miércoles, 27 de diciembre de 2006

Lo han visto y no lo han creído pero saben que es verdad: un avión de más de 113.000 kilos con un centenar y medio de pasajeros dentro no puede levantarse así como asi y empezar a volar. Y no empecemos a hablar de los Boeing. La aviación comercial es un caso claro de hipnotismo colectivo.

Arthur C. Clarke decía que cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia pero todo tiene un límite y las leyes de la física no son una excepción. Lo que mantiene al avión en el aire no es el motor del avión ni el piloto automático; es una mezcla de miedo, esperanza, tensión muscular y autosugestión. El avion lo subimos nosotros a fuerza de concentración. Antes de que protesten, los hechos:

En qué se parece un avión a una manzana. Si alguna vez han ido a acompañar a un familiar o amigo al aeropuerto con sus padres, seguro que se habrán parado a mirar por el cristal para ver despegar a los aviones. Si no están de acuerdo con la premisa principal de este post es que hace mucho que no repiten la experiencia. La próxima vez que vayan al aeropuerto, miren por la ventana y analicen lo que ven.

El avion cambia de dirección varias veces y apunta a derecha e izquierda con el morro como sin saber muy bien a dónde ir. Parece confuso e inquieto. Finalmente, emprende su trabajosa marcha hacia la pista adjudicada. Una vez allí, hay una pausa para meditar. Esta maniobra es la más importante: los pasajeros se están preparando para un gran esfuerzo físico y mental. Están sincronizando. El trabajo del piloto durante este delicado proceso es esperar a que la voluntad y la energía de todo el mundo -ejecutivos, abuelas, niños, djs- se haya convertido en una sola y esté concentrada en un solo propósito: volar.

Cuando el avión se pone de nuevo en marcha, la sensación que percibimos es la de un toro furioso que se dirige en línea recta hacia un punto del horizonte con intención de atacar, adquiriendo poco a poco una gran velocidad. Los motores resoplan, los engranajes rechistan y las azafatas se aseguran de que todo el mundo se ha calzado correctamente el cinturón de seguridad, como si una hebilla mal cerrada pudiera causar un accidente mortal. Hay lucecitas que se encienden y se apagan; todo indica que corremos a toda leche desafiando las leyes de la gravedad.

El viejo truco de la perspectiva. El que lo ve todo desde fuera, sin embargo, no tiene la misma impresión. Un espectador con espíritu crítico pensará para sus adentros: ese avión va muy despacio. Se van a matar. Y mirará a su alrededor para comprobar que alguien más lo ve. En estos casos -los de un espectador crítico inesperado en la zona- se aplica la primera ley de la aviación: si lo que ves te parece raro, es un problema de perspectiva. El avión parece muy pequeño porque tú estas lejos y no puedes verlo bien. Claro. Pero las moscas que vaguean por delante de la ventana van mucho más rápido que el avión. Y los pájaros.

No se apuren si han llegado hasta este párrafo y aún sacuden la cabeza de izquierda a derecha; quedarán convencidos después de analizar lo que sucede a continuación. Dentro el avión, unos pocos cientos de pasajeros histéricos notan que el aparato va a tal velocidad que sólo le queda una alternativa: volar. Y lo hará. Sentirán un bote ligero, como cuando un jugador flexiona ligeramente las rodillas para colar una canasta de tres puntos desde mitad de la pista, con elegancia y elasticidad. Habrá un leve bamboleo y ¡plop!, ya están en el aire. A partir de ese momento, el último ruido que oyen es el de las ruedas de abajo recogiendose y plegándose hacia el vientre del avión. Después, silencio. Si la sonoridad del aparato estaba tan bien lograda, ¿por qué no nos ahorran los truenos del despegue? La respuesta es bien simple: los efectos especiales son la base de la fé. Para doblar cucharas con la mente basta con poerse bizco y hacer un movimiento rápido de muñeca pero para levantar un Airbus hace falta mucha fé. El Airbus es mucho más grande. En cualquier caso nuestro hombre en la ventana (usted, sí, usted) experimenta otra realidad bien distinta. El avión que iba tan despacio se ha parado de repente y ¡plof!, ha empezado a volar. En vertical.

Disfruten del vuelo. Si alguna vez se han preguntado por qué el desgraciado que pilota su avión hace maniobras suicidas en el aire justo después del despegue y/o justo antes de aterrizar, consideren por un momento la enorme responsabilidad que maneja. El piloto es el director de orquesta de todos ustedes, un equipo formidable que acaba de levantar toneladas de hierro sólo con la fuerza de su concentración. Ha sido tan increíble que ya han empezado a relajar los abdominales y les han entrado ganas de fumar. Ahora su deber es evitar que se vaya todo a la mierda en un momento de indecisión. Hay que seguir apretando hasta que haya pasado el peligro. Más adelante, el avión se sostendrá fácilmente con el terror de un 25% de los pasajeros y la tensión inconsciente del resto. No se preocupen, está muy estudiado. Habrán oido que el avión es el medio más seguro de viajar.
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Otro ejemplo que ilustra perfectamente el truco de magia al que nos referimos hoy es el extraordinario caso de las "bolsas de aire". O lo que el piloto llama, de manera estudiadamente casual, turbulencias. ¿Turbulencias? ¡Venga ya! Estamos a miles de metros del suelo y de pronto nos encontramos con esos extraños seres del inframundo cuyo único propósito en esta vida es joderte el viaje y derramarte el café. Las bolsas de aire son como los unicornios, papa noel y las tiendas libres de impuestos; como todos sabemos cómo se llaman, dónde viven y para qué sirven, la gente ha olvidado que son mitos urbanos y no existen de verdad. Lo más característico de la bolsa de aire son sus efectos (inestabilidad, estómago revuelto, pánico, excitación sexual) y su admirable coordinación con dos momentos muy concretos del vuelo: la comida y la película.

¿No han notado que las sacudidas, los meneos y las disertaciones del piloto coinciden invariablemente con bollo y el café? Esto es porque los pasajeros han olvidado por uno instante que sus vidas dependen de un habitáculo de hierro y sofás que flota en el aire por arte de magia. Lo mismo ocurre con la película: alguien programa el video de las Spice Girls o una adaptación macarrónica de Shakespeare y todos se olvidan de dónde están. Claro que hay quien lee un libro o escribe un pdf en su portátil de última generación pero su irresponsabilidad se ve compensada por alguna profesora de Inglés que le clava las uñas a su compañero de asiento mientras le reza al papa, a los santos y a sus antepasados en el más allá. El problema con el bollo y el cine es que se desconcentran todos a la vez. Las sacudidas son un aviso para que vuelvan a sus puestos. Puedes mirar a Gwyneth Paltrow pero sólo de refilón.

I want to believe. La Petite Claudine. Mayo 10, 2005.

* * * * *
Los augurios se han cumplido.
Mañana a mediodía estaré viajando rumbo a Monterrey, y de ahí, a la maravillosa ciudad de La Habana.
Les traeré puros.

domingo, 24 de diciembre de 2006

Felices fiestas

Todavía no sé cómo voy a celebrar, si con mi torpeza cristiana o mi pobreza pagana, o las dos.
Les mando un fuerte abrazo navideño.

Y si quieren rastrear por dónde anda Santa y a qué horas llegará a sus casas, entren aquí.

viernes, 22 de diciembre de 2006

El miércoles algo en mi desayuno no me hizo bien.
Serían las frutas, el yogurth, los frijolitos, el huevo, los chilaquiles, el café... o todo, qué sé yo.
El caso es que para las siete de la tarde yo andaba toda asqueada y con dolor de estómago y de cabeza. Pero me aventé dos sal de uvas y se me pasó un poquito.
Dos horas después, el vino, los quesos y los ostiones, no ayudaron mucho.
Ayer amanecí sin poderme mover de la cama. Sin embargo tuve que arrastrarme en varias ocasiones hasta el baño donde descomí todo lo del día anterior.
Pero a veces es suave estar enfermo.
Pude ver The three burials of Melquiades Estrada, The deer hunter, Last life in the universe y Caveman.
Hacía meses que no veía una película en santa paz.

Pero ya estoy sana y hay tanto que hacer antes del domingo.
Saludines navideños.

martes, 19 de diciembre de 2006

Fama y amor

No siempre van de la mano.
William lo acaba de vivir.
Y de qué manera.

Después de los aplausos en el recital del sábado, en el que Harry quería robarle cámara pero William salió airoso de las circunstancias, se sentía seguro. Después de su interpretación musical, lo de menos era bailar en una fiesta escolar.
O al menos eso creyó.
No contaba con el poder de una mujer para quebrar egos.
La niña lo trajo primero con que sí y con que no y con que quién sabe. Finalmente dijo que sí.
En la fiesta, un William menos seguro, comenzó a tantear el ambiente de la disco. Se congeló, no pudo moverse y decidió no bailar.
Las amigas le dijeron a la niña que "William no quiere bailar contigo." La nena lloró desconsoladamente. Los amigos fueron a decirle a William que "la hiciste llorar". Luego, él también lloró desconsoladamente. Y el golpe final: "Si no vas a bailar con ella, ya no voy a ser tu amigo."
Ante la incomprensión general, William se refugió en los brazos de su maestra de inglés.

Horas después, y tras una persecusión de palomas en una plaza, William reflexionó: Me duele mucho haber hecho llorar a Melissa. Pero no me gusta el reggetón.

* * * * *
A Harry, el éxito y el amor se le da a manos llenas.
Estuvo bailando con dos niñas en la disco y al final de una presentación de villancicos, su chica favorita le dijo: "¡Te voy a extrañar en vacaciones!". A lo que él respondió: "Eh. Sí. Claro. Ciao."

jueves, 14 de diciembre de 2006

- Ya quiero que sea martes.- Suspiró Harry.
- ¿Por la posada de la escuela? - le respondió William.
- Por la disco.
- Yo invité a la disco a Melissa y me dijo que sí.
- Yo invité a Natalia y también me dijo que sí.
- Pero... es que... tengo un problema... No sé bailar. Bueno, nada más sé bailar tangos, pero no sé si a Melissa le guste.
- No te preocupes, yo te enseño.
- ¡No! Tú no. Tú bailas bien raro.. así como... sexy...
- ¡Pues de eso se trata!

Esta vez iba yo manejando y no hubo manera de esconderme por ningún lado.

lunes, 11 de diciembre de 2006

- ¿Por qué habrá inventado Dios a los marcianos?
- Antes de hacer una pregunta así, deberías estar seguro si los marcianos existen.
- ... ahhhh... y antes de eso, debería estar seguro de que Dios existe y si inventó todas las cosas.
- ¿Cómo no va a existir Dios? ¿Cómo no iba a inventar todas las cosas? ¡Él creó el universo y todo!
- ¿Y cuándo creo al universo?
- Pues antes de todo.
- ¿Y Él cuándo se creó?
- ...
- Porque si se creó antes del universo, ¿dónde estaba Dios? Yo creo que primero fue el universo.
- Pero si fue primero el universo ¿quién lo creó?
- A lo mejor fueron los marcianos.

(Ante esta discusión entre Harry y William, la única opción sensata fue esconderme en el baño. Líbrenme Dios o los marcianos de ser cuestionada al respecto.)

jueves, 7 de diciembre de 2006

Amo al mundo

aunque el mundo no me ame.
Y todo gracias al Sr. Bigotes.

Al Sr. Bigotes lo conocimos en un café, vía celular.
Era protagonista de un video musical, producido, editado y reproducido por La Marce.
Su talento y carisma nos conmovió a todos, e incluso le insistimos a La Marce que publicara el video. Pero ella, que es toda modestia y humildad, pensó que no lo valía.

Ayer me acordé el Sr. Bigotes.
A William le habían encargado llevar un títere de gato para una obra escolar, y quien mejor que Mister Bigotes, con su ya probada experiencia artística.
Le hablé a La Marce, accedió al préstamo, establecimos un contrato y ya era nomás cuestión de que la comadre pasara por él para llevarlo a la casa.
Serían las 21:00 hrs. cuando la comadre me habló de casa de La Marce, totalmente fuera de control para informarme que el Sr. Bigotes no aparecía por ningún lado. La casa había sido registrada de arriba a abajo y el títere nomás no aparecía.
Agradecí de todas maneras las intenciones y el favor, y me puse a reproducir mentalmente lo que serían las siguientes horas de mi vida. ¿De dónde iba a sacar a esas horas de la noche el material para hacer el títere? Ni siquiera tengo calcetines suficientemente usados. Mucho menos esas cosas que las abuelitas guardan en los roperos. Decidí que me robaría un calcetín blanco de los chicos, tomaría mi Sharpie y procedería a dibujarle ojos, boca y orejas.
Suspiré. Atendí un par de cosas. Recibí a la comadre. La nombré niñera. Salí por mi esposo y cuando iba a medio periférico sonó en mi celular Vete ya (suena medio tétrico, debería quitarla ya, pero es como tengo identificada a La Marce).
Y que me dice:
- Lagar, ¿ya ves que no encontramos a Don Bigotes por ningún lado? Pues te acabo de hacer un títere, para que en cuanto puedas vengas por él, le pongas nombre y ya sea tuyo para siempre.
- .....
- ¿Lagar?
- .....
Sniff.
La Marce me hizo un títere. Y no una mugre como yo pensaba hacer. No, señor. Un títere bien hecho, con cola y orejas de peluche, relleno en las orejas, pupilas, córneas y retinas bien definidas, cachetes, nariz y boca.
Se llama Gato Garabato.

Se los presumiría, pero en este momento se encuentra estudiando su parte del guión de la obra.

Amo al mundo.

Y La Marce acaba de pasar de la lista de Personas a las que no pensaba regalarles nada en Navidad porque no tengo dinero a la de Personas a las que quería regalarles algo en Navidad pero no tengo dinero.

¡Gracias Marce!

miércoles, 6 de diciembre de 2006

viernes, 1 de diciembre de 2006

Mi jefe le estuvo tratando de hacer ver todo el mes, las señales que debieron prevenir a un compañero de trabajo de su futuro matrimonio.
En broma, claro está.
A mí me dan risa las señales (aún cuando soñé con el accidente de auto, y Fefé chocó esa misma noche).
Pero en la boda, tuve que admitir que éstas existían.
Que no llegara el novio fue suficiente señal para mi escepticismo.
- Tengo que decirte algo.
- Dime, Fefé.
- Es posible... que... Hemingway... esté consumiendo mariguana.
- ¡Qué!
- ¡Míralo! Llega tarde, a veces no llega, está de mal humor, al rato está feliz y come todo el chingado día.


Hemingway anda en celo, pero como simulacro de lo que podría pasar en unos años, nos sirvió bastante.