jueves, 28 de julio de 2005

Celebración oficial de aniversario


No me esperen despiertos.
Hora: 06:00 hrs.
Lugar: Recámara de papá y mamá.

ALEX: (Brincando al mismo tiempo sobre la cama) ¡ADIVINEN QUIÉN TIENE SIETE AÑOS HOY!

Hoy cumple siete años.
Sabe nadar y andar en bicicleta.
Es un experto en dinosaurios.
Y ya tiene cuenta de correo electrónico.

(y después del refrigerador, ¡a conquistar el mundo!)

miércoles, 27 de julio de 2005

Aniversario

Buscaba anoche fotos de Darío llorando frente a la pila bautismal y no las encontré.
En cambio, encontré fotos que ya no me acordaba que existían. Fotos, ya no mías, sino nuestras. Y de alguna forma también fueron nuestros instantes.
Cuántas cosas olvidadas que unas cuantas imágenes pueden traer de nuevo a la memoria.
Son las fotos de siete años en que Fefé y yo hemos estado juntos.
La primera de esa historia fue tomada en una inauguración de una exposición de fotografía. Salió en un periódico local, la recorté y la di un tiempo por perdida. Anoche Fefé la sacó de su cartera. Recordé que ese día me tomó por primera vez de la mano. Un día antes de que un beso de 50 minutos diera por formalizado el inicio de nuestra relación.
Luego vienen las fotos de una ceremonia civil atroz y las de un recién nacido a quien llamaríamos Alexandro, varios meses después.
Se han sumado muchísimas fotos más. Debe haber alguna fórmula matemática que, utilizando el número de fotografías que uno posee, dé como resultado el número de instantes vividos y amados. Alguien debería inventarla.

El día de hoy Fefé y yo cumplimos siete años de estar juntos.
Siete, año cabalístico. El año de la comezón. En cuentas reales, el séptimo año ya fue vivido. A partir de hoy comenzamos a vivir nuestro primer día del octavo año.

¿Qué importan los números?
Ni siquiera las fotografías.
Lo esencial es esa maraña de emociones que aún me abordan cuando veo esa primera foto y recuerdo el primer beso.
Sobre todo porque esa maraña la siento cada día al verme despertar al lado de Fefé.

martes, 26 de julio de 2005

Deuda pendiente

Este post se lo debía a Princesa hace mucho. Deveras, no tengo fotos de infante. Una vez fui a la casa materna a buscar fotos pero sólo encontré fotos de nietos. Increpé a mi papá sobre el motivo de la ausencia y temí que me respondiera "eres adopatada". Pero no. Resulta que mi infancia está documentada en películas que por cierto fuimos a ver el domingo pasado. Éstas llegaron a mí porque mi madre se trajo de Nogales un paquete de fotos que encontró en casa de mi tía.
Si un día quieren ver el parecido que tengo con Darío, vengan a mi casa y preparamos el proyector.

En la casa de Mami Queta. Soy la que está en calzones en brazos de mi madre. Tendría unos tres años y todavía en etapa oral que me sigue hasta la fecha.


Otras vacaciones en casa de Mami Queta, con mi hermano y mi primo. Sospecho que me puso cuernos y que Fefé editó la fotografía.


Ésta es de una serie de fotos que me tomó mi tío Jesse en Nogales. Creo que tenía 9 ó 10 años. Y tenía la nariz respingada. No sé contra qué diablos fue el chingazo que me hace lucir mi nariz a la Streisand ahora.

Nada interesante que contar sobre mi infancia. Según las películas que vimos el domingo, tuve una niñez de lo más normal, con fiestas de cumpleaños, visitas a Disneylandia y vacaciones en el mar.
Cosas que recuerdo:
La pedrada a la cabeza de mi hermano (el de la foto) en un día de campo en el río.
En mi defensa, yo no tenía nada contra mi hermano. Vi la piedra, vi la cabeza. Mi hermano llorando. Fue mera investigación científica.
Me comía la tierra entre los ladrillos y todavía sigo degustando la tierra de jardín (me he vuelto más exigente en materia gastronómica).
Me gustaban las vacaciones en Meoqui e irme a pescar cangrejos a las acequias.
No padecí transtornos de salud (sólo un período de sordera voluntaria y selectiva), fracturas o maltrato infantil (no recuerdo que me hayan regañado por lo de la pedrada) pero hasta la fecha tengo cicatrices de caídas en bicicleta.
Tengo muy presente la mañana del mi fiesta de cumpleaños número tres. Mi mamá se levantó muy temprano a hacer el pastel y mi papá lo decoró con conejitos jugando en un columpio. Las piñatas de antes eran horrorosas.
Cuando íbamos al mar, comía camarones cocidos que me mantenían entretenida en el proceso de pelarlos.
Tenía pies que aguantaban las temperaturas de 40 grados cuando se me antojaba andar descalza.
Me gustaba jugar a indios y vaqueros y a los Dukes de Hazard. También jugaba bastante a la maestra. Lo de las barbies nunca se me dio.
Bueno, deuda saldada y paso el baton para quien lo quiera.

NOTA 1: Hoy es cumpleaños de la Rana. ¡Háblenle!
NOTA 2: Según mi hermano, mi bitácora no tiene nada de secreta y/o íntima. Llegó a ella por medio de Google, buscando una película de Monty Python (por si un día no me encuentran).

lunes, 25 de julio de 2005

Já!
Y sigo siendo el rey!!!!

Ok. Las reinas chulas.
Porque nos rete quien nos rete, ya sea moneros interesantes y cultos o ingenieros con tendencias bohemias, la Shelle y yo les partimos todita a la hora de demostrar quien posee mayor información trivial e inútil en su cerebrito.

¿Otro torneito de maratón, mushashos?

Y para celebrar, nos fuimos el sábado a dar la welta.

Contra mi voluntad y repito, contra mi voluntad, fui llevada a la Antigua Paz. ¿Qué es la Antigua Paz? Una cantina. No sé si la más antigua de la ciudad pero este año cumplió 95 añejos. Es una cantina de gran tradición en la ciudad, y una de esas tradiciones es que no entren mujeres. Y yo estoy de acuerdo.
(Cuando digo eso entre mis compañeras del trabajo, se empiezan a escuchar las quejas feminoides y los discursos de equidad, igualdad y el sagrado derecho de todo ser humano de poder ponerse hasta las chanclas. Creo que es el momento de recordar la anécdota que protagonizó Doña Carmen viuda de Cervantes, futura de García Márquez, dentro del lugar. Ante las insistentes mirades de los presentes, le pregunta a su acompañante: Oye, por qué me ven tan raro... y le contesta a la susodicha Porque esto es una cantina y no entran mujeres. Carmen, siempre digna, se pone de pie e increpa a los asistentes: ¿No les gusta? Pues chinguen a su madre... Y esta P que me ven en la frente, no es de pendeja, es de puta... No sé a qué venía todo esto. Debe ser una de las razones por las que no he ido, no vaya a ser que me relacionen con Doña Cervantes)
Pero... tengo otras razones más fuertes para estar de acuerdo con que no entren mujeres.
Al menos una vez a la semana, Fefé regresa de la calle con las botas olorosas a grasa recién untada. Es cuando yo sé que fue a echarse una chela a la Antigua.
Mujeres... pónganse en mi lugar ¿no están más tranquilas sabiendo que sus hombres están en un lugar al que no entran mujeres?

Ora... también estoy de acuerdo en que el hombre debe tener ese último templo de testosterona y virilidad, donde puede ir sin tener que estar bañado y perfumado, donde puede hablar de deportes y sentir el calor fraterno de otros borrachos en desgracia.
Al menos eso pensaba antes de ir el sábado.
Gran decepción.
De virilidad yo no vi nada.
Dos hombres hablando de sus cosas y viéndose con ojos amorosos, el bartender dándole masaje a otro wey, un tipo nalgueando a otro, o dándose de palmadas en la espalda a la menor provocación... ¿qué pedo?
Por favor, díganme que así se llevan entre ustedes... por favor...

Después nos fuimos a otra cantina un tanto más pluricultural. Los mojitos son baratos ahí pero tampoco nos quedamos mucho tiempo. Antojo de quesadillas del Calicanto. Mi dieta del día valió madre al aterrizar ahí. Por cierto el café estaba freaker than ever. Debe ser la razón por la cual me sentí tan cómoda. El chavito del chou se aventó unas rolas de Virulo y además demostró en forma práctica lo que ya sabíamos, que las rolas de Juanes son exactamente iguales.
¿Y a que no saben quién nos atendió?
¡El meserito con complejo de Woody Allen!
Y qué bueno porque ya me estaba hartando del mimo mamón cantando las mimas sonsadas. (Sí, sólo en Chihuahua los mimos hablan)
Hicimos señas como media hora para que nos atendiera, y ni madre. Cuando se le dio su gana.
Pedí un café americano y me trajo uno de olla. Ni pedo.
Al rato nos trajo la cuenta, cuando ni siquiera la habíamos pedido.
Y cuando la pedimos, nos la trajo mal.
Eso sí fue muy divertido.
Y terminamos la noche cortando girasoles de un baldío.
Bueno, no fue ése exactamente el final de la noche pero lo que siguió no se los puedo contar.

Esta semana es mi última de vacaciones.
Espero que el alcohol del fin de semana haya sido suficiente.

sábado, 23 de julio de 2005

A veces tengo cosas que decir

o digo cosas que tengo que hacer

o hablo demasiado

Siga leyendo...

Mas vale que no tengas que elegir, entre el olvido y la memoria.

Joaquín Sabina.

Estoy recuperándome de una mala racha de ausencias en el cine. Hemos estado rentando películas (aunque las películas infantiles nos están absorbiendo no sólo el seso, también los ingresos). De vez en cuando encontramos una buena película en el videoclub (¿por qué no vas a Blockbuster? Porque estoy fichada y temo ser retenida por la policía por no entregar “Los miserables” a tiempo hace cinco años).
Antenoche vimos “El eterno resplandor de una mente sin recuerdos”. Jim Carrey no me había permitido rentar la película anteriormente, pero esta vez le gané y quedó demostrado nuevamente que no hay malos actores sino malos directores. (Just for the records: me gustó Man on the moon).
He visto otras películas que han tratado de alguna manera el tema de la memoria. Sin embargo, no de una manera tan bizarra y a la vez tan humana. Bizarro=humano. Ok. Continuamos.
Pienso en mis recuerdos. Viene a mi cabeza aquella maestra de segundo grado que solía humillarme frente a todos. Lo acepto. Estaba muy chica e inmadura para segundo de primaria, ¿pero con qué derecho me lastimaba? Vienen a mi cabeza también recuerdos de las personas a las que yo lastimé. Tengo memorias recientes, palabras grabadas en mi mente que quisiera mejor desaparecer.
¿Seríamos distintos sin nuestras memorias? ¿Es cierto que por esas malas experiencias somos lo que somos? ¿Y si yo en realidad quisiera ser lo que no soy?
¿Y si soy solamente la memoria de alguien más? Si las memorias no existen, entonces ¿tampoco existo yo, ni lo que soy, ni lo que he sido?
Bleh.
Ya lo he dicho antes.
Nada existe.
Este blog tampoco.
¿Qué siguen haciendo aquí?

jueves, 21 de julio de 2005

Cuando despertó, la tortuguita todavía estaba allí.

domingo, 17 de julio de 2005


Ésta era una tortuguita
amiga de un arbolito,
y él no la visitaba
porque estaba plantado.

Domingo familiar patrocinado por Luis Pescetti.
(Cuyo boletín por cierto, va a estar publicado en formato weblog del cual les pasaré más adelante al dirección)

viernes, 15 de julio de 2005

Puedo vivir perfectamente bien sin ti.

... pero no quiero.

jueves, 14 de julio de 2005

Esta mañana leí El viejo y el mar. Será tal vez la cuarta o quinta ocasión que lo hago. No es el tipo de lectura en la que encuentre algo nuevo cada vez que la leo. Soy yo la que tengo algo nuevo para la lectura cada vez que abro el libro.
Menos idealista cada vez, menos creyente del género humano, Santiago me sorprende.
Yo cambio, pero Santiago permanece.
Por eso no fue derrotado.
En cambio yo, busco entre sueños leones jugando junto al mar.




Gregorio Fuentes murió en el 2002, a los 104 años de edad. Ya no lo conoceré. Pero definitivamente iré a Cojimar cuando visite Cuba.

* * * * *
Otro regalo: éste es de Aute pero búsquenlo en la voz de Compay Segundo.

Hemingway Delira

A la deriva la noche...
la selva invade el lanchón,
la luna, bola de sangre,
la devoró el tiburón,
las olas vuelan tiñosas
rizadas por un ciclón,
"Pilar" navega sin rumbo
bajo un diluvio de ron...
En el Caribe...
se vive como se escribe,
se escribe como se vive...
en el Caribe...
Bajo la noche guajira
Hemingway delira.
Una sirena picúa
se proa de mascarón,
una bandera, a jirones,
lleva pintado un blasón:
"Cabeza de cocodrilo
y cuerpo de Camarón..."
Gregorio, el viejo marino,
aún sigue siendo el patrón...
En el Caribe...
se vive, se escribe,
escribe y vive
el Caribe como es
Bajo la noche guajira
Hemingway delira.
Una langosta mulata
anda buscando el timón,
y llora una viuda negra
sobre la tripulación...
Lejana, 'Finca Vigía'
sufre una alucinación...
Ernest, el aventurero,
se bate contra el Dragón...
En el Caribe...
y se bebe y se mueve y se bebe
en el Caribe...
y se mueve y se bebe y se mueve
en el Caribe... al compás del viejo son...
Bajo la noche guajira
Hemingway delira.

miércoles, 13 de julio de 2005

La primera vez que visitamos el parque, fue apenas unos días después de la mudanza a nuestra casa. Alex podía ya jugar libremente mientras que a Darío todavía tenía que ayudarlo con los columpios y cuidarlo en el resbaladero.
Hoy me calló el veinte de cuánto han crecido los niños y no sólo los míos.
En la pequeña cancha del parque jugaban jovencitos al fútbol, los mismos que hace un par de años se disputaban los columpios. Y desde una banca, una chiquilla le reclamaba al portero que no la hubiera saludado.
Y yo finalmente pude leer ese libro que siempre llevaba conmigo al parque y nunca conseguía leer.

Desde la banca pude ver el atardecer. Darío me pregunta por el color de las nubes. Admiro el verdor de los montes y me pregunto si sobrevivirán a la invasión de los nuevos fraccionamientos.
Nos mudamos ahí por esos montes.
Será que nos tendremos que mudar de nuevo.

Los chicos juegan al fútbol. El menor de ellos debe tener unos ocho años. Alex los mira desde el columpio y sus pies simulan una patada de gol.
Se acerca despacio y se sienta en una banca. Corre tras la pelota cada vez que ésta se escapa de los futbolistas.
Sé que quiere jugar pero no puedo ir a decirle a los chicos que lo admitan en el juego. En vez de eso le digo que es hora de irnos. Se me acerca cabizbajo y me dice que no quiere irse, que está esperando que lo inviten a jugar.
Me vi a mí misma a los ocho años. Nunca tuve que esperar que alguien me invitara a jugar. Yo era la que organizaba los juegos y a mí se acercaban para jugar. Luego me vi a los 11 años, en otra ciudad, una nueva casa, niños desconocidos. En la calle jugaban los niños y yo me paraba frente a ellos esperando una invitación que nunca llegó. Qué fácil hubiera sido pedir que me admitieran en sus juegos. Pero a esa edad, uno cree que tiene tanto que perder.
Le digo a Alex que no lo invitarán a menos que él pida que lo admitan.
Toma aire y se va muy despacio, esperando el momento de decirle al portero que a leguas se nota es el líder, que lo deje jugar.
Yo me entretengo unos segundos con Darío y cuando regreso mi vista a la cancha, Alex ya está jugando.
Veo en su rostro una sonrisa enorme que intenta apaciguar con una mueca, fingiendo cierta indiferencia y ecuanimidad, como los mayores. El portero le pasa la pelota y él comienza a patearla. El chico de ocho años se acerca para quitársela, pero él lo esquiva, y vuelve a esquivar a un par de chicos mayores que él. El portero le aplaude y pregunta su nombre. “Me llamo Alexandro”. No dijo “Alex”.
Me mira desde la cancha con la sonrisa apretada pero con la carcajada escapándose de sus ojos.

Sí señores.
Este blog ha tomado un matiz maternal.
Ustedes disculparán pero el trabajo no me deja disfrutar tanto a mis hijos como lo estoy haciendo en estas vacaciones.
Prometo posts pornos y eróticos para mañana.

Les dejo de regalo una canción de Serrat que me fascina:

Esos locos bajitos
A menudo los hijos se nos parecen,
y así nos dan la primera satisfacción;
ésos que se menean con nuestros gestos,
echando mano a cuanto hay a su alrededor.

Esos locos bajitos que se incorporan
con los ojos abiertos de par en par,
sin respeto al horario ni a las costumbres
y a los que, por su bien, (dicen) que hay que domesticar.

Niño,
deja ya de joder con la pelota.
Niño,
que eso no se dice,
que eso no se hace,
que eso no se toca.

Cargan con nuestros dioses y nuestro idioma,
con nuestros rencores y nuestro porvenir.
Por eso nos parece que son de goma
y que les bastan nuestros cuentos
para dormir.

Nos empeñamos en dirigir sus vidas
sin saber el oficio y sin vocación.
Les vamos trasmitiendo nuestras frustraciones
con la leche templada
y en cada canción.

Nada ni nadie puede impedir que sufran,
que las agujas avancen en el reloj,
que decidan por ellos, que se equivoquen,
que crezcan y que un día
nos digan adiós.

lunes, 11 de julio de 2005

Parece que la técnica ya la tenemos dominada. Nos falta dejar de berrear cada vez que nos caemos, pero ahí la llevamos.

Ahora que veo a Darío en bicicleta, pienso en mi madre cuando yo salía con mis amigos y organizábamos competencias y carreras en una calle llena de baches y automovilistas.

¿Qué pensaba mi madre en esos momentos? ¿Estaría como yo, viendo moros con tranchete? ¿Qué pensaba yo? ¿Sabía cuidarme?

Darío y Alex me corrieron de mi agradable sombra en la cochera. Ya es suficiente con que sean los únicos niños en la calle que usan cascos para que todavía su madre se siente en el jardín a verlos.
Desde la ventana escucho los autos. Y pienso en las peligrosísimas cocheras, los perros que andan sueltos, las piedrecillas en la calle, las banquetas mal construídas y todo me parece una amenaza. A mí las calles me parecían peligrosas en las películas de pandillas. Ahora, mi palmita borracha de sol, se me presenta como un monstruo de hojas afiladas. Y qué decir de todos los objetos en movimiento.

¿Qué hacer?
Lo que hacía mi madre: tomarme un prozac y fumarme un cigarrillo.
Bueno, en realidad mi madre no hacía ninguna de las dos cosas, pero seguramente hacía algo más que la tranquilizaba mientras sus hijos se enfrentaban a los peligros del otro lado de la puerta.

sábado, 9 de julio de 2005


Me encanta terminar exhausta pero satisfecha (y no me estoy refiriendo al sexo... esta vez).

Hoy Darío aprendió a andar en bicicleta sin llantitas entrenadoras. Todavía nos falta aprender a frenar pero es lo de menos.
Ya sabe hacer bombas con el chicle.
Y lee palabras como: mamá, ama, susi, mesa, masa, memo, mío, oso, esa...

Dice que ya sólo le falta aprender a chiflar.
Pasa por alto que no sabe abrocharse las agujetas. Pero es lo de menos. Podemos seguir dependiendo del bendito velcro de aquí a la eternidad.

viernes, 8 de julio de 2005

Herbert George Wells publicó "La guerra de los mundos" en 1898. La historia se desarrolla en Inglaterra y el retrato que hace de las fuerzas armadas y las autoridades, fueron una crítica hacia las políticas imperialistas de ese país.
Nuevamente, Blair, pegado como parásito al lado de Bush, creyó que nada le podía pasar. Se le olvida a Blair que en una guerra expone de manera obligada a su pueblo. ¿Cómo pensar que no se es invulnerable?

Imagino a la enana Dakota Faning preguntando: "¿Son terroristas?".

Ahora sí.
Todos.
¿Nos convendría más una invasión marciana?

jueves, 7 de julio de 2005








Es todo lo que vagamente vi entonces, a la luz de los relámpagos y entre los intervalos consecutivos de claridad intensa y de tinieblas impenetrables.
Al pasar por mi lado lanzó el monstruo una especie de alarido tan violento y ensordecedor que se oyó por encima de los truenos:
- ¡Alú! ¡Alú!

La guerra de los mundos. H. G. Wells



Con todo el respeto que le tengo al señor Wells.
Con toda la devoción que tengo a la palabra escrita.
Con toda la defensa que hago hacia el libro antes que hacia la película.
Pero... ¿"Alú, alú"?
¿No estuvo chingón escuchar a los monstruos en sonido dolby?

Me parece que me gustó la película.

Y la pregunta de hoy es...
¿A qué nombres corresponden las iniciales H y G del autor de "La guerra de los mundos"?

miércoles, 6 de julio de 2005

MAMÁ: ¡Aaaaaaleeeex!... Diez minutos más y te metes a la casa.
ALEX: ¿Quieres que me meta en 600 segundos?
(La madre se queda pensativa incapaz de hacer cuentas).

Alex finalmente se mete a la casa y la madre lo ve caminar de aquí a allá con un ritmo desordenado. Después de mirar detenidamente, se da cuenta que no es exactamente desordenado. Alex camina por la cerámica como si fuera el caballo de ajedrez. Dice que mañana caminará como el alfil.

Darío está decidido. Nada lo puede detener. Su convicción es más profunda que su habilidad. Su fé mayor que su miedo.
Dice que este año sí le quitamos las llantitas entrenadoras a su bicicleta. Y me jura y perjura que no llorará frente a la alberca en el curso de verano.

* * * * *
Sí.
Albercas en curso de verano. Justo como mi madre hizo conmigo para que llegara cansada y muerta de hambre a casa.
Si eso ayuda a disminuir los cálculos ociosos de Alex y aumenta la seguridad de Darío, yo me apunto.

lunes, 4 de julio de 2005

El sábado en la noche, entre lagartija y lagartija (no estábamos en un monte; una lagartija es una bebida preparada con sotol y toronja, o sprite, o seven up, o lo que sea que haga más digerible el alcohol) platicábamos de eso a lo que Francisco Xavier acertadamente cantó "Qué es la liberta-a-ad... un juego para soñar...". Pero nosotros no somos tan profundos y nuestras nociones libertarias llegaron al "poder andar desnudo por la casa". En mi caso, mi momento cúlmen de libertad, se registra a eso de las 11 de la noche. Mis hijos están dormidos. Fefé está en el trabajo. Y a mí me dan ganas de mear. Poder ir al baño y no tener que cerrar la puerta, se me presenta cada noche al ritmo de La Marsellesa.
Otro punto tocado el sábado por la noche: "¿Qué harías sin los niños en casa?". La respuesta es simple: Coger todo el día.

En este momento los niños se encuentran en casa de la abuela. Fefé y yo tenemos todo el día juntos. Ayer, hasta pudimos ir al cine. Ando en pijamas ¡Yupi! Si quiero entro al baño y le dejo la puerta abierta. ¡Y qué! Y si quiero no le bajo al agua... ¡Y qué! Y comí fresas en la cama y dejé mis sábanas llenas de azúcar. Dejé pasar a Lulú y nos lambeteamos la cara mutuamente. (Y que no se entere Fefé que se acaba el plan de coger todo el día):
Anyway.
Estoy aburrida.
Extraño a mis hijos.
Y esto de la libertad está demasiado sobrevaluado.