con las grandes celebridades.
Hoy, por ejemplo, en el de mi ciudad me topé a Polo Polo. 
Y ya.
Sólo que cuando llegó el momento de los cacahuates y la cerveza (porque, por diversos motivos que después expondré, no consumo refrescos sino cerveza en el avión) me dieron ganas de mandarle un recadito, detalle que estuvo directamente relacionado con el hecho de que en las alturas se me sube más rápidamente el alcohol.
A falta de papel, escribí el recado en el teléfono. 
Decía lo siguiente:
Déjame te cuento algo, pinche Polo Polo. 
Cuando tenía como once años escuché tus chistes por primera vez. Ignoro por qué mis padres no nos decían nada cuando mis hermanos ponían los cassettes en la cochera con todos los vecinos púberes y prepúberes. Porque a mis hijos se les ocurre algo así y los castigo por todo el infinito y más allá. Por fortuna mis hijos tienen vidas harto más interesantes que la que yo tenía entonces y tienen cosas más entretenidas que hacer que escuchar groserías. Para eso tienen a su madre.
El caso es que cierto día en clase de español el profesor hablaba de las variantes del español cuando recordé el chiste del viaje a España y aclarando un poco la garganta di un par de ejemplos sacados del chiste. Eran las primeras clases del ciclo y me sentía yo toda una académica lanzando mi gama de conocimientos cosmopolitas. Entonces vi que el maestro se sonrojó y terminó con un: "y en España a los cigarros les llaman pitillos" mientras me sonreía pícaramente. Lo único que me salvó de más vergüenza e ignominia fue que ninguno de mis compañeros pareció entender de dónde venía todo. Supongo que sus padres sí se preocupaban por ellos y no les permitían tener vidas privadas donde escuchar chistes colorados.
Debo mencionar que esa vez fue la primera y única vez que vi reírse a mi siempre adusto profesor. Pienso que eso confirió un aire de complicidad a nuestra relación lo cual es muy seguro que haya servido para que me gustara más la materia y disfrutara más de la literatura, lo cual provocó que en el futuro tus chistes ya no me parecieran graciosos sino más bien mentadas de madre al intelecto.
Sin embargo eres Polo Polo y nadie te puede quitar eso.
Tal vez mis padres tenían todo planeado desde el principio.

* * * * *
Sobre por qué prefiero tomar cervezas en el avión que refrescos:
* Combinada con cacahuates, puedes sobrevivir un viaje intergaláctico y la destrucción de tu planeta.
* Es la única bebida del avión que no te sirven en un vasito pendejo.
* Las cocas colas son del diablo.
* Hacen más tolerables a las aeromozas.
* Evitan que te levantes a ahorcar al lepe chilletas del asiento de atrás.
* Las turbulencias te dan risa.
* Es cerveza. No se necesita ninguna razón.

* * * * *
Ya en Cuautitlán.
No es feo, por aquí. No lo es.