jueves 28 de julio de 2011
Felicidades a mí
domingo 24 de julio de 2011
Los límites del amor
jueves 14 de julio de 2011
Tengo todo lo que perdí
miércoles 6 de julio de 2011
Yo de ambas cosas me siento muy orgullosa. Más de lo segundo que de lo primero.
Afrontémoslo: mi gato es un sopenco inútil.
Y estoy más orgullosa de que se haya servido croquetas, porque yo intenté que mis hijos fueran autónomos e independientes desde el año de edad, pero nunca fueron capaces de servirse cereal sin tirarlo. Ni ahora. Y eso que les compraba fruty lupis, que aunque le daban alergia a William, era el más fácil de limpiar.
Lo de atrapar la cucaracha no me impresiona mucho. Los niños fueron capaces de tragarse hormigas, arañas y cualquier cosa patienta, desde que gateaban. Pura proteína.
Pero al menos mi gato ha decidido ser idependiente. Sacar su parte salvaje y civilizada. Y cómo no, con esta humana desentendida.
Lo que no ha aprendido, aunque no le falta mucho, es llamar por teléfono a la Sociedad Protectora de Animales.
martes 5 de julio de 2011
El difícil arte de tomar una decisión
Esto de decidir, otra vez, qué hacer con los muchachos con respecto a dónde van a continuar sus estudios de secundaria, pone en juego factores no sólo pedagógicos o económicos, sino también emocionales e incluso, ideológicos.
Por un lado yo estuve convencida, el año pasado, de que meter a William en una escuela pública era lo mejor, por diferentes razones. Que se relacionara con todo tipo de gente, era una de ellas y sigue siendo muy importante. Otra razón fue que estuviera en un ambiente más diverso y estimulante, con más chicos y chicas, que como él estuvieran muy interesados en aprender. Desgraciadamente, William sólo halló dos o tres. La plante docente no fue tampoco muy motivantes para conseguir que los alumnos se involucaran más… lo que me lleva a la situación con los maestros.
Admiro mucho a los docentes comprometidos. El problema es que las condiciones en las que trabajan dificultan ver resultados a este compromiso.
En la secundaria de William hay maestros y maestras que trabajan los dos turnos, matutino y vespertino. ¿Qué pueden ofrecerle a los alumnos del turno vespertino que se encuentran además en un horario que hace más pesado el aprendizaje?
Antes, en el turno vespertino, había la mitad de alumnos comparado con el turno matutino. Los maestros nos contaban que les gustaba dar clases en la tarde, que era más sencillo, que el ambiente de aprendizaje era mejor por ese factor.
Ya no es así. Existe el mismo número de alumnos en ambos turnos, pese al incremento de escuelas particulares (o tal vez por lo mismo).
Otro de nuestros criterios para elegir secundaria pública para William, fue que se llevara la reforma (muchas escuelas particulares medio cumplen para impartir sus propios programas, ya sean bilingües o religiosos).
Mucho se ha dicho de los programas de la reforma. Yo los conocí cuando di clases y la verdad es que a la mayoría los encontré coherentes y respondían a cuestionamientos que me hacía antes de que se diera.
En la escuela donde trabajé adaptamos un número adecuado de alumnos al aula, cambiamos mobiliario y hasta el número de horas por semana de las materias, para poder trabajar debidamente los programas. Yo daba seis horas a la semana de Español, con un grupo de 25 adolescentes, sentados en mesas de trabajo para favorecer la integración y supervisión de equipos.
Eso no lo van a hacer en una escuela pública y los maestros terminan desgastándose, tratando de implementar planes que teóricamente funcionan pero que para ser llevados a la práctica y alcanzar los propósitos, se requerirían muchas cosas que el sistema educativo no provee. Así, terminan impartiendo lo que pueden y como pueden.
La experiencia de William no fue TAN mala. Tal vez para un niño o niña promedio, habría sido una buena experiencia. Pero pese al riesgo de escucharme bien mamona, William no es un niño promedio. Él es como deberían ser todos los niños antes de que los adultos les matemos las ganas de aprender: autónomo, autodidacta, curioso, ingenioso, emprendedor y además de esto, responsable y perfeccionista. Mal combo cuando se está en un sistema que ha adormecido a las criaturas y que ve a estos estudiantes como amenazas.
Hubo un maestro que admitía que William era el chico más interesado en aprender en su clase, el más adelantado, pero se la pasaba amenazándolo con bajarle puntos por cualquier pendejada. La última, porque en una exposición William no pudo evitar usar muletillas. Así en plan malpedo, no por querer ayudarlo a mejorar.
Y ahí viene el otro.
Harry ama aprender y compartir lo que sabe. Se emociona con la información que le dan, pero lamentablemente se le dificulta seguir cada una de las indicaciones que los maestros dan. En la secundaria, Harry tendrá que lidiar con maestros que no están preparados para trabajar con alumnado con problemas de aprendizaje y que le responderán con cosas como “Si no puso atención, no pregunte.” Harry contestaría “Si hubiera podido poner atención, no tendría necesidad de preguntar.” Pero los maestros no ven la lógica de esto.
Decía que estas decisiones implican muchas cosas. Pone en conflicto lo que consideramos nuestro rol de padres y madres al plantearnos: ¿qué quiero para mis hijos? ¿Cómo los quiero tener? ¿Entre algodones o en medio del caos?
Obviamente una parte dice “¡Sí, qué chido, entre algodones!” y otra dice: “El caos puede enseñarle más cosas.” Pero no estoy segura que haya sido así.
Que de algo le ha servido a William esta experiencia, sí. Que padeció bastante desesperación y frustraciones, también. ¿Valieron la pena comparado con el aprendizaje adquirido?
Ahí es donde creo que no.
No tiene que ser así.
La letra no tiene que entrar con sangre, con dificultades, como en una carrera de obstáculos.
Ayer recibimos la gratísima noticia de que Harry había sido aceptado en la secundaria donde William estudia. Es, según dicen en las escuelas vecinas, una secundaria a la que es muy difícil entrar. O eres listo o tienes buena palanca. Nosotros no tenemos lo segundo.
Le tocó en el turno vespertino, porque a los hermanos los ponen en el mismo turno.
Desde que William entró a la secundaria quisimos cambiarlo de turno, ya que no se nos hacía el más adecuado para sus actividades. Tuvo que dejar el futbol americano y ahorita no practica ningún deporte ni participa en algún club o actividad extraclase porque suelen ser en la tarde.
Ahora está en una lista de espera y probablemente este año pueda entrar a la mañana.
¿Y Harry? ¿Hasta el año entrante? ¿Y sus clases de karate que tanto le han servido para mejorar su motricidad, su autoestima?
Además Harry no es autoadministrado como Wlliam y el turno vespertino nos dificultaría mucho la supervisión en sus trabajos.
Si bien es cierto que Harry no requirió de nuestra supervisión este último año de primaria, también es cierto que en su colegio las cosas eran muy muy estructuradas, lo que facilitaba que niños muy inquietos o distraídos, pudieran encontrar la forma de encaminarse nuevamente.
En la secundaria no será así. Ya lo vimos con William.
Así que aquí estamos ante tamaña decisión.
¿Qué hacemos? La misma pregunta de hace un año.
Pienso en las escuelas particulares que conozco y sé que el hecho de que sean particulares no garantiza calidad educativa.
Luego enlisto y descarto: quiero que sea económicamente accesible, que no sea bilingüe, que no sea religiosa, que me quede cerca, que tenga un nivel educativo aceptable…
Y pues obviamente se me acaban las opciones.
En ese punto estamos. Tratando de decidir.