jueves, 28 de septiembre de 2006

- Señor Z. Pase por favor al pizarrón a resolver el ejercicio.

Z. se levanta de su pupitre. Da dos pasos y cae con todo su estrépito adolescente al suelo. Se agarra la cabeza entre las manos mientras aúlla de dolor. Haciendo acopio de fuerza y apoyado en sus codos, se arrastra pesada y trabajosamente por el suelo. Recorre los dos metros restantes hasta el pizarrón, se pone de pie, se baja los pantalones, le enseña sus boxers a una niña, se levanta los pantalones, resuelve el ejercicio (mal) y vuelve a su lugar sonriendo.

No me hace falta ver televisión.
Mi vida es un sitcom de dimensiones seinfeldianas.
(Al final de cuentas, además, nunca pasa nada.)

lunes, 25 de septiembre de 2006

Economía del lenguaje Parte II

O sea, a lo que voy...
Al contrario de lo que nuestro profesor de periodismo nos dijo (en venganza lo nombramos padrino de generación y lo hicimos pagar salón, grupo musical y bocadillos. La lana de las multas se las clavó el agente 00-majadero.) hay ciertas palabras mucho más ricas que las aconsejadas por los puristas de la lengua y adoradores del diccionario.

Analicemos el mensaje:
"No mames". En ningún momento la frase intenta coartar la libertad sexual o culinaria o ambas de mi destinatario. Esas dos palabras manifiestan un sentido de escepticismo crítico e incredulidad ante un hecho presente e inamovible.
"Güey". He oído a muchos maestros quejarse del uso del "güey", culpando a Big Brother y otros realities, del abuso que la pobre palabreja ha sufrido.
No nos engañemos. Yo uso y abuso del "güey" desde mis años mozos.
El caso es que la satanización del "güey" se ha extendido tanto que nos impide apreciar sus alcances significativos:
En el mensaje, "güey" es algo más que "compa", más que "amigo". Quiere decir "hermano", "compañero".
Qué lindo.
"Qué pinche cruda traigo." "Pinche", qué palabra tan musical. Armónica. Y ambivalente.
Yo elegí utilizarla en su connotación negativa, valorando una situación y adjetivándola para enfatizar, como recurso poético.

Escribí un mensaje de siete palabras para expresar: Estoy incrédula e impotente ante estas circunstancias, amiga querida y leal. Las molestias ocasionadas por la ingesta excesiva de bebidas embriagantes y etílicas, me resultan intolerables.

Tons... ¿dónde se supone que radica la riqueza lingüística?

Economía del lenguaje Parte I

A dos meses de terminar el último semestre en la universidad, nos dimos cuenta, sin mucha angustia -la verdad- que, mientras "los del b" (el otro grupo) tenían ya tres años vendiendo empanadas para su baile de graduación, nosotros no habíamos hecho absolutamente nada.
Entonces se nos ocurrió una feliz idea que seguramente nos pagaría fiesta, cena y hasta baile: Multa sobre majadería.
Así de maduros éramos.
Lo que queríamos era dinero fácil, sin mover un solo músculo aparte de los maxilofaciales. No sabíamos en la que nos metíamos.
Días después de iniciada la actividad, nuestro profesor de periodismo nos preguntó cómo íbamos con el plan, no sin antes alabar nuestra idea y comentar sobre el hecho que al omitir ciertas palabras de nuestro vocabulario cotidiano, solían aparecer otras que nos enriquecían más (o sea que según él, en lugar de "pendejo" debíamos decir "bestezuela" o algo así).
"Así que... ¿cómo van?" preguntó.
- Tenemos una semana sin dirigirnos la palabra.


El recuerdo anterior afloró en mí el sábado a mediodía, al enviar el mensaje de texto siguiente:
No mames, güey. Qué pinche cruda traigo.
Lo leí varias veces antes de mandarlo y en mi aún estado etílico, me dije "Qué pinche riqueza de lenguaje, me cae."

viernes, 22 de septiembre de 2006

Las cien cosas que no saben de mí

Está chido el meme.
Pero lo único que no saben de mí, es que no sé hacer gárgaras.

Ai tá.

Ahora lo saben todo.

miércoles, 20 de septiembre de 2006

Yo sé que no he sido buena.
Y mi cumpleaños no es hasta dentro de medio año más.
Pero... pero.. ¡yo quiero esto!

Por fis... por fis...

sábado, 16 de septiembre de 2006

Yo también fui señorita

Diversidad

Yo ya le dije a la maestra que sí quiero aprender inglés. Y voy a aprenderlo si la maestra me enseña, con la condición de que ella aprenda náhuatl, yo se lo voy a enseñar.

Así me dijo una nueva alumna que tengo. Creo que la maestra de inglés no tuvo mucha opción a réplica, pero a mí el trato me parece justo.
Soy feliz porque ya tengo quien haga las lecturas de poesía de Nezahualcóyotl que tengo preparadas para la próxima semana.

Felices fiestas

Y para celebrar yo ya me puse a leer Los pasos de López.

jueves, 14 de septiembre de 2006

Parte 2

Un día, a un creativo de Televisa le encomendaron la tarea de desarrollar un guión de telenovela infantil.
Como andaba escaso de ideas rescató de sus recuerdos una película de Juliancito, luego se acordó con nostalgia de E.T. y Baterías no incluídas. Metió todo en su licuadora neuronal, se lo tragó y vomitó una novelita llamada “Pablo y Andrea”.
Mis hijos fueron secuestrados por la televisión desde hace un par de meses, gracias a dicho engendro. Nos parecía imposible llegar a recuperarlos algún día. Pero finalmente la tortura terminó el lunes, para gozo de Fefé y mío.
Para intentar reducir los efectos nocivos de la exposición a tan dañinos elementos, les compré un libro.
Se los ofrecí y William dijo “Está muy largo, no me gusta”.
Pues qué pena, le contesté, porque este libro es mejor que "Pablo y Andrea". En este libro aparecen cementerios a medianoche, gatos muertos, viajes a islas desiertas y hasta un asesinato.
William, acostumbrado a la higienizada producción cinematográfica infantil, preguntó “¿Un asesinato? ¿En un libro para niños? ¡Órale!”
“Léelo tú mismo.”

Antier empezamos.
Harry se adormece en mis brazos mientras William se desternilla de risa y dice “Sí que es simpático este Tom Sawyer.”

Parte 1

- Oye, güey ¿cómo qué musiquita nueva tienes?
- Pues... ¿has oído a Lhasa de Sela?
- ¿Qué canta o qué?
- Mmmmm... pues... qué te diré...
- ¿Qué género?
- Mira... hazte de cuenta Linda Rostandt en un viajesote alucinógeno.
- Chido, trámelo.
- ¿Y tú qué tienes?
- Sara Valenzuela.
- ¿Y ésa qué?
- Mexican diva.
- ¡Oh! ¿Qué canta?
- Mmmmm... pues... cómo te explico... o sea...
- ¿Te acuerdas cuando el rock era rock y el pop, pop? Qué tiempos aquéllos.
- Eit. Qué güeva.

Pues no.
No soy de los que creen que todo tiempo pasado fue mejor.
Me da flojera escuchar ese tipo de comentarios.
“Es que antes los hombres sí eran caballeros.”
“Es que antes las mujeres sí se daban a respetar.”
“Es que antes los jóvenes no éramos así.”

En el ámbito de la educación son muy frecuentes esas conversaciones. Sobre todo las de:
“Antes los jóvenes sí leíamos”. Y me dan unas ganas de contestar “¿Y qué te pasó?”
Los maestros a los que se nos ha legado la responsabilidad de fomentar la lectura entre los adolescentes, nos vemos envueltos en una serie de paradigmas que sólo detienen nuestra labor.
Pero cuando eso ocurre me gusta recordar a una colega, egresada de letras, catedrática de dicha facultad, maestría en lingüística, doctorado en no sé qué chingados, lectora voraz y madre de una adolescente de 17 años.
Ella me decía “He hecho con L todo lo que en clase practicamos. He leído con ella, en voz alta, la he dejado escoger libros, los he dejado a su alcance, he sido ejemplo, pero L no levanta un libro ni en defensa propia.”
Recordé esta charla al leer el post de Humphrey Bloggart (Leer es un asunto de minorías)
Tal vez sea cierto. Se nace para lector... o no.
Y entre que es verdad o mentira, sólo nos queda ir poniendo en el camino de hijos y/o alumnos una opción al descubrimiento.
Y que no nos escandalice que al niño simplemente no le guste leer.
Como dijo Humphrey: le gustará hacer música, o puentes, cada quien.
Y que tampoco nos escandalice que “estos jóvenes de ahora” sean más listos, más inquietos, más honestos y despiertos de lo que nosotros fuimos.

miércoles, 13 de septiembre de 2006

Gandalf-el-blanco se ha quedado mudo.
No sé si llamarle al veterinario o llamarle Zacarías.


Nadie aprecia mi humor evangélico.

lunes, 11 de septiembre de 2006

Desearía tener el don de poder aportar significado a las imágenes, como el que tienen los fotógrafos.
Tomar una fotografía y contar una historia que todos entiendan.
Plasmar un río, una cruz, el atardecer y relatar el cuento de los niños que jugaban lanzando rocas desde la orilla. Narrar la historia de una niña sentada en la arena, buscando un blanco para una piedra que tenía en la mano.
Contar la fábula, con moraleja, de aquel hombre que huía de su persecutor y terminó muriendo al estrellarse contra el muro del río.
Está la historia del chico que bromeaba con su amiga, sentada en ese muro. Buscaba asustarla un poco con un empujoncito, pero no midió su fuerza y la chica cayó al agua. Se la llevó el río.

Pero no tengo ese don.
Y sin él, muchas historias se me quedan sin contar.

viernes, 8 de septiembre de 2006

El recuento de la semana

Cada charla que tengo con William o con Harry es motivo de conversaciones posteriores con Fefé. Todas se me quedan grabadas por el impacto que tienen en mi vida.
Pero la charla de hoy fue más difícil que otras.
William quiere mucho a su compañero I. I es un líder, buen deportista, inteligente, cualidades todas que yo veo en mi retoño. Pero I puede ser hiriente. Y si un día decide no hablarle a cierto compañero, puede convencer a todos de que tampoco lo hagan.
Ha sido el turno para William y se siente muy lastimado. Dice que cuando le toca a I repartir los libros, a él se los avienta. Que no puede juntarse con A porque I se lo prohibió. Que le dan celos (usó esa palabra) cuando ve a otros niños jugando con I. Que le gustaría tener un amigo especial pero que es difícil porque a veces no siente tener mucho en común con otros niños, que no hay niños con los cuales platicar sobre los planetas, el mundo, la geografía, las películas y las caricaturas que él ve.
Le platiqué de Celia, mi compañera de secundaria. Por fortuna, gracias a mi carácter antisocial, ese tipo de conductas de su parte me valían un comino. E incluso alguna vez le dije que a mí no me podía tratar como su chacha y yo le hablaría a quién se me pegara en gana, le gustara a ella o no.
Decidió que pensaría en esa posibilidad y por lo pronto invitará a un par de niños a casa a jugar videojuegos y fútbol.
Me pareció un gran momento para invitarlo una hamburguesa y aceptó. Harry apoyó la decisión y los consejos con su sabiduría de hombre cosmopolita.
Salieron del restaurante tarareando Move along. Aproveché para hablarle a la comadre y pedirle la canción. No pudo programarla, en cambio les envió un saludo.

Es increíble lo que una hamburguesa y escuchar tu nombre en la radio pueden conseguir en el ánimo de un niño.

* * * * *
Harry tiene algunos problemas de psicomotricidad fina, agravado un poquito por un cierto grado de lateralidad cruzada.
Hicimos la tarea de letra cursiva, y digo "hicimos" porque primero tuve que marcarle yo las palabras en lápiz para que él siguiera los movimientos de las letras.
Casi nos arrancamos el cabello por su insistencia a hacer movimientos contrarios a su propia naturaleza de zurdo. En un ataque de desesperación pregunté:
- Harry, ¿quién de tu salón hace letra cursiva?
- Todos, menos yo.
- ¿Y quién sabe tocar el violín?
- Nomás yo.
- ¿Y qué es más difícil?
- ¡Hacer la pinche letra cursiva!
Fin de la discusión.

* * * * *
A R le gusta G desde que ella estaba en quinto de primaria. Ahora está en primero de secundaria y le gustaría saber si tiene alguna oportunidad con G. R no es una chica fea. Es linda, inteligente, risueña, pero alguien le debería decir que ya es tiempo de usar desodorante. Yo no tengo el corazón para hacerlo.

* * * * *
Han conectado la computadora de la secretaria a internet y ya le di un curso intensivo, empezando por cómo guardar las fotografías de hombres desnudos que abundan en la red.
A cambio me hizo un regalito: unos aretes que dice que en cuanto los vio, pensó en mí.
Tienen forma de espermatozoide.
No entiendo por qué pensó en mí.



jueves, 7 de septiembre de 2006












Llegué ayer de la calle sólo para darme cuenta que Harry, con aspiraciones de filatelista, encontró mi cajita de cartas y se puso a recortar todas las estampillas que encontró. Ante el destripadero postal sólo me quedó suspirar y pensar que al menos, para algo han de servir los sobres ahora.
Me quedé pensando en tantas cartas escritas y recibidas que no pude evitar la tentación de comprar unos sobres en mi visita a la papelería.
Y ahora... ¿que no tengo quien me escriba?

martes, 5 de septiembre de 2006

Pocas veces se tiene oportunidad de ver una buena película.
Dándole vueltas a los canales me encontré con La pasión de Juana de Arco y claro, la grabé.
Era muy tarde y mientras la veía, terminé por quedarme dormida.
La siguiente noche, ya con niños dormidos, la pijama puesta, las almohadas bien acomodadas, me dispuse a verla otra vez.
Y me volví a quedar dormida.
Han pasado cinco noches y ha sucedido lo mismo, en el mismo diálogo:
- Y los ángeles que viste ¿estaban desnudos?
- ¿Crees que Dios es incapaz de vestir a sus ángeles?

Creo que se llama condicionamiento.
Y no es justo.

sábado, 2 de septiembre de 2006

En el top ten de las cosas más emocionantes que viví de niña están presentes:
* Un baño por parte de una ballena.
* Una visita a Disneylandia.
* Un viaje en avión.
* Las campanitas imaginarias del trineo de Santa.
* El ver la nieve por primera vez.
* Dominar la bicicleta.
* Los últimos diez minutos antes de llegar al pueblo.
* Y tocar una nube.
(Quedan dos, las cuales me reservo con intención.)

Lo de la nube me tuvo muy intrigada varios años. ¿Se podrá uno subir a ellas? ¿Podremos tomarlas entre las manos y guardar un trocito en la bolsa del patalón? ¿Serán frías o cálidas?
En una ocasión, de regreso a Hermosillo por la sierra, nos tocó un espectáculo precioso. Las nubes cubrían la montaña. Recuerdo que mi papá se estacionó y me pude bajar a responder mis preguntas. No me sentí decepcionada al ver que no podría llevarme ni un pedacito. Tampoco cuando supe que Santa no existía. Los descubrimientos siempre se sienten bien.

Cuando salimos por las mañanas a la escuela, somos espectadores de una vista similar en los montes vecinos. Mis hijos han tenido las mismas dudas que yo.
Hoy, después de salir de la clase de música, fuimos a un mirador. Las nubes cubrían una parte del cerro. Al menos no estaban tan lejanas. A los niños les emocionó mucho esa cercanía.
Lo maravilloso fue que las nubes comenzaron a descender, como si hubieran sabido que estaríamos ahí. Por algunos minutos se borró todo el paisaje a nuestro alrededor. Ahora sí podíamos decir que estábamos entre ellas. Las expresiones de mis hijos no se me podrán olvidar. Sus gestos y sus palabras me transmitieron la misma emoción que tuve yo de niña.




Los hijos se nos han dado para que, al perder la inocencia, podamos recuperar el asombro.





* * * * *
Surge campaña para regresar a Plutón estatus de planeta.
Parafraseando a Sabines... a quién le importa que sea un planeta o no, esto es asunto sólo para las agencias de viaje.